Desde hace un tiempo largo y en especial después de la pandemia, me vengo haciendo preguntas para poder entender el mundo actual que me toca y nos toca vivir: la postmodernidad, el mundo ha cambiado con tanta rapidez que estoy anonadado, desorientado. El tiempo y el espacio han cambiado su significado, en especial con el uso del celular y sus nuevas tecnologías que avanzan tan rápido que resulta difícil de entender. Y el lugar donde trabajo: la escuela pública, ha sido impactada porque nuestros estudiantes están inmersos a condiciones externas de un mundo donde la imagen le ha ganado a la palabra. Lo real ha sido suplantado por lo virtual. Y en este contexto nuestros estudiantes viven una hiperrealidad artificialmente construida para que ellos estén adormecidos, atontados, alucinados con las miles de imágenes y videos que ven durante el día, inclusive las horas que pasamos juntos adentro del aula. Y eso es lo que más me duele, estar inmerso en un sistema que no hace nada para transformar esta realidad. Y me pregunto: ¿cuál es el rol que me toca cumplir como profesor de filosofía? Este verano estuve leyendo un texto de un filósofo español sobre pensamiento crítico, teniendo en cuenta que el diseño curricular de la materia filosofía hace hincapié en formar a los estudiantes con pensamiento crítico, reflexivo, analítico. Regresé al aula a intensificar los aprendizajes para aquellos estudiantes que no aprobaron la materia. Volví con la esperanza de poner en práctica aquello que había leído, pero la realidad me volvió a dar un cachetazo, y otra como tantas veces, volví a mi casa con mucha frustración. Me pregunté ¿Qué es ser docente hoy? ¿Cómo motivo a los estudiantes a que como mínimo dialoguemos? Ya ni siquiera los motiva aprobar la materia y para aprobar la materia filosofía tienen que leer, escribir, hablar, escuchar y realizar actividades pedagógicas. No, todo el tiempo con ese aparatito tecnológico que ya forma parte de los cuerpos. Ni siquiera habían llevado el material trabajado del año pasado. Insistí, insistí en entablar una conversación, un diálogo para motivarlos a trabajar, solo logré que se activaran un breve tiempo, a cada rato les sonaba un click que los obligaba a mirar el celular. Insistí un par de veces más, hasta que me cansé e hice un largo silencio. Tampoco, mi silencio aún les servía para seguir obnubilados con el celular. No hablo en particular, en todas las escuelas ocurre lo mismo. ¿Y qué hacemos los que estamos inmersos en educación para transformar la realidad? ¿Seguimos mirando para un costado? Ya ni siquiera nos motiva concientizarnos del fracaso educativo, la responsabilidad que tenemos de que los jóvenes aprendan lo mínimo indispensable: ¿qué les enseñamos? Como mínimo el diálogo para una ciudadanía responsable, poder dialogar y convivir pacíficamente, cuidar nuestro planeta que habitamos, valores éticos y morales para una humanidad responsable. Y por si faltaba algo, todos inmersos en una coyuntura política y económica corrupta donde se recortan derechos (Paritarias, Incentivo Docente, Conectividad, reforma laboral) y el bolsillo con los magros salarios que cobramos. Pero hay otro flagelo más peligroso que avanza en la sociedad y que de a poco va llegando a nuestras escuelas y es la violencia, los discursos de odio, de mucha crueldad que bajan desde las más altas esferas del poder por las redes sociales en la que los estudiantes están las 24 horas conectados. Y los docentes muchas veces dejamos de lado la enseñanza para poder contener a los jóvenes que vienen a la escuela con graves problemáticas sociales y familiares, cumpliendo el rol de padres, psicólogos, psicopedagogos. La escuela de hoy sirve para que los chicos estén cada más tiempo en ellas y puedan desayunar, almorzar en los comedores escolares o llevar una caja de alimentos “Mesa Bonaerense”, que cada vez viene con menos alimentos. El sistema educativo es un sistema jerárquico y estoy convencido de que cuando más arriba del escalafón se está ocupando un cargo directivo, más responsabilidad se tiene. Los que dirigen se han convertido en unos burócratas ineficientes, que para justificar que hacen algo y cobrar sus abultados honorarios, nos recargan de insumos burocráticos que muchos de ellos son un sinsentido. El año pasado entró en vigencia un nuevo Régimen Académico, una nueva normativa que regula la actividad educativa, con ella puedo tener muchas coincidencias ideológicas. Pero me parece que el apresuramiento para su entrada en vigencia sin capacitación previa, sin informar, explicar a las familias de que se trataba permitió que haya resistencia de parte de la mayoría de los docentes, porque nadie sabía qué hacer, ni personal jerárquico, ni docente, preceptores y tampoco se les explico a las familias. Tal vez, si se hubiese implementado progresivamente comenzando en primer año, de a poco todo el sistema educativo se hubiese ido adaptando lentamente, solo vino a recargarnos de actividades con los períodos de intensificación, (en mi época cuando me llevaba materia, mis padres pagaban a maestros particulares para aprobar las materias). Ahora los docentes además del dictado de clases anuales, tenemos que intensificarlos y fortalecerlos de lo que no aprendieron durante todo el año, porque faltaron o no hicieron nada. Está claro que detrás de los jóvenes estamos los adultos (padres y docentes) enseñándoles a asumir responsabilidades y a ponerles límites necesarios para un crecimiento saludable, pero evidentemente aún seguimos ausentes. Como consecuencia de ello a meses de su entrada en vigencia tuvo que renunciar toda la cúpula de funcionarios inútiles responsables de la reforma. Es hora de empezar a producir transformaciones en serio, no meras reformas para que nada cambie. Es hora de empezar a levantar la voz para decir lo que pensamos y aprender a no callarnos. Estoy harto de formar parte de un sistema educativo que no da respuestas, que la mayoría de los funcionarios educativos junto a los políticos de turno aparecen a las escuelas solo a sacarse fotos (en especial en años electorales), para entregar algunas obsoletas computadoras, destapar alguna placa, después están ausentes para resolver las graves problemáticas que atraviesa la educación. Además, me harté de hacer cursos de capacitación con reconocidos Licenciados en Educación, psicopedagogos con fascinantes teorías educativas, pero que después te chocas con la realidad cotidiana, porque ellos hablan desde la comodidad del ambiente de sus pomposas teorías. Solo sirven para que los docentes interesados en ocupar cargos jerárquicos repitan como loros en los exámenes o concursos lo que dicen estos teóricos burócratas, frases muy lindas que no se condicen con el día a día. ¿Y el pensamiento propio, crítico, reflexivo que nos dicen las normativas vigentes donde queda? Basta de apariencias, hipocresías, engaños que hablan de educación transformadora y después los exámenes son al mejor estilo conductista del sistema educativo del siglo XIX. Desde hace años no hay inversión en infraestructura escolar, seguimos llevando a algunas escuelas tiza y borrador para seguir escribiendo en obsoletos pizarrones. Seguimos inmersos en las escuelas construidas en el siglo XX, en el Panóptico de Foucault, que educaba en la obediencia para el trabajo industrial, que de a poco va desapareciendo a causa del avance tecnológico (IA y robotización). Allí seguimos concurriendo a dar clases, con grupos de 30, 40 estudiantes ¿y la educación personalizada? Nos piden diagnósticos a cada rato, autoevaluaciones, planificaciones ¿para qué? Ahora también nos piden que salgamos a los barrios a repartir folletos para que los jóvenes vuelvan a la escuela, o nos ofrecen un Plan de Alfabetización para estudiantes de 6to año. ¿Qué fracaso, Nó? Alfabetizar a un estudiante que tiene una trayectoria educativa desde los 4 años de edad, pasando por Inicial, seis años Primaria y seis años de Secundaria y tiene dificultades para leer y escribir. A veces me dan ganas de patear el tablero y salir del sistema en el que estoy inmerso y en el que no veo, desde hace quince años, ningún avance, al contrario veo una sociedad y una escuela en retroceso. Insisto, como adulto me siento responsable del futuro de los jóvenes (incluidas mis cuatro hijas), pero la responsabilidad es ascendente, cuanto más poder más responsabilidad se tiene. Tienen todo el derecho a discrepar con lo que digo, cada uno tiene su verdad, y por cierto es subjetiva, pero es lo que pienso y lo que siento.
