
Esta idea de pensar lo inesperado se
relaciona con la función que tiene filosofía de deconstruir, desmontar,
desarmar el statu quo, es decir todas las formas instituidas que nos ordenan,
nos rigen para darle lugar a lo inesperado lo no planificado. La sociedad y la
escuela en el intento de controlar a través de dispositivos de disciplinamiento
y normalización intenta licuar, anular todo el tiempo toda posibilidad de
desborde de esa capacidad de improvisar, de ser creativos frente a lo que
acontece de la nada, de la contingencia. Todo el tiempo se domestica a lo
inesperado, lo imprevisto, lo no pensado y se lo hace encajar en categorías
previas de normas que lo explican y entonces devalúan toda capacidad creativa, innovadora.
La deconstrucción que es una forma de hacer filosofía busca desarmarnos para
darle la posibilidad de que lo inesperado acontezca, de un modo más recurrente.
Es lo que nos pasa todo el tiempo en la escuela cuando planificamos, es
imposible cumplir todo lo que pensamos hacer durante el año, porque lo
imprevisto acontece todo el tiempo cuando ingresamos al aula y esa acción
planificada es imposible, falaz, modificable, recreable. Aunque parezca una
aporía, una paradoja, hay que ir por el desarme del sujeto, cuanto más ventanas
o zonas de permeabilidad generemos, cuanto más aceptemos nuestra fragilidad,
cuanto más vulnerables seamos, lo inesperado va a suceder sin saber, desarmando,
desmontando toda capacidad de predicción. Siempre hay que estar en una
situación de apertura y hay que dejar que las cosas sucedan por sí misma, sin
planificar nada. No hay que tener esperanza, hay que saber esperar. La
esperanza supone una planificación, está inscripta en un relato de lo que se
está esperando que suceda, el tener esperanza es como rezar, no importa si
después se cumple, en el rezar uno se construye en esa idea de que probablemente
eso pase. Entonces eso ya está previsto,
por lo tanto de inesperado no tiene nada. La espera es una forma de desarme del
sujeto, como en la película “el náufrago”, en la que todo el tiempo, en cada
ola que llegaba a la costa traía algo para la superviviencia y en esa espera
constante un día llego con la ola la posibilidad de salir de la isla.
Esta idea de lo inesperado me hizo recordar
aquellos momentos vividos por diferentes lugares haciendo cicloturismo en la
que la planificación de mis viajes no estaba en la agenda, de lo que se trataba
era ir haciendo camino al andar, ir improvisando cada viaje dejándome llevar
por mis instintos, mis emociones e ir conociendo lugares y personas inolvidables,
donde el tiempo se detiene, no hay horarios ni mapas rígidos que seguir. Una
filosofía de vida que produce una sensación plena de libertad. De lo que se
trataba era de rodar la bici permitiendo conectar lo más profundo de mi ser con
el entorno natural que iba encontrando. Llegar a cada pueblo era imaginar
historias que iba escuchando; en algunos me sentaba en la plaza principal o a
orillas de un rio o la costa del mar a escuchar música, leer un libro, escribir
historias, momentos o sensaciones percibidas, a recordar momentos de mi vida,
familia, amigos, historias que me motivan a contar. Otros lugares inspiraban a
cocinar, tomar una cerveza o un vino con algún amigo del camino. Al final, los
recuerdos y los momentos más potentes suelen ser aquellos que no buscamos y que
nos dejamos llevar viajando a la deriva. Una forma de viajar y hacer filosofía
desde la improvisación, el deambular por la vida sin un itinerario estricto y
de apertura a encuentros fortuitos con la naturaleza o personas, dejando que
las cosas sucedan sin ninguna planificación previa.