Podemos contar nuestra historia personal, con
excepción de dos momentos del día del nacimiento y de la muerte que devendrá.
El nacimiento es parte de una narrativa familiar, padres, tíos, abuelos, porque
cuando nacemos no recordamos absolutamente nada. No somos conscientes del
nacimiento. Necesitamos de una narrativa colectiva. Lo mismo que nuestra muerte
que todavía no vivenciamos, seguramente la relatarán nuestros hijos, nuestros
congéneres.
El relato familiar cuenta que el embarazo fue
complicado, mi vieja debía cuidarse mucho, porque tenía perdidas y ya había
perdido varios embarazos, entre el nacimiento de mi hermana y el mío. Pero
además el médico sospechaba que podía nacer con la misma sangre que ella, 0 rh
negativo. Mi padre era 0 rh positivo. Si al nacer era 0 rh negativo, había
incompatibilidad sanguínea. Por tal motivo, se había organizado un operativo de
emergencia en donde mi Tío Emilio, viajo inmediatamente a un laboratorio en
Buenos Aires, para ver con que factor había nacido. Finalmente, todos festejaron
porque tenía la sangre igual a mi viejo 0 rh positivo y no había que hacer
ninguna transfusión de sangre. Mi primer recuerdo, que todavía sigue vigente
fue a los dos años. Habíamos viajado a San Juan y nos alojó en su casa un tal
Waransky, Amigo de la familia. Y en el patio había un sótano lleno de conejos.
Quedé fascinado de esa experiencia que jamás olvidé.
Mis recuerdos de la infancia me llevan a pensar
en los trabajos que realizaba mi padre. Mi viejo, camionero, estuvo bastante
ausente en mi infancia, como consecuencia de su trabajo. A veces pasaban
semanas que no lo veía. Mi vieja me decía que cuando regresaba a veces no lo
reconocía. Pero a medida que fui creciendo estuvo muy presente. Era una persona
muy libre, muy seguro de sí mismo, calentón, buen tipo, de convicciones
fuertes. Siempre halagaba su honestidad, su sinceridad. Frontal, rústico, de
mucha fortaleza física. Fue un pilar fundamental para construir mi
personalidad, me marco mucho. Cuando uno está seguro de lo que quiere, no hay
vuelta atrás, así la decisión que se tome sea equivocada o errada. El límite no
es causar daño a los demás, no defraudar, aunque a veces cuando somos frontales
decimos cosas que otras personas no quieren escuchar.
El aspecto filosófico no sé de donde proviene,
pero desde muy pequeño tuve la curiosidad de comprender el mundo en el que
vivía. Mi infancia transcurría en la ciudad los días de semana y los meses de
vacaciones de invierno y verano, sumados los fines de semana en el campo. Una
etapa muy feliz rodeado de mucho afecto familiar. Me fascinaba el campo, sentía
que tenía mucho espacio para hacer lo que quería, andar a caballo, jugar con
mis primos, subir a los árboles, salir a caminar con mis perros. Amante de la
libertad y de la naturaleza, siempre tenía como sostén a mis viejos. Mi padre
me daba rienda suelta para el aprendizaje y en cada caída me alentaba a
levantarme solo. Mi madre, más miedosa y sobreprotectora, tiraba de la cuerda,
siempre buscaba tenerme bajo sus alas, producto de sus propios miedos como
consecuencia de que a los cinco años había perdido a su madre y eso la hizo muy
insegura. Pero siempre presente, a mi lado. Me fascinaba las noches de verano
dormir a la intemperie junto a mi viejo. Tirábamos un colchón arriba de la
cabina del camión y dormíamos frescos. Pero en la profunda oscuridad del campo
me encantaba mirar el cielo. Ver cantidades de estrellas que brillaban y
siempre veíamos caer alguna. Lleno de interrogantes, preguntas, quería saber
¿cómo se había formado el universo? ¿a qué distancia se encontraban de la
tierra? Me sentía una pequeña partícula cósmica en la inmensidad del espacio
exterior. En el campo se hacía una gran parva de pasto que se acumulaba durante
el invierno, era la fuente de alimentación de los animales durante la época
invernal. Me encantaba subirme a ella. Me tiraba panza arriba y de ahí
contemplaba el cielo diurno, de vez en cuando pasaba algún avión dejando una
gran tela blanca en el cielo. Mi imaginación se activaba y pensaba hacia donde
se dirigía ese avión. Me imaginaba como sería ver la tierra desde arriba. Jamás
olvidé la fecha del 13 de octubre de 1972, apenas tenía nueve años, casi diez.
Mi tío todas las mañanas escuchaba Radio Colonia, la única frecuencia que en
aquella época se escuchaba y la noticia fue que había desaparecido un avión en
la Cordillera de los Andes, en el que viajaban jóvenes uruguayos a jugar un partido
de Rugby a Chile. Fueron dos meses y medio de escuchar la radio todas las
mañanas para saber qué había
A los diez años, mi viejo nos llevaba al Aeroclub
Salto, un amigo tenía un avión un Pipper para cuatro personas y otro que era de
tela biplaza. Su apellido era Lanziotti amigo de la familia. Mi viejo, mi tío
Carlos Boscoscuro y mi primo Rubén Zerbarini, siempre acompañaban a volar a
Lanziotti. Un día sábado mi viejo Mateo y mi tío Emilio nos llevaron a mi
hermana Alicia y mis primas Nancy y Betina al Aeroclub, a las mujeres las
sentaron a las tres en el asiento de atrás y a mí el único varón, me sentó en
el asiento de adelante, el avión tenía dos comandos para manejar, uno el piloto
y el otro para el acompañante, en ese caso yo. El avión comenzó a carretear
sobre la tierra y de repente comenzó a despegar. Era la primera vez que
volábamos en avión, fue una sensación fenomenal, fuera de serie. Volamos por
arriba de Salto, aproximadamente una hora. Recuerdo ver a las palomas de la
iglesia caminando por la plaza. Inolvidable experiencia que me marcó para
siempre.
Durante el período escolar las maestras me
llamaban la atención porque me desconectaba de la clase, no les prestaba
atención porque volaba y en los informes que definían mi perfil o personalidad
decían era que muy despistado, que vivía en la luna, que volaba desconectándome
de la realidad, que no prestaba atención. Y era cierto la escuela me aburría
mucho, prefería el campo, andar a caballo. Me revelaba mucho estar tanto tiempo
adentro de un aula escuchando o haciendo tareas que no me interesaban.
Inclusive tuve algunos problemas de conducta en cuarto y quinto grado. Llamaron
a mis viejos a la dirección. Estaban preocupados por mis conductas
antisociales. Era muy rebelde y llamaba mucho la atención, pero lo compensaba
bailando folclore. Era un buen bailarín, entonces para todas las fiestas patria
subía al escenario y recibía aplausos que me encantaban escuchar y alimentaban
mi ego. Con cierto liderazgo en la escuela, tal vez un liderazgo negativo, como
se lo suele llamar ahora, pero en los años posteriores lo pude superar. Mis
amigos que me apodaban “El Caco”, también se reían porque decían que era muy
despistado. A veces me hacían preguntas y yo les respondía cualquier cosa,
porque me colgaba. Cuando apareció el flippers, me decían que me tildaba. Una
faceta de mi personalidad, soñar, volar, imaginar mundos en mi cabeza me
encanta.