domingo, 6 de julio de 2014

El problema estético. ¿Qué es la belleza?


El término estética proviene del griego aistétikos (de aesthesis) que significa “lo que afecta a los sentidos” , es decir, la “sensibilidad” de la “sensación”, la “percepción”. En una primera aproximación lo propiamente estético se relaciona con lo sensible, con la manera en que una persona percibe un objeto concreto por medio de los sentidos y con las sensaciones que ese objeto produce, ya sean de agrado o de desagrado.
Las personas opinan sobre un libro, una película o una obra de teatro y dicen que es divertido, aburrido, cómico, conmovedor o que está bien o mal hecho o actuado. Una canción puede gustar, puede producir tristeza o alegría; o quedar impresionados por un paisaje natural o una pintura de Dalí o Quinquela Martín; o con la belleza de un actor de cine o teatro. En todos los casos, las personas emiten juicios estéticos sobre las cosas y el mundo. Es decir, frente a otro ser humano, un objeto natural o creado por el hombre, las personas describen las sensaciones -de agrado o desagrado- que experimentan. También la manera de peinarse, los tatuajes en el cuerpo, las elecciones musicales o la preferencia por una actriz o actor, muestran las preferencias estéticas de las personas.
En 1750 el filósofo alemán Alexander Baumgarten, utilizo por primera vez el término estética. Definía a la belleza como la armonía y la correspondencia entre los aspectos y el conjunto de una obra dada. Para éste filósofo, el fin de la belleza era “gustar y promover el deseo”.
El objetivo de la estética como rama de la filosofía no es definir la belleza ni buscar sus fines. Las cuestiones estéticas incluyen preguntas como ¿qué hace bella las cosas? ¿por qué algunas cosas son consideradas bellas o no bellas según los momentos históricos? ¿qué es el arte? ¿que relaciones existen entre arte y política? ¿cómo se relaciona el buen gusto con los propios dominantes en cada sociedad?, entre otros interrogantes.

La belleza en la antigüedad.

Para Platón existen dos mundos: uno, el mundo sensible, perecedero y cambiante que habitan los seres humanos y que se percibe a través de los sentidos; el otro, el mundo insensible o de las ideas, el mundo inteligible que es eterno, divino, inmutable e imperecedero.
En el diálogo Hipias mayor, Sócrates, el principal de la mayoría de las obras de Platón, se pregunta: ¿qué es lo bello?, y concluye que es difícil definir las cosas bellas. Sin embargo, en diálogos posteriores como el Banquete, Filebo o Fedro, Platón expone la teoría de que las cosas son bellas en la medida en que participan de la idea de belleza, inmutable y eterna. Entonces, las cosas bellas del mundo sensible -una mujer bella, un paisaje hermoso- son aquellas que imitan o participan de la idea de belleza, de la belleza en sí del mundo inteligible.
Por ello, para Platón, el hombre debe de enamorarse, primero de los cuerpos bellos, pasar después a la belleza de la mente o el intelecto; luego a la de las leyes y de las ciencias, y finalmente, a la belleza en sí misma. En Fedro, Platón señala que “si hay algo por lo que vale la pena vivir, es para contemplar la belleza”.
Aristóteles, discípulo de Platón, en la Poética revaloriza la función del arte en la vida de los seres humanos. La pintura, la escultura, la poesía, la epopeya, la tragedia o comedia, entre otras, son formas de imitación de los sucesos de la vida y de la fuerza creadora de la naturaleza. Los seres humanos ven reflejados en la tragedia sus sentimientos, se identifican con sus personajes y de esa manera purifican sus emociones, al descargar sus pasiones. Mediante la ficción, al contemplar en una obra de teatro sentimientos semejantes a los que experimentan en la vida real, las personas se liberan de sus sentimientos de piedad y de miedo y sienten placer: a este proceso Aristóteles lo denomina catarsis. El alma recupera así el equilibrio perdido.
Para Aristóteles a diferencia de Platón, el mundo de las ideas no existe, o sea que las cosas bellas están en el mundo que habitamos.

La belleza durante la Edad Media.

En el medioevo se conservaron ciertos conceptos de la estética antigua sobre la belleza, como Platón explicaba la presencia de dos mundos. Para los filósofos cristianos que escribieron durante siglos del medioevo, había una belleza sensible, terrenal, y una belleza verdadera que era la que pertenecía al cielo.
Los filósofos que sentaron las bases del pensamiento cristiano como San Agustín de Hipona, mantuvieron una actitud de desconfianza frente al arte. Para ellos, no había que interesarse por las cosas terrenales -ya que tal cosa podía perjudicar el alma- sino consagrar la vida a admirar la belleza celestial.
Para los pensadores medievales, Dios era la causa de toda hermosura. La belleza estaba en Dios y en las manifestaciones de su creación del mundo. Buscaban símbolos de la divinidad en la naturaleza.
Por eso el arte medieval es religioso: todas sus imágenes se refieren a la Biblia y al cristianismo primitivo. En esa época, la función del arte era propagandística: es decir, la de comunicar al pueblo – especialmente a aquellos que no leían el latín – el mensaje cristiano a través de la representación de los santos y de diversos pasajes de las Sagradas Escrituras en los frescos y vitrales que decoraban las iglesias.
San Agustín, y posteriormente Santo Tomás de Aquino, insistían de que la belleza es armonía y la fuente desea armonía es Dios. La verdad divina difícilmente se expresaba en el mundo terrenal, por ello el arte medieval es especialmente simbólico y alegórico. El universo se muestra como un conjunto de símbolos que remiten a Dios. La representación del cielo como el lugar de Dios es uno de los motivos principales de la arquitectura religiosa románica y gótica.
Las iglesias románicas de los siglo XI y XII, se caracterizan por ser un edificios imponentes y poderosos que representan el poder ilimitado de Dios. Suelen tener arcos semicirculares apoyados sobre pilares macizos, estaban ubicados en pequeñas ciudades de provincia y eran el único edificio de piedra de los alrededores. Tienen escasa ornamentación pero sus macizas paredes y torres les dan el aspecto de fortalezas. En conjunto impresionan por su solidez.
En contraposición, las grandes catedrales góticas más propias de finales del siglo XII y XIII, son más luminosas y no tienen paredes tan frías y cerradas. Sus muros son de vidrios coloreados que brillan como piedras preciosas. Muchas veces los pilares que sostienen están realizados con oro. En propósito era que los fieles que las frecuentaban pudieran apreciar en su hermosura un reflejo de la belleza del Paraíso. Dentro de las catedrales, el ser humano se siente empequeñecido pero protegido de los males de afuera. Por ello, el exterior de las catedrales góticas está decorado con monstruos como dragones y fieras fabulosas, que representan lo terrorífico del Infierno.
A pesar de que la belleza terrenal no era importante, los pensadores cristianos de la Edad Media le dieron gran valor a la belleza del cuerpo como correlato de la belleza de Dios. Nuevamente belleza y bondad iban de la mano como en la antigüedad. Para los creyentes medievales, el pecado se expresaba en enfermedades o en signos que aparecían en el cuerpo, por ejemplo, la lepra. Uno de los signos de la santidad era la no corrupción del cadáver. San Agustín imagino un cielo poblado de hombres y mujeres cuyos cuerpos eran simétricos, armoniosos y proporcionados, sin imperfecciones. En el cielo, los seres humanos recuperaban la belleza propia de la plenitud juvenil.

El renacimiento y el arte gótico.


El estilo denominado gótico de la última etapa de la Edad Media significó un cierto retorno a la naturaleza. Es decir, comenzó a pensarse que la belleza no solo está en cielo sino que también era posible encontrarla en el mundo terrenal. Tal como lo expresa el filósofo cristiano Santo Tomás de Aquino: “Dios se alegra de todas las cosas, porque todas y cada una están en armonía con Su Esencia”. La representación de paisajes y seres humanos durante la baja Edad Media anticipa en cierta forma la nueva concepción de belleza que predomina a partir del Siglo XV durante el Renacimiento. Este último postula un regreso a las formas clásicas, de la Antigüedad griega y romana. Pinturas y esculturas toman como motivo ciertas escenas de la mitología antigua o pasajes del arte religioso, pero el ser humano aparece particularmente exaltado. Como en la sociedad y en la política, también en la estética se pasa de un teocentrismo (centrado en Dios) a un estilo antropocentrista (centrado en los hombres).

La estética de la modernidad: su autonomía.

Immanuel Kant consagra a la estética como disciplina autónoma, sobre todo en relación a la ética moral con la cual suele confundírsela cuando se dice, por ejemplo, que lo bello es bueno. También relaciona a la estética con el conocimiento racional y empírico en su obra Crítica de la facultad de juzgar, conocida como Crítica del juicio.
El aporte que hace Kant a la teoría estética es que rompe con la concepción anterior, es que la belleza no es propiedad del objeto, sino que surge de la mente que la percibe. En la Antigüedad y en el Medioevo, las cosas eran bellas en sí mismas porque pertenecían o eran reflejo del mundo de las Ideas o porque había rastros de Dios en ellas. Para Kant, la belleza y el juicio estético son subjetivos y, en cierta forma, fruto de una experiencia individual. La belleza es el resultado de la sensación del sujeto y no una propiedad del objeto.
Cuando juzga estéticamente, el individuo manifiesta sus sentimientos ante la naturaleza u otros objetos del mundo sensible. Este juicio se realiza por medio de la imaginación. Para discernir entre la belleza o la fealdad, se relacionan imaginativamente la representación del objeto y la sensación de placer o displacer que el sujeto experimenta ante el objeto.
Otorgó al juicio de gusto o juicio estético algunas características fundamentales: “El juicio de gusto no debe estar determinado por ningún interés”. Es decir, que para Kant, el juicio debe de estar libre de deseos e intereses sobre el objeto en cuestión.
El interés está relacionado con el deseo de poseerlo. Por ejemplo, si una persona que ve un automóvil dice que es bello y manifiesta su deseo de comprarlo o manejarlo, no está, según la concepción kantiana, realizando un juicio estético, porque hay un interés en su juicio.
Según Kant “el juicio de gusto es universal”. Él establece una distinción entre lo bello y lo agradable. Cuando alguien dice de un objeto cualquiera que es agradable, se restringe solamente a su persona y a su sentimiento privado. Está diciendo “es agradable para mí”. En cambio, cuando alguien señala que algo es bello, se refiere al sentimiento que esa cosa bella le produce, pero al mismo tiempo le atribuye al resto de los seres humanos ese mismo sentimiento frente a la representación del objeto. No se juzga solamente para sí mismo sino que se habla de la belleza como si fuera propiedad de la cosa y se espera que todas las personas compartan que esa cosa es bella.
La universalidad del juicio del gusto no significa que los demás deban aceptar de manera obligada los gustos propios frente a lo bello, ya que resultaría imposible convencer al mundo de nuestra predilección. Significa que hay pretensión de lo que resulta bello para mí lo sea también para los demás. Cuando una persona juzga a una rosa como bella, espera y exige que el gusto de los otros coincida con el suyo, que todos juzguen esa rosa como bella.
Kant señala asimismo que si bien el juicio de gusto depende del sujeto, existen ciertas cualidades que debemos considerar. La belleza de una flor no deriva de su utilidad sino de su forma y de que no esté sujeta a conceptos. Es decir, nadie puede darle un fin en sí misma.
Los sentimientos estéticos se despiertan ante lo bello y los sublime. Lo bello, para Kant se da en objetos limitados, en cambio lo sublime es ilimitado, es decir, refiere a aquello que es absolutamente grande por sobre toda comparación. Las altas encinas, las plantaciones de flores, los árboles forman figuras, una mirada serena, una sonrisa, la luz del sol son ejemplo de lo bello. La vista de una montaña cuyas cimas nevadas sobrepasan las nubes, la contemplación de una tormenta enfurecida, los huracanes con la desolación que dejan detrás de sí, los volcanes de su violencia devastadora, la soledad profunda, los misterios de las noches son sublimes. Lo bello siempre encanta y produce placer, lo sublime conmueve y puede producir placer o displacer, fascinación, horror o melancolía.

Lo feo. ¿qué es la fealdad?


En la Antigüedad, Edad Media y el Renacimiento, la belleza constituía un valor absoluto en el arte. La fealdad solo se representaba asociada a la maldad o a la ausencia de dioses o Dios cristiano.
En la literatura medieval, por ejemplo, los héroes valientes y nobles son descriptos y dibujados con rostros muy hermosos y cuerpos bien formados, mientras que los villanos son feos y deformes. También en los cuentos tradicionales -Cenicienta, Piel de asno o Barba Azul. La belleza se asocia a la bondad, y la fealdad es sinónimo de maldad. Lo mismo ocurre en ciertas novelas como “La cabaña del Tío Tom” o en las novelas románticas, donde las heroínas son extraordinariamente bellas y esa belleza es sinónimo de bondad y virtud.
La fealdad no es antónimo de estética. También se suelen contemplar cosas feas o imágenes de tristeza o dolor con fines estéticos. Por ejemplo: Marianela, el personaje de la obra de Benito Pérez Galdós, que era muy buena y muy fea con cuerpo chico y un corazón grande. Es la primera heroína romántica que no es bella, desde la estética.
Otros poetas reivindicaron la fealdad en el arte para representar la pobreza, la tristeza y la crueldad del mundo. Baudelaire relata una situación que se vuelve cotidiana en la modernidad: en un café moderno y lujoso, una pareja de enamorados degusta manjares y charla alegremente. De repente, una familia de pobres -un padre con un hijo en brazos y otro de la mano, todos vestidos con harapos- comienzan a mirarlos fascinados tras los cristales. El joven se comparece de los pobres y se siente culpable de disfrutar de los placeres terrenales frente a ellos que no pueden alcanzarlos; en cambio, su amada dice: “¡no soporto a la gente con los ojos abiertos como platos! ¿No puedes decirle al encargado del café que los eche de ahí?.
El autor hace hincapié en la descripción de las luces del bar y en las de los escombros desde donde surgen los pobres. Los pobres no pueden disfrutar de las luces y la belleza de la ciudad. La belleza parece hecha para los burgueses, pero ha sido construida merced al trabajo y la explotación de los pobres. El autor utiliza la fealdad para retratar al mundo y criticar la sociedad de su época.
En sus pinturas Goya muestra espantosas imágenes de guerra y horror, modernas y antiguas, para denunciar la atrocidad de cualquier contienda bélica y la violencia de las sociedades modernas.

Después de la matanza de millones de seres humanos y de la destrucción de muchas ciudades durante los cuatro años de la Primera Guerra Mundial, surgieron liderados por un grupo de intelectuales europeos, dos movimientos: el dadaismo primero y el subrrealismo después. Ambos renegaron del arte y de la estética tradicional. Para estos artistas, después de la atroz experiencia de la guerra, ya no se podía seguir hablando de la belleza de las rosas.
Theodor Adorno, integrante de la llamada Escuela de Frankfurt, en el siglo XX, se interesó por lo feo en el arte. Sus miembros considerando que sólo mostrando lo proscripto, la miseria, los sufrimientos y los horrores después de Auschwitz.
Para Adorno, el arte al ser denuncia, puede ser promesa de felicidad, instancia de liberación de los seres humanos.
El pintor Francis Bacon solía deformar los rostros de las personas famosas o de sus amigos para mostrar como la violencia del siglo XX, las dos guerras mundiales y la bomba de Hirohisma, afectaban a las personas.
En nuestro país, durante la última dictadura militar del 76, mientras muchas personas eran secuestradas, torturadas y desaparecidas, se construían estadios y plazas, se preparaban espectáculos para distraer la atención de la gente, para que la belleza de los paisajes y los edificios ocultara el horror del Terrorismo de Estado.

¿Fin de la Belleza?.

A principios del siglo XX el pintor y artista francés Marcel Duchamp expuso en una sala de arte un mingitorio como los que hay en los baños públicos de hombres, que se titulaba La fuente y lo firmó son el seudónimo R. Mutt.
También expuso una rueda de bicicleta montada sobre un taburete con el título: La rueda de bicicleta.
Duchamp definió los ready-made como”objetos usuales ascendidos a la dignidad del objeto artístico por simple decisión del artista”.
En 1919, Duchamp se burló de una de las obras de arte más famosas del Renacimiento: La Mona Lisa o Gioconda de Leonardo da Vinci, pintado sobre una reproducción de la Gioconda un bigote mostacho y una barba de chivo. Debajo del título escribió L.H.O.O.O. (en francés significa: Ella tiene calor en el trasero). 
Con estas actitudes, Duchamp se burlaba también del arte y de un ideal de belleza que parecía destinado a las élites y no al pueblo en general. Había que bajar la obra de arte y el arte en sí mismo a su pedestal. Era necesario que el arte fuera para todos, para las clases altas y para el pueblo.  
Luego de Duchamp y después de que la belleza fuera ridiculizada, desacreditada o considerada propia del ideal burgués por varios movimientos artísticos, fue casi imposible fijar un criterio de lo que podía resultar feo o bello en el arte.
Umberto eco dice que la belleza se tomó venganza invadiéndolo todo: la moda, la publicidad, el diseño y cada rincón de la vida cotidiana. Eco quiere significar que actualmente, algunos de los ideales de belleza provienen de programas televisivos, publicidades, concursos y desfiles de moda, que pretenden establecer qué altura, peso, color de pelo y gustos hay que tener para ser bello y exitoso. Es lamentable que muchas personas corran tras estos valores y están dispuestas a sufrir para alcanzarlos.

Otras concepciones de lo estético.

La obsesión por la juventud ha sido y es una constante en la historia de la humanidad. Los griegos creían que quienes morían jóvenes eran los elegidos de los dioses. En la actualidad llamada posmodernidad, muchas personas realizan innumerables sacrificios -cirugías, cremas, tratamientos corporales- para conservar la piel joven. El problema es que la juventud es considerada un valor en sí misma y viene acompañada por el desprecio de la vejez, condicionando las formas de vidas de las personas de mayor edad.
El escritor Adolfo Bioy Casares adelantaba estas situaciones al plantear una sociedad en donde los jóvenes asesinaban a los viejos.

Definiciones de arte.

Juan Miró en su pintura: La esperanza de un condenado a muerte y Andy Warhol en la Silla eléctrica. En la pintura de Miró representa un hecho real que es la ejecución de un joven de 25 años, Salvador Antich. El horror de su suplicio está representado por una línea, por un hilo que representa a la vida -los sueños, el amor- interrumpida por la muerte brutal. La pintura evoca también él de tantas vidas cortadas en su plenitud.
Andy Warhol, a partir de la silla eléctrica vacía denuncia muchas muertes causadas por el Estado, vidas horrorosas y fríamente interrumpidas.
Dentro del mundo artístico hay un fuerte debate si por ejemplo la cumbia villera es arte. Para algunos sí para otros no. Hay quienes consideran que solo la música clásica es arte.
Se caracteriza al arte como producto de una actividad humana consciente, opuesto a los productos de la naturaleza, aunque muchas veces, una obra artística no proviene de una intención artística. Así, los antiguos egipcios construyeron magnificas obras de arte pero su intención era albergar el cuerpo del faraón y ayudarlo a pasar a la inmortalidad.
La estética se ocupa de las cosas hechas por el hombre sólo en cuanto pueden ser contempladas estéticamente. Si bien todos los objetos pueden ser susceptibles de tal contemplación, también es cierto que hay muchas formas de mirar los objetos hechos por el hombre.
¿Para qué sirve la música, además de oírla y disfrutarla? Los objetos artísticos pueden ser, entonces, en primera instancia, aquellos objetos hechos por el hombre que actúan estéticamente sobre los sentidos y la experiencia humana.
Las obras de arte expresan los sentimientos humanos. Es decir, el creador expresa en ellas sus sentimientos, ya sean de alegría, tristeza, melancolía, sufrimiento, felicidad, angustia. Sin embargo, lo importante para esta corriente no es lo que sintió el artista sino lo que expresan sus obras.

La política y el arte.

El arte muchas veces tiende a reflejar las ideas políticas y los prejuicios de la época en que fue concebido. También hay un arte que denuncia situaciones de dictaduras contemporáneas. Por ejemplo, en la película Tiempo de revancha, de Adolfo Aristarain, hay una escena en el que el personaje interpretado por Federico Luppi se corta la lengua. Mientras se filmaba la película, la Argentina estaba gobernada por una dictadura militar y estaba prohibido cualquier discurso que criticara al gobierno de facto. Es posible que Aristarain con la escena de automutilación denuncia la censura, el horror y la muerte de la dictadura.
Hay una larga discusión respecto del papel que deben de cumplir las obras artísticas y si debe de comprometerse con la política. Para algunos autores todo arte es político, ya que de una u otra manera, reproduce, critica o avala lo que sostiene el poder de turno.

La responsabilidad social del arte.

El arte es una fuerza social y no tiene un fin en sí mismo. Para Marx, especialmente el capitalismo convierte al obrero en un robot; el ser humano se confunde con la máquina al tener que repetir horas y horas el mismo movimiento, encerrado y privado de la luz del sol, para producir las mercancías. No pone en su trabajo ni en la mayor parte de las horas de su vida, creatividad, imaginación, ni amor. El hombre para Marx está alienado, es decir, despojado y separado de su condición de hombre. Este mundo sin corazón, tal como lo describía Marx, fue criticado en el plano estético por los ingleses John Rustin y Williams Morris. Ellos denunciaron la fealdad de las máquinas de las fábricas, que, creadas por el hombre, convertían a otros hombres en autómatas y los explotaban. Asimismo, las máquinas les parecían estéticamente horribles y denunciaron la manera en que la tecnología destruye la belleza natural.
Según William Morris, sólo la justicia social y la igualdad entre los hombres convierte al arte en lo que debe ser: “la expresión de la felicidad del hombre en su trabajo..., hecho por el pueblo y para el pueblo, como algo causante de felicidad en el realizador y en el usuario”.

La moral y el arte.

La teoría estética del escritor Oscar Wilde es la del arte por el arte. Para él, la obra de arte no puede ser juzgada desde el punto de vista moral. El ámbito del artista es todo lo existente, es decir, también los vicios, los pecados, las maldades y las perversiones, y no puede ser juzgado por escribir, pintarlos o esculpirlos.
Un libro no es, en modo alguno, moral o inmoral. Los libros están bien o mal escritos. Ningún artista es morboso y puede expresarlo todo.
Para Kant, la experiencia estética era la de un individuo aislado que contemplaba una obra plasmada de manera individual por otro artista. Así, el arte no tenía ninguna función moral o social.
Durante la antigüedad y el medioevo el arte cumplió con la función social de apoyar los poderes políticos y religiosos. Las vanguardias pretendían unir el arte, los sueños individuales y los sueños sociales con el cambio social.

Compromiso social y político.

La música puede ser manifestación estética de gran compromiso social y político.
Otros artistas, en cambio, hacen música tan sólo para divertir o entretener. Para algunos, la música que no es comprometida socialmente sirve para distraer a las personas respecto de las injusticia que se viven.
Las canciones pueden provocar en los seres humanos varios sentimientos. A veces de tristeza o de alegría, porque muchas veces evocan recuerdos.

La reproducción o copia técnica.

Para el filósofo alemán Walter Benjamin, la obra de arte ha sido motivo de reproducción o copia. Los alumnos hacen copias de obras de sus maestros como ejercicio artístico y también están las copias para vender. Las técnicas de xilografía -impresión gráfica hecha con planchas de madera grabadas con textos e ilustraciones- o la litografía -procedimiento para imprimir consistente en pasar con tinta grasa los escritos o el dibujo de la piedra caliza o en una plancha de cinc o aluminio- permiten reproducir el dibujo. La imprenta reproduce la escritura.
Pero si bien toda obra puede ser reproducida, la reproducción es lo propio del cine y la fotografía. Es decir que la reproducción técnica deviene en procedimiento artístico.
Aunque la obra puede ser reproducida por diversos medios, lo que no puede ser copiado es el momento preciso -correspondiente al lugar, día y hora- en que producida o creada. Se puede copiar su “aquí y ahora”, su autenticidad. Pero no se puede copiar su aura. “Del aura no hay copia”.
El aura para benjamín es “la manifestación irrepetible de una lejanía”.
El cine y la fotografía, al reproducir de manera potencialmente infinita la obra de arte, hacen que ésta pierda su magia, su aura, su autenticidad y su originalidad.

La experiencia del shock en el arte.

Para Benjamin, el aura se atrofia en la reproducción. Se pierden ciertos valores como la autenticidad, la singularidad y la perdurabilidad de una obra, en detrimento de otros como la multiplicidad, la fugacidad y lo efímero.
Pero la característica propia del arte en la modernidad es también reflejo de las nuevas formas de vida. Benjamin cita a una poesía de Baudelaire que se titula “A una pasante” y augura los nuevos aires de las ciudades modernas y las nuevas escenas que pueden sucederse a partir del denominado “progreso”.
En las grandes ciudades, un hombre, un poeta pueden cruzarse y enamorarse a primera vista de una mujer que pasa, como en el poema. Sin embargo, muchas veces, como un relámpago, la bella mujer desaparece en la multitud dejando al hombre solo y pensando en lo que pudo haber sido.
Lo mismo suele suceder con una obra de arte en la actualidad. Todo transcurre como un flash, como cuando las personas utilizan el control remoto y hacen zapping con el televisor. El bombardeo indiscriminado de las imágenes televisivas, y sobre todo de las publicitarias, se asemeja al momento en que la mujer amada se pierde para siempre entre la gente.

El arte pop (pop art).

Ideas como las de Duchamp y Schwitters, que realizaba colage con basura, fueron retomadas por el denominado arte pop (arte popular) que surgió en Gran Bretaña y EE.UU., en la década de los cincuenta y tuvo su apogeo a partir de la década del sesenta. Este arte se caracterizó por tomar hitos o símbolo es de la cultura popular y de la sociedad de consumo, como publicidad, historietas, música pop, cine, series de TV, usar diversas técnicas con el fin de reproducirlas: montaje, foto-montaje, serigrafía, colage. El arte pop incorpora en las pinturas elementos de la vida cotidiana, objetos de consumo masivo, por ejemplo, Coca Cola, fotografías de revistas, tapas de noticias de actualidad, carteles, envases de comida y de cigarrillos.
La serigrafía es un procedimiento de impresión que consiste en hacer pasar la tinta por medio de una espátula -a través de una tela fija en un bastidor, en el cual se obturan con laca o cola las partes donde no debe pasar la tinta y se dejan libres las partes que deben imprimirse.

El campo artístico.

Pierre Bourdieu, elaboró un concepto de “campo” para referirse al conjunto de relaciones en torno de una actividad determinada. Como en los juegos, cada campo tiene una finalidad -aquello que está en juego o por lo que se juega- ; hay estrategias o cartas para jugar y hay constante lucha. Así Bourdieu identifica diversos campos: el campo político, el campo religioso, el campo filosófico, el campo económico, entre ellos.
En el campo artístico, aquellos que quieren “jugar” dentro de él buscan que su obra -una pintura, una novela, una escultura, una pelicula o cualquier obra de arte- sea considerada artística y bella por los criterios y las instituciones académicas que estén acreditados para esa función.
Los criterios de belleza, fealdad y de obra artística han cambiado en función de los acontecimientos históricos, de las relaciones de poder, de las ideas predominantes en las distintas épocas. Así, ciertas obras que no son consideradas artísticas o bellas en un período, sí pueden serlo en otro momento.

Estética y clase social.

Los sociólogos Pierre Bourdieu y Claude Passeron plantearon que la mayoría de los jóvenes que accedían a los estudios universitarios y terciarios formaban parte de las clases sociales media y alta. Los jóvenes más pobres o de clase más popular, cuyos padres eran obreros, no solían ingresar a la universidad. Y, la mayoría de los pocos que ingresaban, registraban bajas calificaciones.
La “inteligencia” y la “brillantez” parecen solamente propias de las clases medias y alta. Esto ocurre, porque la mayoría de las veces, cuando los profesores califican olvidan que las clases populares no tienen la misma oportunidad de acceder a los bienes culturales como libros, obras de arte, viajes, museos, instituciones y otras fuentes de conocimiento. Además, desprecian los los conocimientos adquiridos por las clases populares, conocimientos que forman parte de su universo cultural.
La universidad y la educación en general, reproducen las diferencias y las injusticias sociales y la desigualdad de oportunidades. Peor aún: la inteligencia y el buen gusto de las clases sociales más favorecidas no aparecen acompañadas por el acceso a los bienes culturales antes mencionados, y por lo tanto, no se reconocen como producto de relaciones sociales, sino como dones de la naturaleza. Se dice que “naturalmente” una persona es más inteligente o tiene mejor gusto que otra.
Denigrar los gustos estéticos del otro -lo que implica denigrar su manera de vivir, pensar, vestirse, peinarse -es una de las formas más brutales de intolerancia y discriminación. Durante las dictaduras militares argentinas, muchas personas eran detenidas por la policía por su aspecto asociado a ciertas ideologías. Durante el gobierno de Onganía, eran detenidas las mujeres que usaban polleras cortas y se les cortaba el pelo a bayonetazos a los varones que tuvieran pelo largo o que se parecieran a los Hippies.

La cultura popular.

Robert Darnton, historiador norteamericano, recrea ciertos cuentos infantiles tal como los campesinos franceses se los contaban a sus hijos durante una parte de la Edad Media hasta bien entrado el siglo XVIII. Caperucita roja era la niña que llevaba el pan y leche a su abuela y era comida el lobo. También la abuela había sido asesinada y despedazada por este animal.
En la versión campesina del cuento de Cenicienta, la heroína se convierte en sirvienta para impedir que su padre la obligue a casarse con él. En otro, la Malvada Madrastra trata de empujarla al horno, pero por error quema a una de sus propias hijas. Un marido se come a varias esposas en La Bella y la Bestia y un ogro desgüella por error a sus hijos Hansel y Gretel.
Todos estos relatos que los campesinos les contaban a sus hijos en las noches invernales, revelan la vida que ellos llevaban. Una vida sórbida, miserable y breve. La escena de Hansel y Gretel abandonados por sus padres y teniendo que buscar su sustento en los bosques mostraba la realidad cotidiana de algunos padres que abandonaban a sus hijos porque la extrema pobreza en la que vivían les impedía proveerles alimento. El universo lleno de madrastras de los cuentos infantiles remite a la muerte prematura de las madres campesinas, cuando daban a luz en las condiciones de insalubridad de la época.
El hecho de que no se ocultara a los niños las situaciones de violencia presentes en los cuentos infantiles estaba relacionado con que los niños vivían diariamente en un ambiente sumamente violento y en miserables escenarios. Además, desde muy pequeños, realizaban trabajos tan arduos y pesados como los de los adultos.
A través de esos relatos, los campesinos generaban una cultura propia, relacionada con sus formas de vida y relación con el mundo.

La cultura burguesa se apropió de estos relatos, les quitó su carga de horror y violencia, les dio un final feliz y un sentido completamente diferente de la connotación original. Generalmente, la cultura popular es silenciada, despreciada o tratada de bárbara por la alta cultura o cultura dominante. Así, como ocurrió durante el siglo XVIII, actualmente son acalladas otras tantas formas de cultura popular.