La filosofía no es un saber que puede ser enseñada, sino que debe de ser una experiencia personal que vamos construyendo durante nuestra vida. Desde la antigüedad la filosofía era considerada y practicada como una askesis, es decir un entrenamiento, disciplina y un esfuerzo continuo para lograr la perfección física, moral o espiritual. Debemos filosofar para formarnos y transformarnos, para hacer de sí mismo una obra de arte. Para Foucault el solo hecho de pensar y poder escribir es un ejercicio espiritual para poder cambiar y no seguir pensando como antes, pero no para llegar a ser, sino para dejar de ser, se trata de ser diferente de lo que se es, de pensar diferente a cómo se piensa, de percibir diferente a como se percibe. La experiencia no señala un saber, ni una sensación, sino una reconfiguración del sentido y la emergencia del surgimiento de una nueva sensibilidad, no se trata de un pensamiento, sino del ser de lo sensible.
Vivir la
experiencia de lo sensible en filosofía te permite eso de dejar de ser para ser
diferente de lo que se es, para dejar al descubierto la mentira, la hipocresía,
la falsedad. Hay que empezar a producir tensiones para ir más allá de la
sospecha, de las evidencias de todas aquellas cosas que se presentan de manera
definitiva para dar inicio a una verdadera transformación educativa que permita
ser más creativos, libres y poder revelarnos contra toda injusticia.
