martes, 9 de febrero de 2010

Síntesis del Libro la Depresión y el Cuerpo de Alexander Lowen

LA DEPRESIÓN Y EL CUERPO, EN LA SOCIEDAD ACTUAL.[1].

¿Por qué nos deprimimos?

Depresión e irrealidad

La depresión ha llegado a ser tan común que incluso un psiquiatra la describe como una reacción “perfectamente normal”, con tal que “no interfiera en las tareas diarias”. Pero aunque se considere normal en el sentido estadístico de que el comportamiento y el sentir de la mayoría de la gente son así, no cabe decir que sea un estado saludable.

La condición mínima de un funcionamiento normalmente sano es el sentirse bien. Una persona sana se siente bien la mayor parte del tiempo en las cosas que hace, sus relaciones, su trabajo, su descanso y sus movimientos. Su placer alcanza en ocasiones gran alegría e incluso puede llegar al éxtasis, y de cuando en cuando experimentará también dolor tristeza, pesar y decepción. Sin embargo, no llegará a deprimirse.

La persona deprimida vive en función del pasado, con la correspondiente negación del presente.

Cuando una persona ha experimentado una pérdida o trauma en su infancia que ha socavado sus sentimientos de seguridad y autoaceptación, proyectará en su imagen del futuro la exigencia de que invierta su experiencia pasada. El individuo que de niño experimentó una sensación de rechazo se representará un futuro lleno de aceptación y aprobación prometedoras. Si de niño luchó contra la sensación de desamparo e impotencia, su mente compensará este insulto a su ego con una imagen del futuro que en la que se sienta poderoso y dominante. La mente, en sus fantasías y elucubraciones, intenta invertir una realidad desfavorable e inaceptable a base de crear imágenes que ensalcen al individuo e hinchen su ego. Si una parte importante de la energía de la persona se centra en esas imágenes y sueños, perderá de vista que su origen está en esa experiencia infantil y sacrificará el presente en aras de su cumplimiento. Estas imágenes son metas irreales y su realización es un objetivo inalcanzable.

La irrealidad de la persona deprimida se manifiesta claramente en el grado en que ha perdido contacto con su cuerpo. Hay una carencia de autopercepción; no se ve a sí mismo tal como es, ya que su mente está centrada en una imagen irreal. No se da cuenta de sus rigideces musculares, pero estas limitaciones son las responsables de que no pueda realizarse como persona en el presente.

1. La búsqueda de la ilusión.

Hoy en día hay tanta gente que persigue metas irreales, sin relación directa con sus necesidades básicas como seres humanos, que la depresión es algo casi normal. Todo el mundo necesita amar y necesita sentir que su amor es aceptado y en cierta medida correspondido. El amor y la estima nos relacionan con el mundo y nos dan la sensación de pertenecer a la vida. Ser amados es importante en la medida en que facilita la expresión activa de nuestro propio amor. La gente no se deprime cuando ama. A través del amor uno se expresa y afirma su ser e identidad.

La autoexpresión (expresión del self) es otra necesidad básica de todos los seres humanos. La necesidad de autoexpresión subyace en toda actividad creativa y es fuente de nuestro mayor placer. La expresión del self es fundamentalmente un fenómeno corporal, en consecuencia, la expresión del self, significa la expresión de los sentimientos. El sentimiento más profundo es el amor.

Otra necesidad básica para todos los individuos es la libertad. Sin ella es imposible la autoexpresión. Uno desea ser libre en todas las situaciones de la vida. No es libertad absoluta lo que se busca sino libertad para expresarse uno mismo.

La persona deprimida está presa por las barreras inconscientes del “se debería” y “no se debería”, que la aíslan, la limitan y pueden incluso aplastar su espíritu. Mientras vive en esa prisión, la persona devana fantasías de libertad, trama planes para su fuga y sueña un mundo en el que la vida será diferente. Estos sueños, como todas las fantasías, le sirven para mantener su espíritu, pero también le impiden confrontar de una manera realista las fuerzas internas que le atan. Antes o después se derrumba la ilusión, el sueño se desvanece, el plan falla y se encuentra cara a cara con la realidad. Cuando esto sucede, el individuo se deprime y se siente desesperado.

Cuando perseguimos ilusiones nos proponemos metas pocos realistas, creyendo que si las lográramos, automáticamente nos liberarían, restablecerían nuestra capacidad de autoexpresión y nos harían capaces de amar. Lo que es irreal no es la meta, sino la recompensa que se supone sigue este logro. Entre las metas que la mayoría de la gente sigue están las riquezas, el éxito y la fama. En nuestra sociedad hay todo una mística en torno a enriquecerse. Dividimos a la gente entre los que “tienen” y los que “no tienen”. Creemos que los ricos son los privilegiados que poseen los medios para satisfacer sus deseos y en consecuencia para realizarse. Desgraciadamente, esto no funciona para todo el mundo. Tanto se deprime el rico como el pobre. El dinero no da las satisfacciones internas que son las que hacen que la vida merezca la pena vivirse. En muchos casos la tendencia a ganar dinero desvía la energía de actividades más creativas y autoexpresivas, con la cual el espíritu se empobrece.

El éxito y la fama pertenecen a otro orden de cosas. La tendencia hacia el éxito y la fama se basa en la ilusión de que no sólo incrementarán nuestro autoestima, sino que además lograremos esa aceptación y aprobación de los demás que parece que necesitamos. Es cierto que el éxito y la fama aumentan nuestra autoestima e incrementan nuestro prestigio en la comunidad, pero estos logros aparentes contribuyen bien poco a la persona interior.

Muchos triunfadores se han suicidado en la cumbre del éxito. Nadie ha encontrado verdadero amor a través de la fama, y muy pocos han superado la sensación interna de soledad gracias a ella. Por muy fuerte que sea el aplauso y estruendosa la aclamación de las multitudes, no llegan al corazón. A pesar de que estas son las metas que glorifica la sociedad de masas, la verdadera vida se vive en un nivel mucho más personal.

Por lo tanto, se puede definir como meta irreal aquella que conlleva expectativas poco realistas. El verdadero objetivo que hay tras la lucha por el dinero, el éxito o la fama es la autoaceptación, la autoestima y la autoexpresión. El ser pobre, un fracasado o un desconocido es para mucha gente ser un “Don nadie” y, por tanto, no ser merecedor de amor y ser incapaz de amar. Pero quien crea que la riqueza, el éxito o la fama pueden convertir a un “don nadie” en “alguien”, es víctima de una ilusión, porque está rodeado de signos externos de importancia: ropas, coches, casa y celebridad. Puede que de la imagen de ser “alguien”, pero las imágenes son un fenómeno superficial que a menudo tiene muy poco que ver con la vida interior. De hecho, cuando una persona tiene que proyectar la imagen de ser “alguien”, indica que en su interior se siente un “Don nadie”. Este sentimiento es el resultado de la disociación entre el yo y el cuerpo. La persona se identifica con su yo y niega la importancia de cuerpo; es más, no tiene cuerpo. La perdida de sensación del cuerpo, que equivale a sentirse un “Don nadie”, obliga a sustituir la realidad del cuerpo por imágenes basadas en la posición social, política o económica.

Si queremos encontrar a la verdadera persona tras la fachada de su conducta social tenemos que mirar a su cuerpo, sentir sus sentimientos y entender sus relaciones. Sus ojos nos dirán si puede amar, su cara nos dirá si es autoexpresivo y sus sentimientos nos revelarán el grado de libertad interior. Cuando estamos en contacto con un cuerpo vivo y vibrante, sentimos inmediatamente que estamos en presencia de “alguien, sin tener en cuenta su posición social.

La vida se vive realmente en este nivel personal donde un cuerpo se relaciona con otro o con su entorno natural.

Todo lo demás es pura tramoya, y si confundimos el teatro con el drama de la vida, estamos en realidad bajo el dominio de la ilusión.

Si la depresión es tan común hoy día, es por la irrealidad en que transcurre buena parte de nuestras vidas, por la energía que se dedica a la persecución de metas irreales. Somos como especuladores de Bolsa, planeando beneficios de acciones cuyos dividendos nunca llegamos a disfrutarlos. Esta inversión en valores que están fuera de nosotros como seres humanos infla artificialmente su valor real. Una casa mayor, un coche nuevo, más electrodomésticos, etc., tienen cierta medida de valor positivo, ya que contribuyen de alguna manera al placer de la vida. Pero si consideramos estas cosas como una medida de nuestro valor personal, si esperamos que el poseerlas llenará el vacío de nuestras vidas, estamos montando el escenario para una inevitable deflación que de seguro nos deprimirá, igual que se deprime el especulador cuando la fiebre especuladora remite y el mercado quiebra.

Estamos expuestos a deprimirnos cuando buscamos fuentes externas a nosotros para realizarnos. Si pensamos que el tener todos los adelantos materiales que posee el vecino nos va a hacer más personas, a reconciliarnos más con nosotros mismos y a ser más autoexpresivos, nos veremos lamentablemente desilusionados. Y cuando llega la desilusión, nos deprimiremos. Puesto que esta actitud es hoy día la de muchas personas, supongo que veremos aumentar la incidencia de la depresión y el suicidio.

Erik Fromm se refiere a la depresión cuando explica la agresión instrumental y dice: Otro tipo de agresión biológicamente adaptativa es la instrumental, que tiene por objeto lograr aquello que es necesario o deseable.

Pero ¿qué es lo deseable?. En el sentido estricto de la palabra, podríamos decir que deseable es lo necesario. En este caso, el “deseable” se basa en la situación objetiva. Pero con más frecuencia se dice que “deseable” es lo que se desea. Si empleamos la palabra en este sentido, el problema de la agresión instrumental presenta otro aspecto, y de hecho el más importante en la motivación de la agresión. La verdad es que la gente desea no sólo lo necesario para sobrevivir, no sólo lo que proporciona la base material para vivir bien; mucha gente de nuestra cultura es voraz, ávida de más comida, más bebidas, más mujeres, más posesiones, más poder, más fama. Su avidez puede ser más de una de estas cosas que de otra; lo que es común a todos es el ser insaciables y nunca quedar satisfechos. La voracidad es una de las pasiones no instintivas más fuertes del hombre, y es a todas luces síntoma de mal funcionamiento psíquico, de vacío interior y de falta de interioridad. Es una manifestación patológica de la falta de desarrollo, así como uno de los pecados capitales de la ética budista, la judía y la cristiana.

Unos cuantos ejemplos ilustrarán el carácter patológico de la voracidad: es bien sabido que el exceso en el comer, o gula, que es una forma de la voracidad, frecuentemente se debe a estados depresivos; o que las adquisiciones compulsivas son un intento de escapar a un mal humor depresivo. El acto de comer o comprar es un símbolo de llenar un vacío interior para sobreponerse momentáneamente al sentimiento depresivo. La voracidad es una pasión, vale decir: está cargada de energía y empuja sin cesar a una persona hacia la consecución de sus fines.

En nuestra cultura, la voracidad, se refuerza grandemente con todas aquellas medidas que tienden a transformar a todo el mundo en consumidor. Naturalmente, la persona voraz no tiene por qué ser agresiva con tal que tenga dinero suficiente para comprar lo que desea. Pero la persona voraz que no tiene los medios necesarios, atacará cuando quiera satisfacer sus deseos. En la escala histórica, la voracidad es una de las causas de agresión más frecuentes y es probablemente un motivo tan fuerte para la agresión instrumental como el deseo de lo objetivamente necesario.

Oscurece la comprensión de la voracidad su identificación con el egoísmo. Este es una manifestación normal de una pulsión biológicamente dada, la de la conservación de sí mismo, cuyo fin es lograr lo necesario para la conservación de la vida o de una norma de vida acostumbrada, tradicional.

Solamente en pleno desarrollo del capitalismo se convierte la voracidad en motivo clave para un número siempre creciente de ciudadanos. Pero la voracidad, tal vez a causa de una tradición religiosa todavía rezagada, es un motivo que casi nadie se atreve a confesar. El dilema se resolvió racionalizando la voracidad y convirtiéndola en interés egoísta. Egoísmo es igual a voracidad.[2]

2. Enraizarse con la realidad.

Lo que nosotros llamamos enraizar al individuo consiste en sensibilizar el vientre de manera que la persona pueda sentir sus entrañas y sensibilizar sus piernas hasta que las sienta como raíces móviles. La persona que está enraizada de esta manera siente que tiene debajo una base firme en la tierra y posee el coraje de mantenerse o moverse por ella como le place. Estar enraizado es estar en contacto con la realidad. De una persona que está en contacto con la realidad se dice “que tiene los pies sobre la tierra”. Un individuo que está bien enraizado no actúa en base a ilusiones; no las necesita. Y a la inversa: la persona que se aferra a las ilusiones, las necesite realmente o no, se mantiene en las nubes, sin llegar a enraizarse.

La tarea de enraizarse no es fácil. Hay angustias profundas que obstruyen el camino, entre las cuales ya mencioné el temor a que nadie le preste ayuda si se deja ir. Las palabras para convencerle de lo contrario aunque bien intencionadas, son gestos vacíos. La persona que abre su corazón a los demás descubre enseguida que no está sola; casi todo el mundo responde cálidamente a quien abre su corazón. Pero para alcanzar esta forma de ser abierto, hay que pasar por la angustia de sentirse solo y aprender que ya no se tiene importancia.

Finalmente, está la ansiedad que conlleva el plantar los dos pies sobre el suelo. No es que nos dé miedo, pero la verdadera independencia significa estar solo. Yo diría que el miedo a estar solo es la ansiedad predominante de nuestro tiempo. Nadie quiere estar solo. Somos gregarios por naturaleza, pero en mucha gente el miedo a estar solo alcanza cotas irracionales. A causa de este miedo harán cualquier cosa para conformarse a su entorno. Para ello olvidamos la individualidad, suponiendo erróneamente que la persona que tiene una verdadera individualidad, que se atreve a ser él mismo frente a los demás, será víctima del ostracismo y del rechazo. Este miedo fomenta una sociedad masificada, con sus medios de comunicación de masas, sus entretenimientos masificados, etc.

Y sin embargo, por extraño que parezca, quien está verdaderamente solo es el individuo masificado, que carece de las profundas e íntimas relaciones personales que unen a la gente. Y es el individuo que se yergue solo, con los pies en la tierra, quien siente y conoce la unidad que relaciona al hombre con el hombre y al hombre con la mujer. Al ser fiel a sí mismo, atrae a la gente, y las respuestas que da son genuinas y sinceras. Nunca se siente solo, mientras que el individuo masificado se siente solo incluso entre la multitud. El individuo auténtico no va por ahí jugando un papel, ni repartiendo palmaditas en la espalda para ser correspondido. Se da a sí mismo generosamente y recibe de los otros con libertad.

Enraizarse es un concepto bioenergético, y no sólo una metáfora psicológica. Cuando conectamos a tierra un circuito eléctrico, le proporcionamos una salida para la descarga de energía. En un ser humano, el enraizarse también sirve para liberar o descargar la excitación del cuerpo. El exceso de energía en un organismo viviente se descarga constantemente a través del movimiento o del aparato sexual. Ambas funciones de la parte inferior del cuerpo. A la parte superior le concierne principalmente la toma de energía, ya sea en forma de alimento, oxígeno o estimulación y excitación sensorial. En el cuerpo hay una pulsación energética, cuando necesitamos energía o excitación las emociones se mueven hacia arriba, hacia la cabeza, y cuando la descarga se hace necesaria, hacia abajo, hacia las extremidades inferiores.

La función de descarga se experimenta como placer. Lo sabemos por la experiencia común, que nos dice que la descarga de cualquier estado de tensión o excitación es placentera. Y también por el placer sexual cuando la descarga de sensaciones y sentimientos ha sido intensa. Sigmund Freud lo señalo y Wilheim Reich lo documentó en su teoría sobre la función del orgasmo.

El enraizamiento facilita la experiencia de placer, lo cual motiva a la persona para tratar de alcanzar una carga mayor en cualquier área que prometa placer.

El enraizamiento conecta al hombre con sus funciones básicas, animales o corporales, y en ese proceso alimenta y mantiene su esfuerzo espiritual que está asociado con el movimiento del sentimiento y de la energía hacia la cabeza.

3. La fe.

¿Qué importancia tiene la fé? ¿Puede el hombre vivir sin ella? ¿Puede incluso sobrevivir sin ella? ¿Que es la fé?

Cuando se piensa sobre el problema de la depresión, la fé es importante para su comprensión porque la persona con fe no se deprime. Mientras conserve una fe fuerte y activa, podrá avanzar en la vida, lo cual es incapaz de hacer el individuo depresivo. Por lo cual el depresivo es una persona sin fe; él no piensa en sí mismo.

Estamos asistiendo a un aumento en la incidencia de la depresión por un lado y la correspondiente desilusión y pérdida de fe por el otro. Todos los psiquiatras, psicólogos y personas que trabajan en el campo psicológico saben lo corriente que es. Si recordamos que la ansiedad y la depresión forman parte de un mismo síndrome y pensamos en la cantidad de drogas que se consumen para controlar esos estados (tranquilizantes, antidepresivos, sedantes y píldoras para dormir), nos podremos hacer una idea de su ubicuidad. La persecución frenética de la diversión y la demanda continua de estimulantes apoyan esta observación.

Ante la desilusión y la pérdida de fe, sólo hay que hablar con la gente para darse cuenta de lo desencantada que está del mundo de hoy. Los que más lo demuestran son los jóvenes en sus escritos, en sus protestas y en su utilización de las drogas, nos hablan de la poca fe que tienen en el futuro de esta civilización. Pero los mayores comparten muchos recelos similares; ven un deterioro constante de los valores morales, un debilitamiento progresivo de los lazos religiosos y comunitarios que ligan el bienestar de un hombre con el del otro, una disminución de la espiritualidad junto con un aumento del énfasis en el dinero y el poder; y se preguntan “¿A dónde va este mundo?” la opinión de la mayoría de la gente siente que estamos viviendo tiempos depresivos, y realmente es así.

Cuando se pierde la fe, parece perderse también el deseo y el impulso de alcanzar cosas, de comunicarse y de luchar. El individuo siente que no hay nada que alcanzar, nada por lo que luchar y se adopta una actitud última de ¿y para qué?. Esta pérdida la han experimentado muchos pueblos primitivos que han visto socavada su cultura por la civilización blanca. A medida que perdían la fe en su forma de vida, parecían abandonarse, encerrándose en sí mismos y dándose a menudo al alcohol. Había desaparecido la emoción de sus vidas, había disminuido la llama vital en sus cuerpos. Para sobrevivir tuvieron que encontrar una nueva fe, y muchos la encontraron porque junto con los conquistadores llegaban misioneros.

No importa que dioses se adoren o qué creencias se tenga, siempre que la fé sea profunda. La fuerza que da la fe no está en su contenido sino en su naturaleza.

La fe es una fuerza que sostiene la vida, tanto en el individuo como en la sociedad, y la que la mantiene en movimiento hacia arriba y hacia adelante. Es la fuerza que une al hombre con el futuro. Cuando se tiene fe se puede albergar confianza en el futuro, aún en períodos en los que los sueños o las esperanzas no parecen que vayan a cumplirse.

La gente que pone su confianza en el poder nunca parece tener el suficiente para estar absolutamente seguro. El motivo es que la seguridad tal no existe, y nuestro poder sobre la naturaleza y sobre nuestros propios cuerpos está estrictamente limitado.

Si uno examina el curso de la historia humana, se verá que el desarrollo de los pueblos o naciones va de la fe al poder, para luego declinar. Pero allí donde la fe une, el poder divide. La lucha del poder entre las grandes ciudades de Atenas y Esparta dió como resultado la guerra del Peloponeso, que duró más de cuarenta años, destruyendo una fe que anteriormente había unido a los griegos en su empeño común.

Toynbee reconoce que el poder contribuye a la pérdida del potencial creativo de un pueblo, como en la siguiente cita: “Hemos visto, de hecho, que cuando en la historia de cualquier sociedad una minoría creativa degenera en una minoría dominante que intenta mantener por la fuerza una posición que ya no merece, este cambio de carácter del elemento gobernante provoca la recesión de un proletariado que ya ni admira ni imita a sus jefes y que se revela contra su servidumbre”.[3]

En un libro anterior Toynbee señalaba que el anhelo de poder limita la experiencia del placer, que proporciona la energía y motivación necesarias para el proceso creativo. El poder expande al ego, puesto que realza la sensación de control, que es la función normal del ego. Pero en individuos más débiles la sensación de poder es fácil que infle artificialmente el ego, produciendo una disociación entre el ego y los valores espirituales inherentes al cuerpo; entre éstos están el sentimiento de unidad con el prójimo y con la naturaleza, el placer de la capacidad de respuesta espontánea, que es la base de la actividad creativa, y la fe en uno mismo y en la vida. Dado que estos valores son inherentes al proceso vital, permanecen a la esfera del cuerpo, no a la del ego. Hay una antítesis entre estos valores del ego y los que pertenecen a las funciones del ego. Los valores del ego son individualidad, control y conocimiento. A través del conocimiento logramos mayor control y nos volvemos más individuales. Pero cuando estos valores se alían con el poder y dominan la personalidad, se disocian de los valores espirituales del cuerpo, lo cual transforma una postura sana del ego en otra patológica.

La antítesis entre los valores del ego y los valores del cuerpo no tiene por qué acabar en un antagonismo que dos conjuntos de valores pueden estimular y enriquecer la personalidad. Así, el hombre que es realmente un individuo puede ser agudamente consciente de su hermandad del universo. Su control revela que es dueño de sí mismo; posee autocontrol, no es poseído por él, como pasa con el individuo neuróticamente controlado. Y su conocimiento le sirve para reforzar su fe en la vida, no para minarla ni negarla.

A un verdadero individuo, en contacto con su cuerpo y seguro en su fe, se le puede confiar poder. No se le subirá a la cabeza, porque no juega un papel importante en su vida personal. Puede tomarlo o dejarlo, lo usará pero no abusará de él. Por otro lado, la persona que cree en el poder y le gusta, se volverá un demagogo que sólo puede actuar destructivamente, no creativamente.

El mundo se halla actualmente en un punto peligroso y desesperado porque tenemos demasiado poder y muy poca fe. La situación sólo puede tener dos salidas. Muchos se deprimirán al sentirse impotentes para realizar sus sueños; otros se volverán rebeldes y revolucionarios y utilizarán la violencia para conseguir más poder y reformar lo que ellos consideran injusticias sociales. Su violencia es un antídoto contra las tendencias depresivas, si evitaran la violencia caerían en la depresión. La violencia y la depresión son dos reacciones al sentimiento de impotencia. Una tercera es volcarse en las drogas y el alcohol; el consumidor de drogas contrarresta el sentimiento de impotencia a través de sus efectos narcóticos y alucinatorios. Pero ninguno de estos caminos da resultado. La única salvación está en la fe.

La psicología de la fe.

Al hombre se lo ha definido como un animal que construye su historia. Esto significa que es consciente de su pasado y le preocupa el futuro. Sabe que es mortal, pero también sabe que sus raíces personales vienen en lo profundo de la herencia de su pueblo. Asimismo, está atado al futuro, que es su inmortalidad, sabiendo que a través de él se transferirá esa herencia a los que vengan detrás. Nadie puede vivir por y para sí mismo; tiene que sentir que haga lo que haga, por pequeño que sea, contribuye de alguna manera al futuro de su pueblo.

Todos los estudios sobre los pueblos primitivos nos muestran que son extraordinariamente conscientes de ser eslabones en la gran cadena de la vida tribal. El conocimiento y las habilidades de la tribu, que le proveen de las herramientas para su supervivencia, y sus tradiciones y mitos, que determinan su lugar en el esquema de las cosas, pasan solamente de generación en generación. Cada miembro es un puente viviente que conecta el pasado con el futuro; mientras ambos anclajes estén seguros, la vida correrá fácilmente a través y por encima del puente, dotando a cada individuo de una fe que da significado a su existencia. Cuando la conexión vital de un pueblo con el pasado y el futuro desvanece, pierden la fe, fe en ellos mismos y en su destino. Hemos visto que los pueblos primitivos se deprimen cuando se destruye su cultura. Los hombres primitivos, como cualquier persona deprimida, se dan a la bebida o pierden todo interés o deseo de seguir adelante.

Muchos aspectos de nuestra cultura actual sugieren un fenómeno paralelo. Las tradiciones y las costumbres por las que han vivido durante siglos los hombres de occidente está perdiendo su influencia. En casi todas las esferas de la vida están ocurriendo cambios que hacen que el pasado parezca irrelevante. Nadie puede vivir hoy como vivían nuestros abuelos; los coches y los aviones lo hacen físicamente imposible. Pero el cambio ha afectado también a las relaciones humanas. Ha habido un relajamiento de los vínculos familiares y existe una moral sexual radicalmente nueva. Incluso son distintas las maneras de ganarse la vida; por ejemplo, ha descendido notablemente la cantidad de gente dedicada directamente a la agricultura y hay muchas más gente que trabaja en industrias de servicios y manufacturas. Se han desarrollado nuevas profesiones como la de asistente social, consejeros psicólogos y programadores de computadoras. Así, los problemas que surgen en las nuevas generaciones son diferentes de los de las anteriores, con lo cual la sabiduría cuidadosamente atesorada durante años de lucha parece ser o es ahora inaplicable.

¿Y el futuro? Estamos en un mundo donde los cambios están a la orden del día; el futuro es más incierto que nunca. Los científicos hablan incluso de la cuestión de supervivencia humana. La energía nuclear que amenaza con hacer inhabitable la tierra.

Lo sorprendente en esta situación es que no haya más gente deprimida, especialmente los más viejos, tienen una fuerte fe personal, derivada de experiencias personales con su madre y su familia.

Hasta el siglo XX el hombre se había sentido siempre sometido a un poder superior, ya fuera Dios o varios; nunca tuvo la audacia ni los medios para enfrentarse a la autoridad superior de una divina providencia. Hoy día ya no es así para mucha gente. El que Dios esté muerto o no, poco importa; está muerto en el pensamiento moderno. El hombre moderno no reconoce ya una autoridad suprema. Cree que la naturaleza se rige por las leyes físicas, y si se pueden descifrar esas leyes se puede controlar la naturaleza. Es una visión audaz, pero la ciencia parece dar al hombre los medios para conseguirlo. Esta visión no se limita a los científicos en los laboratorios; los medios de comunicación alimentan al público con las noticias de cualquier avance en la búsqueda del conocimiento, y en muchas mentes ha entrado el pensamiento de que quizá podamos a la larga eliminar la vejez y la muerte.

Mucha gente cree realmente en la ciencia y en sus posibilidades. Pero creer no es tener fe. Las creencias están sujetas a verificación, la fe no necesita verificación. Una creencia es un producto de la mente consciente, la auténtica fe es un asunto del corazón.

Otro aspecto de nuestra cambiante civilización es la creciente individualización y aislamiento del hombre medio. Individualización y aislamiento no son lo mismo, pero se han movido por caminos paralelos. Hablando en términos relativos, a medida que el hombre se ha hecho más consciente de sí mismo como ser único, ha ido cortando los lazos que le unían a la comunidad; y lo ha hecho porque tenía más poder a su disposición: poder para moverse más libremente, para comunicarse a la gran distancia, para utilizar servicios, comprar bienes, etc. Continua siendo tan dependiente de su comunidad como lo era el hombre primitivo, pero ya no siente esa dependencia, no se siente parte de un orden superior del que depende para su supervivencia. Si cada hombre es un mundo en sí mismo, entonces tiene razón al creer que en su mundo personal él es Dios. Nadie puede decirle qué pensar o qué creer. Pero estos mundos personales tienen muy poco contacto entre sí; lo que se cambian son formalidades o trivialidades, pero no sentimientos verdaderos.

Las condiciones de la vida moderna crean una cultura masificada, una sociedad masificada y un individuo masificado. La gente en una sociedad masificada son como alubias en un saco; sólo cuentan como cantidad. Y aunque en una sociedad cada persona es diferente de cualquier otra, no es un verdadero individuo, ya que no tiene voz en su futuro y no puede responsabilizarse de su destino. Desde el momento de su nacimiento en un hospital masificado, la vida de cada uno se procesa en un sistema estructurado en las instituciones de la educación masificada, la comunicación masificada, los viajes organizados, etc. La mecánica de este sistema no deja lugar para el ejercicio del juicio o el gusto personal. Incluso la elección de productos fabricados en masa está condicionada por una publicidad de masas.

A los sistemas les falta la capacidad de responder a las necesidades humanas, y es esta falta de respuesta la que fuerza a la gente a unirse en propuestas masivas. Todas las reuniones de masas o manifestaciones, independientemente de su objetivo explícito, son realmente una protesta contra las condiciones de vida masificada. Es la única forma de expresión que le queda abierta al individuo masificado en una sociedad masificada.

La verdadera individualidad sólo puede existir en una comunidad donde cada miembro es responsable del bienestar del grupo y donde el grupo responde a las necesidades de cada miembro. En una comunidad, la individualidad de un hombre viene determinada por su valor personal para el grupo. En una sociedad de masas, por el poder de su posición. Así, la verdadera individualidad es la medida de la participación de cada uno, y no un reflejo de su aislamiento. En una sociedad masificada solo importa el sistema, puesto que cualquier persona se puede reemplazar por otra. El individuo masificado, esté arriba o abajo del montón, sólo es importante para él mismo. Este sistema obliga a la gente a volverse egoísta y a dedicar sus mayores esfuerzos a ganar reconocimiento.

La fe conecta el pasado con el futuro. A través de la fe el individuo queda conectado con la comunidad. Las comunidades se formaron con individuos que tenían una fe común, y cuando esa fe se perdió, aquellos se desintegraron.

Egoísmo y fe son diametralmente opuestos. A un egoísta sólo le importa su imagen; a un hombre con fe le importa la vida. Un egoísta se orienta hacia la consecución del poder, ya que a más poder, mayor será la imagen que proyecta. Un hombre de fe se orienta hacia el disfrute de la vida, y el placer que le da el vivir lo comparte con los que tiene alrededor. El egoísmo es una creencia en lo mágico de la imagen, principalmente de la palabra. Para un egoísta, la imagen lo es todo, su única realidad. Cree absolutamente en el poder de la mente consciente y se identifica con ese proceso. La verdadera fe es una entrega a la vida del espíritu -el espíritu que vive en el cuerpo de la persona-, que se manifiesta a través del sentimiento y que se expresa en los movimientos del cuerpo.

A pesar de la diferencia que existe entre creencia y fe, las dos pueden estar y a menudo están relacionadas. Aunque las creencias son un producto del pensamiento y la fe es un sentimiento del mismo género que el amor, cabeza y corazón no tienen por qué estar desconectados y lo que uno piensa puede reflejarse inmediatamente en lo que uno siente. Un hombre que proclama su creencia en Dios puede tener poca fe, como atestiguaría, por ejemplo, el hecho de que se deprime. Por otro lado, un ateo puede ser un hombre con mucha fe. Puede que no crea en un Dios sobrehumano que rige los destinos, pero su fe podrá estar relacionada con su identidad, con el amor por sus compañeros y con el amor por la vida. La gente de fe puede tener creencias diferentes, y hay gente con creencias similares que difieren mucho en su fe. El efecto de la experiencia de la fe puede ser positivo o negativo. Será positivo si abre el corazón y negativo si lo cierra.

El crecimiento de la fe.

La fe empieza en el proceso de la concepción. Una chispa del padre enciende el fuego de la vida en un óvulo, que después es alimentado por la sangre de la madre. Metafóricamente podríamos decir que la llama de la vida pasa de una generación a otra, con la esperanza de que será eterna y de que se hará más brillante en cada paso sucesivo. Cuando la llama arde con brillo en un organismo, éste irradia un sentimiento de alegría.

Pero la vida no es un fuego normal, que debe ser alimentado desde fuera para mantener la llama. Es un fuego automantenido una vez que está plenamente en marcha, un fuego consciente de su existencia, orgulloso de la luz que da y, misteriosamente, deseoso y capaz de renovarse. La fe es el aspecto de esa llama vital que mantiene el espíritu del hombre caliente y vivo contra los fríos vientos de la adversidad que amenazan su existencia. El amor es otro aspecto de la misma llama. Su calor nos acerca a la gente.

Todos los animales de sangre caliente necesitan el cuidado y la protección de sus padres para que el fuego incipiente de la vida pueda arder fuerte y caliente en sus jóvenes cuerpos. El niño necesita el calor y contacto con el cuerpo de su madre para provocar y profundizar sus movimientos respiratorios. Biológicamente, la fe en el niño se aviva y alimenta por el amor y cariño de sus padres.

La reciprocidad del amor exige un respeto por el pasado, que equilibre la preocupación por el futuro. No se puede mirar siempre hacia adelante; hay que mirar también hacia atrás, de donde venimos.

El amor de los padres hacia sus hijos es correspondido de forma natural por el respeto filial. El interés de la comunidad en el bienestar de los jóvenes halla su contrapartida en el hecho de que los jóvenes respeten a sus mayores. Esta es la ley básica de la vida tribal. En estas comunidades el papel de los sabios ancianos es el actuar de guías. “Uno de los aspectos más deseables de la vida tribal es que a los ancianos no se los abandona; son reverenciados, son las personas a las que se recurre en cualquier pueblo”[4]. Con su respeto por los mayores, los jóvenes de la tribu honran la fuente de su ser, afirman su fe y confirman su identidad.

“En los pueblos que no tenían escritura, por ejemplo, los ancianos de la tribu cumplían un papel importantísimo porque era la memoria o los libros humanos que podían ser sumamente efectivos en momentos de catástrofe, por ejemplo: “hasta donde llega el agua cuando desborda un río”. Ellos lo habían vivido quizá varias veces a lo largo de sus vidas, y eran los que sabían. Ahora no se recurre a los viejos, sino que se buscan los datos en los libros que los contienen. Una vez una correntina, en un momento de gran inundación me dijo: “Yo no tengo problema, vivo donde vivían los guaraníes, y ellos sabían hasta donde puede llegar o no el río, en tanto que esos barrios que se inundan fueron construidos en lugares indicados por agrimensores de Buenos Aires, y éstos han deducido hasta dónde puede llegar el río, pero no lo han vivido”.[5]

Hoy en esta sociedad actual nos encontramos en una situación en la que los jóvenes rechazan conscientemente los valores de sus viejos, esta situación puede ser dada por dos motivos: por un lado el avance rápido de la tecnología humana, que hace que aparezcan todos los días inventos nuevos como las computadoras, los controles remotos de los electrodomésticos, juegos electrónicos, que hacen que los chicos, a causa de su tiempo libre aprendan más rápidamente a manejar estos aparatos que los adultos; por lo cual hay una inversión en cuanto a la transmisión de conocimiento. Hoy en día muchas veces ocurre que los padres deben recurrir a la información de sus hijos para aprender como manejar un control remoto o una computadora. A diferencia de lo que ocurre (como vimos) en las sociedades primitivas donde los ancianos son respetados y valorados, en la sociedad actual desvalorizamos y maltratamos a nuestros viejos. Por el otro lado, puede haber ocurrido de que los padres no han logrado transmitirles una fe sustentadora a sus hijos.

La fe es una cualidad del ser: de estar en contacto con uno mismo, con la vida, con el universo. Es un sentimiento de pertenecer a la comunidad, al país, a la tierra. Por encima de todo es el sentimiento de sentirse enraizado en el propio cuerpo, en la propia humanidad y de la propia naturaleza animal.

La perdida de la fe.

El primer problema de la depresión personal es la pérdida del contacto amoroso con la madre, ya que hay que admitir de que ha habido un cambio radical en la crianza del niño a lo largo del siglo XX. “Las prácticas impersonales de crianza que están de moda, junto a la ruptura temprana de la unión madre - hijo, y la separación entre madres e hijos por la interposición de biberones, mantas, ropas, cochecitos, cunas y otros objetos físicos, crean individuos que son capaces de vivir solos, aislados, en medio de un mundo urbano superpoblado, materialista y apegado a las cosas” [6]. El aspecto más importante de este cambio es la disminución en frecuencia y duración, del amamantamiento del niño[7]. La consecuencia inmediata ha sido una reducción de la frecuencia de contacto corporal entre madre e hijo, que cumple una función de estimular el sistema de energía del niño. También se han perdido otros valores. El criar al pecho profundiza la respiración del niño y aumenta su metabolismo; además llena las necesidades eróticas orales del niño, proveyéndole de una profunda sensación de placer que se extiende desde los labios y la boca por todo el cuerpo.

Lo fundamental en la relación madre-hijo no es el amamantar sino la fe y la confianza, aunque las tres cosas están estrechamente relacionadas. A través de esta relación el niño adquiere, o un sentimiento básico de confianza en el mundo, o la necesidad de luchar contra dudas, ansiedades y culpabilidades sobre su derecho a obtener lo que quiere o lo que necesita.

Cuando un niño pierde la fe en su madre debido a la experiencia de que no está siempre allí para él, empieza a perder fe en sí mismo y a desconfiar de sus sentimientos, de sus impulsos y de su cuerpo.

Nadie puede comprender a un niño tan bien como su madre. Antes de su nacimiento formó parte de su cuerpo, fue alimentado por su sangre y estuvo sujeto a las corrientes y carga que fluyen por el cuerpo de la madre. Puede comprender al niño tan bien como comprende a su propio cuerpo, no le conoce pero le comprende. Puede sentir sus sentimientos casi con la misma intensidad que los suyos propios. El auténtico problema aparece cuando una madre no está en contacto con su propio cuerpo y con sus sentimientos.

Desde épocas inmemoriales la madre ha cuidado de sus hijos y la raza humana creció y prosperó. Nosotros seguimos creciendo pero no prosperando. Antes, la unión entre madre e hijo era inmediata, cuerpo a cuerpo. Dar a luz y alimentar eran actividades sagradas, en el sentido de que universalmente se las consideraba con respeto y reverencia. Al desempeñar estas funciones, la mujer llenaba sus necesidades de respuesta y responsabilidad hacia otro. La mujer estaba atada a la naturaleza, pero también se realizaba en ella.

Los peores efectos de la tecnología, el poder, el egoísmo y la objetividad han sido relativos a los trastornos en la relación normal madre-hijo. A medida que estas fuerzas entran en el escenario social, las mujeres se sienten tentadas a abandonar la crianza de sus hijos. Antiguamente, sólo las mujeres de posición social alta podían hacerlo, porque podían tener a su servicio a un ama de cría. Hoy con las recetas de los pediatras, los biberones y equipos esterilizados, la mayoría de las mujeres intentan liberarse de lo que ven como una subordinación al niño.

La mujer que no amamanta debe confiar en los conocimientos de su pediatra para encontrar la receta apropiada. Con este acto ha renunciado a la fe misma. Al transmitir su responsabilidad al médico, tendrá que depender de los conocimientos de éste, y no de su innata intuición, para criar a su hijo, lo cual coloca una barrera entre madre e hijo al inhibir su reacción espontánea y al forzarla a considerar si sus acciones son o no apropiadas. Seguir el consejo médico le dará la ilusión de que sabe lo que hacer, pero no sustituirá a la respuesta amorosa, que es una expresión de fe y de comprensión.

Existe una antítesis entre conocimiento o información y comprensión, igual que entre poder y placer, entre ego y cuerpo y entre civilización y naturaleza. Estas relaciones antitéticas no tienen por qué producir conflicto; el conocer no supone automáticamente falta de comprensión, no tiene por que ser verdad que el poder destruya el placer o que el ego debe negar al cuerpo el papel, que le es propio, y no todas las civilizaciones han sido tan nefastas para la naturaleza como la nuestra.

Estas polaridades se rompen cuando la relación se desequilibra por un lado. Si nos cansamos excesivamente durante el día o nos preocupamos demasiado con nuestros problemas, el sueño se hace difícil. Un exceso de énfasis en los artefactos de la civilización, como el que cada persona tenga su automóvil, puede tener un efecto desastroso para la naturaleza. El precio que pagamos por una civilización altamente tecnificada es la erosión de nuestros recursos naturales y la destrucción de nuestro entorno natural. Análogamente, un exceso de poder disminuye nuestra capacidad de disfrute. Cuando nos convertimos en perseguidores del poder, perdemos el sencillo disfrute de utilizar nuestros cuerpos. El conceder una importancia excesiva a nuestro ego acaba siempre en una negación del cuerpo y sus valores.

Buscamos cada vez más información, sin preocuparnos de comprender mejor. La investigación, reducida a la mera recogida información y manipulación de estadísticas engañosas ha pasado a ser la meta suprema de nuestros programas de educación universitaria. Afortunadamente, la mayoría de las tesis doctorales que se escriben nadie las lee. Pero el efecto insidioso de la obsesión con los datos es una progresiva perdida de fe en la natural capacidad del ser humano para comprenderse a sí mismo, a sus compañeros y a su mundo. No necesitamos estadísticas para saberlo que no funciona, sentimos la infelicidad a nuestro alrededor, olemos la porquería en el aire, vemos la basura y la desintegración de nuestras grandes ciudades.

Pero lo cierto es que estamos decididos a acumular más poder aún. Los estudios nos muestran claramente que el poder que exige nuestra civilización tecnológica se doblará en la próxima década. La gente tendrá más poder para moverse a más velocidad, ir más lejos y hacer más cosas; el ritmo se va a acelerar aún más, a pesar de que ya es casi frenético. Cabe anticipar que las oportunidades y la capacidad de disfrute disminuirán progresivamente. Cada día estamos mas orientados hacia el ego, a medida que el individuo sufre una continua pérdida de identidad en una civilización mecanizada. La mecanización propicia la disociación entre el ego y el cuerpo, reduce la consciencia del cuerpo y debilita el sentimiento de identidad basado en esa conciencia.

A medida que la vida sencilla desaparece, también desaparecen las funciones naturales que forman parte de esa vida. El cocer el pan y cocinar en casa ha sido reemplazado por alimentos preparados comercialmente. Al entrar en las casas ya no se huelen aquellos ricos aromas del pan en el horno y de la comida que se está cocinando. Cortar y apilar leña para el fuego, tejer y coser ropa o alimentar pollos y cerdos son actividades que pocos de nuestros niños conocen. Sin embargo, la pérdida más importante es la función materna: la transmisión de la fe y del sentimiento a través del amamantar, mecer y acunar. La cuna se ha convertido en una antigulla, la mecedora en una reliquia, y el pecho se ha transformado en un símbolo sexual.

Muchos jóvenes se han dado cuenta de esta situación, es decir, comprender que un mayor poder, más mejoras materiales y una mayor urbanización y mecanización de la vida amenazan el verdadero sentido de la existencia; de ahí que se muevan espontáneamente hacia formas de vida comunitaria, más sencillas, con un renovado interés por los trabajos manuales, por hacer el pan en casa, por amamantar y por la naturaleza; en el fondo, intentar restablecer nuestras raíces en el orden natural y en la naturaleza.

Una epidemia de depresión.

“Los datos epidemiológicos señalan que probablemente la depresión va a ser una epidemia en las próximas décadas, a medida que la población reaccione ante las fuerzas sociales prevalentes y el clima social moldee esas reacciones en formas lo más adaptativas y socialmente aceptables posible”.[8]

El hogar familiar ha representado siempre la estabilidad, la seguridad y cierta sensación de permanencia. Era un refugio contra las presiones del mundo y un lugar de abrigo de las tormentas que asolan el mundo. Era el único lugar donde la corriente de la vida fluía relativamente calma y suave, no perturbada por los conflictos políticos y religiosos que estallaban fuera.

De los factores que han influido en la destrucción de la familia, el más importante es el coche, cuyo efecto es difícil de valorar en su justa medida. La vida moderna, ya se sabe, sería imposible sin la omnipresencia del coche. El automóvil rompió con la antigua familia y los grupos comunitarios y promovió la familia nuclear: dos padres con sus hijos, sin abuelos ni familiares. La familia nuclear es una unidad aislada, apartada de la influencia directa de los abuelos, que normalmente promueven formas de vida y educación tradicionales. Los abuelos tienen a veces ideas pasadas de moda, lo cual ciertamente no es el ideal. Pero cuando una pareja joven se establece para formar una familia, asumen una gran responsabilidad. Tienen que crear un marco que relacione el pasado con el presente y mire hacia el futuro. La debilidad de la familia nuclear es su aislamiento, no sólo en el espacio sino en el tiempo. Vive exclusivamente en términos de su propia existencia, lo cual vista la frecuencia del divorcio, es relativamente inestable.

El carácter de retiro se ve aminorado también por la intromisión del mundo a través de la radio y la televisión. Ambos contribuyen una estimulación de las funciones del ego y obligan al individuo a enfrentarse mentalmente con el stress y los conflictos que le transmiten los noticieros. Sencillamente el hogar moderno raramente es un lugar para una vida tranquila y feliz. Está constantemente sujeto a cambios, con vistas a una mejora que raramente eleva la calidad de vida.

Una proposición básica de la vida moderna es que nos expresamos a través de lo que hacemos. Cabe contrastar este punto de vista con el estilo de vida que ve la autoexpresión como una forma de ser. Nos expresamos cuando somos cálidos, comprensivos, tolerantes, vitales, vibrantes, alegres o tristes, enfadados, etc... También nos expresamos cuando somos una madre entregada, un creyente devoto o un trabajador digno de confianza. Estas formas básicas de autoexpresión, que también influyen las relacionadas con un hombre o mujer, normalmente reportan las satisfacciones más profundas en la vida. Siendo plenamente lo que uno es se puede llenar la propia existencia.

La sobreestimulación aleja a la persona de su cuerpo porque perturba su armonía y ritmos interiores. El cuerpo tiene que estar continuamente en marcha. Y también le seduce y le aparta de su cuerpo al ofrecerle una excitación falsa, es decir, una excitación sin perspectivas de placer. Un índice de gravedad de esta perturbación es la incapacidad de estar tranquilamente sentado sin hacer nada o de estar a solas; en otras palabras, estar en sí mismo. También se puede ver en el desarrollo que mantiene a la gente en continua actividad, en no parar de hacer cosas e iniciar nuevos proyectos, lo cual significa no tener tiempo para uno mismo y, por extensión, no tener tiempo para relacionarse fácilmente con los demás. Los maridos no tienen tiempo para sus mujeres, las madres no tienen tiempo para con sus hijos, y los amigos no tienen tiempo los unos para con los otros. El lema es “de prisa, de prisa, no pararse” y al final la gente no tiene tiempo ni para respirar.

Un día en una Ciudad capital de algún país del mundo (Ej: Ciudad de Buenos Aires), nos daría una idea clara de lo que es la “sobreestimulación”. La cantidad de ruido, la celeridad del movimiento, la masa de gente, son casi insoportables. Para soportarlo se tiene uno que anestesiar, taparse los oídos, cerrar los ojos y cortar los sentimientos. Y en la periferia ocurre otro tanto: el trafico es igual de caótico, el ritmo igual de acelerado. Inexorablemente, el fenómeno de la sobreestimulación se nos ha metido de rondón en casa, a través de la radio y la televisión, a través de continuos cambios y “mejoras” y a través de miles de cosas; juguetes, latas de bebidas, comidas preparadas y toda suerte de artilugios caseros que se introducen constantemente para variar la rutina. La publicidad es responsable, en parte, de este estado de cosas. Es bien sabido que los anuncios promueven o crean “deseos” que a menudo no tienen ninguna relación con las necesidades personales. Pero el daño real lo ha perpetrado la economía tecnológica, que iguala el vivir bien con las cosas materiales.

La depresión sobrevendrá a cualquier persona a la que le falte la fe en sí misma y que deba compensarlo haciendo cosas, ya sea para conseguir una ambición personal o para corregir una injusticia social. Así, el hombre de negocios que tiene éxito en su profesión es tan vulnerable a la depresión como el militante que busca dar vuelta al sistema.

La muerte de Dios.

Cuando un pueblo cree y tiene fe en Dios, su voluntad se torna la suprema autoridad de sus vidas, especialmente en situaciones donde se siente que la voluntad del hombre es importante. Pero a medida que los pueblos ganan conocimiento y poder, su creencia y respeto a las deleidades declina. Las situaciones que antes requerían la intercesión divina ya no la necesitan. Allí donde el hombre primitivo utilizaba la magia y sacrificios para asegurar la fertilidad de sus campos, el hombre moderno analiza el suelo y emplea fertilizantes químicos para conseguir lo mismo. De manera análoga, el uso de magia y de los rezos para conseguir curar las enfermedades ha dado paso a la medicina basada en una observación objetiva y en una investigación empírica. Mucha gente continua rezando, pero muy poca cree en Dios interviniente directamente en los asuntos humanos. El punto de vista sofisticado es que rezar ayuda a la persona que reza a sentirse mejor, aunque tiene poco o ningún impacto en el curso de los acontecimientos humanos.

El hombre moderno no parece tener necesidad de creer en ningún Dios, ya que ha alcanzado un grado de poder con el que nunca había soñado. Sólo en términos de potencia, cualquier individuo del mundo occidental dispone de una cantidad que pocos reyes poseían en tiempos pasados. El motor del automóvil tiene una potencia de 200 caballos; si a esto le añadimos la potencia utilizada en motores, aviones, herramientas mecánicas, refrigeradores, lavaplatos, calefacciones, aires acondicionados, radios, televisiones y luz, veremos que la suma total de la potencia que cada persona dispone es enorme. Pero no es la potencia total que nos interesa, sino los usos que se le pueden dar, que también han aumentado. En casi todas las áreas de la vida hay máquinas que pueden transformar la potencia en acción. El hombre no ha llegado todavía a la situación de poder dirigir su existencia apretando un botón, pero va por ese camino.

A medida que el poder del hombre aumentó su poder, disminuyó el de Dios. Con la pérdida de su omnipresencia desaparecieron las bases racionales para creer en Él, y lamentablemente cada vez nos vamos alejando de la nuestra vida natural para transformarse en una vida artificial y superficial donde prevalecen las cosas materiales sobre las cosas espirituales.

No solamente debemos hacer referencia en la necesidad de creer o tener fe en un Dios como “Cristo”, sino en un Dios “naturaleza”, como creían nuestros hermanos Incas, Aymarás, Mapuches, Guaraníes, en sus Dioses “Inti” (Dios sol), “Pachamama” (madre tierra), o el Dios “Viracocha” (Dios de la fertilidad), o en sus animales tótemes como el puma, el cóndor o la serpiente.

“El progreso humano conduce necesariamente a represión y neurosis. Los hombres no pueden tener las dos cosas, felicidad y progreso”.[9]

El matriarcado y las sociedades matriarcales ha precedido en todas partes al establecimiento de la sociedad patriarcal. En esas civilizaciones, frustración, represión y neurosis eran desconocidas, pero no excluían la religión, ni las deleidades, los dioses que adoraban eran diosas, figuras maternas o de la tierra.[10]

“El principio matriarcal es el amor incondicional, igualdad natural, énfasis en los vínculos de sangre y la tierra, compasión, clemencia y la justicia representan respectivamente esos dos principios”.[11]

Estos dos principios se pueden equiparar también al ego y al cuerpo respectivamente, o a la razón y al sentimiento, la fe y la naturaleza. Es verdad que el principio patriarcal está hoy en estado de crisis. Se ha hipertrofiado en manos de la ciencia y la tecnología y está a punto de quebrar; pero hasta que eso ocurra y se restablezca el principio del matriarcado en el lugar que le corresponde como valor igual y polar, se puede anticipar que la depresión será endémica en nuestra civilización.

Realidad.

Para concluir podemos describir a una persona depresiva como:

1) persigue metas irreales o está “colgado” de una ilusión;

2) no está enraizado;

3) ha perdido la fe.

La persona que no está enraizada no tiene fe y persigue metas irreales. Por otro lado, la persona que está enraizada tiene fe y está en contacto con la realidad. La persona que está en contacto con la realidad, está enraizada y tiene fe.

La palabra realidad puede tener distintos sentidos para cada persona, cuando se hace referencia a la palabra realidad concierne a la realidad de uno mismo o del mundo interior propio. Cuando decimos que una persona ha perdido contacto con la realidad, quiere decir que ha perdido el contacto con la realidad de su ser. Una persona que está desconectada con su cuerpo, está desconectada de la realidad del mundo. Cuanto más vida hay en el cuerpo, más vívidamente se percibe la realidad y más activamente se responde a ella. La manera que tiene una persona de estar, moverse, charlar e irradiar sentimientos nos dice quien es”.[12] Todo el mundo sabe eso por intuición.

Las personas depresivas carecen de contacto con la realidad en sus vidas y no están en contacto con su cuerpo. No sienten las tensiones musculares que les bloquean y le aprisionan. Si se sienten tensos, lo atribuyen a una situación inmediata, y se sienten incapaces de modificar.

Los sentimientos fluyen desde el corazón hacia arriba y hacia abajo por el cuerpo, hacia la cabeza y también hacia los genitales y las piernas. Una persona abierta está abierta en los dos extremos de su cuerpo. Su sexualidad está imbuida de amor por su pareja, y cada paso que da es un contacto de amor con la tierra.

Se dice que una persona tiene el corazón cerrado, cuando no se puede llegar a su corazón. La persona que está desconectada de su cuerpo no sabe que está “cerrado”. Hablará de amor e, incluso hará gestos amorosos; pero como su corazón no está ni en sus palabras ni en sus acciones, no transmitirá convicción. Al estar cerrado para sí mismo, situará su problema en el mundo exterior, fuera de él. De ahí que todos sus esfuerzos que haga para conseguir aprobación (ser bueno, ser rico, triunfar) carezcan de sentido, porque no afectan a su ser interior. Sus triunfos o satisfacciones no tienen para él más que un valor yoico y continuará sintiéndose frustrado sin saber por qué.

Cuando una persona entra en contacto con su cuerpo se da cuenta de las restricciones y limitaciones causadas por sus tensiones musculares crónicas. Comprende su origen y siente los impulsos bloqueados.

Esta capacidad es la base de una nueva fe en él mismo y en sus sentimientos. El contactar con el cuerpo abre una nueva forma de autocomprensión que se transforma gradualmente en autoaceptación.

Si respetamos a nuestros cuerpos, respetaremos a los demás. Si sentimos lo que funciona en nuestro cuerpo sentiremos lo que funciona en el cuerpo del ser humano que tenemos cerca. Si estamos en contacto con los deseos y las necesidades de nuestro cuerpo, sabremos las necesidades y deseos de los otros. Por el contrario, si estamos desconectados de nuestro cuerpo, estamos desconectado de la vida.

Una persona que no es consciente de la respiración no puede darse cuenta de la polución del aire... al menos hasta que sea tan peligrosa que no le deje respirar. Lo mismo se puede decir de la destrucción de la naturaleza, de la eliminación de la fauna salvaje, de la porquería y la basura que abunda por todas partes. Al estar desconectados de nuestros cuerpos, nos hemos desconectado del medio ambiente. La mente parece que puede funcionar correctamente en una oficina o en una biblioteca, pero el cuerpo necesita un ambiente natural para que esté vivo y sensible.

Sin cuerpo no somos nadie, y no significamos otra cosa que un número en una civilización masificada que ignora los valores humanos. Somos parte de un sistema masificado, y sin embargo nos sentimos solos y aislados. No pertenecemos a la vida, pertenecemos al mundo de las máquinas; un mundo muerto. Y ni las palabras pueden cambiar esta situación ni el dinero mejorará nuestra situación. Sólo podemos volver a la vida contactando con nuestros cuerpos. Cuando lo hagamos, encontraremos que hay fe en la vida y que el cuerpo del hombre es el cuerpo de Dios y algo en lo que creer.



[1] ALEXANDER LOWEN. “La depresión y el Cuerpo”. Editorial “Alianza”. (Síntesis del texto, realizado por Juan Carlos BOSCOSCURO, para materia Psicopatología, Profesor Mariano Castex, Facultad de Derecho. UBA).

[2] ERIK FROMM. Anatomía de la destructividad humana.

[3] TOYNBEE ARNOLD.

[4] WARNER ESTHER

[5] MARINÉS SUARES. Mediación, Conducción de Disputas, Comunicación y Técnicas. Pag. 105/106.

[6] MONTAGU. Op. Cit., Pág. 287.

[7] FREUD SIGMUND. Estudios sobre la melancolía.

[8] SCHWAB. JOHN J.

[9] FREUD SIGMUND. La crisis y el psicoanálisis.

[10] JUNG CARL

[11] FROMM ERICH

[12] REICH WILHEIM