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domingo, 5 de abril de 2026

Infancia

 Mi vida se caracteriza por estar rodeado de mucha femineidad, que marcaron y le dieron sentido a mi existencia. Sin ellas sería la nada misma. El sexto sentido que domina en ellas, perceptivas, emotivas, instintivas, sobreprotectoras fueron las raíces, los cimientos que formaron mi personalidad, mi forma de ser. Es la balanza que compensa mi rusticidad.

Podemos contar nuestra historia personal, con excepción de dos momentos del día del nacimiento y de la muerte que devendrá. El nacimiento es parte de una narrativa familiar, padres, tíos, abuelos, porque cuando nacemos no recordamos absolutamente nada. No somos conscientes del nacimiento. Necesitamos de una narrativa colectiva. Lo mismo que nuestra muerte que todavía no vivenciamos, seguramente la relatarán nuestros hijos, nuestros congéneres.

El relato familiar cuenta que el embarazo fue complicado, mi vieja debía cuidarse mucho, porque tenía perdidas y ya había perdido varios embarazos, entre el nacimiento de mi hermana y el mío. Pero además el médico sospechaba que podía nacer con la misma sangre que ella, 0 rh negativo. Mi padre era 0 rh positivo. Si al nacer era 0 rh negativo, había incompatibilidad sanguínea. Por tal motivo, se había organizado un operativo de emergencia en donde mi Tío Emilio, viajo inmediatamente a un laboratorio en Buenos Aires, para ver con que factor había nacido. Finalmente, todos festejaron porque tenía la sangre igual a mi viejo 0 rh positivo y no había que hacer ninguna transfusión de sangre. Mi primer recuerdo, que todavía sigue vigente fue a los dos años. Habíamos viajado a San Juan y nos alojó en su casa un tal Waransky, Amigo de la familia. Y en el patio había un sótano lleno de conejos. Quedé fascinado de esa experiencia que jamás olvidé. 

Mis recuerdos de la infancia me llevan a pensar en los trabajos que realizaba mi padre. Mi viejo, camionero, estuvo bastante ausente en mi infancia, como consecuencia de su trabajo. A veces pasaban semanas que no lo veía. Mi vieja me decía que cuando regresaba a veces no lo reconocía. Pero a medida que fui creciendo estuvo muy presente. Era una persona muy libre, muy seguro de sí mismo, calentón, buen tipo, de convicciones fuertes. Siempre halagaba su honestidad, su sinceridad. Frontal, rústico, de mucha fortaleza física. Fue un pilar fundamental para construir mi personalidad, me marco mucho. Cuando uno está seguro de lo que quiere, no hay vuelta atrás, así la decisión que se tome sea equivocada o errada. El límite no es causar daño a los demás, no defraudar, aunque a veces cuando somos frontales decimos cosas que otras personas no quieren escuchar.

El aspecto filosófico no sé de donde proviene, pero desde muy pequeño tuve la curiosidad de comprender el mundo en el que vivía. Mi infancia transcurría en la ciudad los días de semana y los meses de vacaciones de invierno y verano, sumados los fines de semana en el campo. Una etapa muy feliz rodeado de mucho afecto familiar. Me fascinaba el campo, sentía que tenía mucho espacio para hacer lo que quería, andar a caballo, jugar con mis primos, subir a los árboles, salir a caminar con mis perros. Amante de la libertad y de la naturaleza, siempre tenía como sostén a mis viejos. Mi padre me daba rienda suelta para el aprendizaje y en cada caída me alentaba a levantarme solo. Mi madre, más miedosa y sobreprotectora, tiraba de la cuerda, siempre buscaba tenerme bajo sus alas, producto de sus propios miedos como consecuencia de que a los cinco años había perdido a su madre y eso la hizo muy insegura. Pero siempre presente, a mi lado. Me fascinaba las noches de verano dormir a la intemperie junto a mi viejo. Tirábamos un colchón arriba de la cabina del camión y dormíamos frescos. Pero en la profunda oscuridad del campo me encantaba mirar el cielo. Ver cantidades de estrellas que brillaban y siempre veíamos caer alguna. Lleno de interrogantes, preguntas, quería saber ¿cómo se había formado el universo? ¿a qué distancia se encontraban de la tierra? Me sentía una pequeña partícula cósmica en la inmensidad del espacio exterior. En el campo se hacía una gran parva de pasto que se acumulaba durante el invierno, era la fuente de alimentación de los animales durante la época invernal. Me encantaba subirme a ella. Me tiraba panza arriba y de ahí contemplaba el cielo diurno, de vez en cuando pasaba algún avión dejando una gran tela blanca en el cielo. Mi imaginación se activaba y pensaba hacia donde se dirigía ese avión. Me imaginaba como sería ver la tierra desde arriba. Jamás olvidé la fecha del 13 de octubre de 1972, apenas tenía nueve años, casi diez. Mi tío todas las mañanas escuchaba Radio Colonia, la única frecuencia que en aquella época se escuchaba y la noticia fue que había desaparecido un avión en la Cordillera de los Andes, en el que viajaban jóvenes uruguayos a jugar un partido de Rugby a Chile. Fueron dos meses y medio de escuchar la radio todas las mañanas para saber qué había pasado con ellos. Hasta que en diciembre llegó la noticia que los habían rescatado. Durante todo el verano 1972, 1973, estuve muy interesado en que mi viejo y mi tío, que leían el diario los domingos nos contaran historias de aquél acontecimiento. Por las noches tenía pesadillas, me despertaba alterado no podía entender cómo habían comido carne humana. Estaba anonadado, confundido, no comprendía como se podía hacer eso y en plena época de comunión y confirmación. Iba a misa a pedir perdón por lo que habían hecho esos chicos. Al poco tiempo, mi viejo nos llevó al aeroclub a volar junto con mi hermana y mis primas. Una experiencia inolvidable, era el sueño cumplido, hacer realidad aquello que había imaginado, ver la tierra desde el cielo. Vimos Salto desde arriba, fascinado, encantado por la vivencia de volar. Pude superar ese trauma que había quedado en mi conciencia del accidente aéreo.

A los diez años, mi viejo nos llevaba al Aeroclub Salto, un amigo tenía un avión un Pipper para cuatro personas y otro que era de tela biplaza. Su apellido era Lanziotti amigo de la familia. Mi viejo, mi tío Carlos Boscoscuro y mi primo Rubén Zerbarini, siempre acompañaban a volar a Lanziotti. Un día sábado mi viejo Mateo y mi tío Emilio nos llevaron a mi hermana Alicia y mis primas Nancy y Betina al Aeroclub, a las mujeres las sentaron a las tres en el asiento de atrás y a mí el único varón, me sentó en el asiento de adelante, el avión tenía dos comandos para manejar, uno el piloto y el otro para el acompañante, en ese caso yo. El avión comenzó a carretear sobre la tierra y de repente comenzó a despegar. Era la primera vez que volábamos en avión, fue una sensación fenomenal, fuera de serie. Volamos por arriba de Salto, aproximadamente una hora. Recuerdo ver a las palomas de la iglesia caminando por la plaza. Inolvidable experiencia que me marcó para siempre.  

Durante el período escolar las maestras me llamaban la atención porque me desconectaba de la clase, no les prestaba atención porque volaba y en los informes que definían mi perfil o personalidad decían era que muy despistado, que vivía en la luna, que volaba desconectándome de la realidad, que no prestaba atención. Y era cierto la escuela me aburría mucho, prefería el campo, andar a caballo. Me revelaba mucho estar tanto tiempo adentro de un aula escuchando o haciendo tareas que no me interesaban. Inclusive tuve algunos problemas de conducta en cuarto y quinto grado. Llamaron a mis viejos a la dirección. Estaban preocupados por mis conductas antisociales. Era muy rebelde y llamaba mucho la atención, pero lo compensaba bailando folclore. Era un buen bailarín, entonces para todas las fiestas patria subía al escenario y recibía aplausos que me encantaban escuchar y alimentaban mi ego. Con cierto liderazgo en la escuela, tal vez un liderazgo negativo, como se lo suele llamar ahora, pero en los años posteriores lo pude superar. Mis amigos que me apodaban “El Caco”, también se reían porque decían que era muy despistado. A veces me hacían preguntas y yo les respondía cualquier cosa, porque me colgaba. Cuando apareció el flippers, me decían que me tildaba. Una faceta de mi personalidad, soñar, volar, imaginar mundos en mi cabeza me encanta.

miércoles, 25 de febrero de 2026

¿Y la Educación?

 


Desde hace un tiempo largo y en especial después de la pandemia, me vengo haciendo preguntas para poder entender el mundo actual que me toca y nos toca vivir: la postmodernidad, el mundo ha cambiado con tanta rapidez que estoy anonadado, desorientado. El tiempo y el espacio han cambiado su significado, en especial con el uso del celular y sus nuevas tecnologías que avanzan tan rápido que resulta difícil de entender. Y el lugar donde trabajo: la escuela pública, ha sido impactada porque nuestros estudiantes están inmersos a condiciones externas de un mundo donde la imagen le ha ganado a la palabra. Lo real ha sido suplantado por lo virtual. Y en este contexto nuestros estudiantes viven una hiperrealidad artificialmente construida para que ellos estén adormecidos, atontados, alucinados con las miles de imágenes y videos que ven durante el día, inclusive las horas que pasamos juntos adentro del aula. Y eso es lo que más me duele, estar inmerso en un sistema que no hace nada para transformar esta realidad. Y me pregunto: ¿cuál es el rol que me toca cumplir como profesor de filosofía? Este verano estuve leyendo un texto de un filósofo español sobre pensamiento crítico,  teniendo en cuenta que el diseño curricular de la materia filosofía hace hincapié en formar a los estudiantes con pensamiento crítico, reflexivo, analítico. Regresé al aula a intensificar los aprendizajes para aquellos estudiantes que no aprobaron la materia. Volví con la esperanza de poner en práctica aquello que había leído,  pero la realidad me volvió a dar un cachetazo, y otra como tantas veces, volví a mi casa con mucha frustración. Me pregunté ¿Qué es ser docente hoy? ¿Cómo motivo a los estudiantes a que como mínimo dialoguemos? Ya ni siquiera los motiva aprobar la materia y para aprobar la materia filosofía tienen que leer, escribir, hablar, escuchar y realizar actividades pedagógicas. No, todo el tiempo con ese aparatito tecnológico que ya forma parte de los cuerpos. Ni siquiera habían llevado el material trabajado del año pasado. Insistí, insistí en entablar una conversación, un diálogo para motivarlos a trabajar, solo logré que se activaran un breve tiempo, a cada rato les sonaba un click que los obligaba a mirar el celular. Insistí un par de veces más, hasta que me cansé e hice un largo silencio. Tampoco, mi silencio aún les servía para seguir obnubilados con el celular. No hablo en particular, en todas las escuelas ocurre lo mismo. ¿Y qué hacemos los que estamos inmersos en educación para transformar la realidad? ¿Seguimos mirando para un costado? Ya ni siquiera nos motiva concientizarnos del fracaso educativo, la responsabilidad que tenemos de que los jóvenes aprendan lo mínimo indispensable: ¿qué les enseñamos? Como mínimo el diálogo para una ciudadanía responsable, poder dialogar y convivir pacíficamente, cuidar nuestro planeta que habitamos, valores éticos y morales para una humanidad responsable. Y por si faltaba algo, todos inmersos en una coyuntura política y económica corrupta donde se recortan derechos (Paritarias, Incentivo Docente, Conectividad, reforma laboral) y el bolsillo con los magros salarios que cobramos. Pero hay otro flagelo más peligroso que avanza en la sociedad y que de a poco va llegando a nuestras escuelas y es la violencia, los discursos de odio, de mucha crueldad que bajan desde las más altas esferas del poder por las redes sociales en la que los estudiantes están las 24 horas conectados. Y los docentes muchas veces dejamos de lado la enseñanza para poder contener a los jóvenes que vienen a la escuela con graves problemáticas sociales y familiares, cumpliendo el rol de padres, psicólogos, psicopedagogos. La escuela de hoy sirve para que los chicos estén cada más tiempo en ellas y puedan desayunar, almorzar en los comedores escolares o llevar una caja de alimentos “Mesa Bonaerense”, que cada vez viene con menos alimentos.  El sistema educativo es un sistema jerárquico y estoy convencido de que cuando más arriba del escalafón se está ocupando un cargo directivo, más responsabilidad se tiene. Los que dirigen se han convertido en unos burócratas ineficientes, que para justificar que hacen algo y cobrar sus abultados honorarios, nos recargan de insumos burocráticos que muchos de ellos son un sinsentido.  El año pasado entró en vigencia un nuevo Régimen Académico, una nueva normativa que regula la actividad educativa, con ella puedo tener muchas coincidencias ideológicas. Pero me parece que el apresuramiento para su entrada en vigencia sin capacitación previa, sin informar, explicar a las familias de que se trataba permitió que haya resistencia de parte de la mayoría de los docentes, porque nadie sabía qué hacer, ni personal jerárquico, ni docente, preceptores y tampoco se les explico a las familias. Tal vez, si se hubiese implementado progresivamente comenzando en primer año, de a poco todo el sistema educativo se hubiese ido adaptando lentamente, solo vino a recargarnos de actividades con los períodos de intensificación, (en mi época cuando me llevaba materia, mis padres pagaban a maestros particulares para aprobar las materias). Ahora los docentes además del dictado de clases anuales, tenemos que intensificarlos y fortalecerlos de lo que no aprendieron durante todo el año, porque faltaron o no hicieron nada. Está claro que detrás de los jóvenes estamos los adultos (padres y docentes) enseñándoles a asumir responsabilidades y a ponerles límites necesarios para un crecimiento saludable, pero evidentemente aún seguimos  ausentes.  Como consecuencia de ello a meses de su entrada en vigencia tuvo que renunciar toda la cúpula de funcionarios inútiles responsables de la reforma. Es hora de empezar a producir transformaciones en serio, no meras reformas para que nada cambie. Es hora de empezar a levantar la voz para decir lo que pensamos y aprender a no callarnos. Estoy harto de formar parte de un sistema educativo que no da respuestas, que la mayoría de los funcionarios educativos junto a los políticos de turno aparecen a las escuelas solo a sacarse fotos (en especial en años electorales), para entregar algunas obsoletas computadoras, destapar alguna placa, después están ausentes para resolver las graves problemáticas que atraviesa la educación. Además, me harté de hacer cursos de capacitación con reconocidos Licenciados en Educación, psicopedagogos con fascinantes teorías educativas, pero que después te chocas con la realidad cotidiana, porque ellos hablan desde la comodidad del ambiente de sus pomposas teorías. Solo sirven para que los docentes interesados en ocupar cargos jerárquicos repitan como loros en los exámenes o concursos lo que dicen estos teóricos burócratas, frases muy lindas que no se condicen con el día a día. ¿Y el pensamiento propio, crítico, reflexivo que nos dicen las normativas vigentes donde queda? Basta de apariencias, hipocresías, engaños que hablan de educación transformadora y después los exámenes son al mejor estilo conductista del sistema educativo del siglo XIX. Desde hace años no hay inversión en infraestructura escolar, seguimos llevando a algunas escuelas tiza y borrador para seguir escribiendo en obsoletos pizarrones. Seguimos inmersos en las escuelas construidas en el siglo XX, en el Panóptico de Foucault, que educaba en la obediencia para el trabajo industrial, que de a poco va desapareciendo a causa del avance tecnológico (IA y robotización). Allí seguimos concurriendo a dar clases, con grupos de 30, 40 estudiantes ¿y la educación personalizada? Nos piden diagnósticos a cada rato, autoevaluaciones, planificaciones ¿para qué? Ahora también nos piden que salgamos a los barrios a repartir folletos para que los jóvenes vuelvan a la escuela, o nos ofrecen un Plan de Alfabetización para estudiantes de 6to año. ¿Qué fracaso, Nó? Alfabetizar a un estudiante que tiene una trayectoria educativa desde los 4 años de edad, pasando por Inicial, seis años Primaria y seis años de Secundaria y tiene dificultades para leer y escribir. A veces me dan ganas de patear el tablero y salir del sistema en el que estoy inmerso y en el que no veo, desde hace quince años, ningún avance, al contrario veo una sociedad y una escuela en retroceso. Insisto, como adulto me siento responsable del futuro de los jóvenes (incluidas mis cuatro hijas), pero la responsabilidad es ascendente, cuanto más poder más responsabilidad se tiene. Tienen todo el derecho a discrepar con lo que digo, cada uno tiene su verdad, y por cierto es subjetiva,  pero es lo que pienso y lo que siento.