viernes, 25 de abril de 2014

Filosofías sobre la educación.

La relación entre la filosofía y la educación es muy intima. Filosofar en la educación y hacer filosofía sobre educación son dos cosas que están hermanadas. La filosofía es el amor por el saber, por el conocimiento, la sabiduría. Y están relacionadas no solo en lo teórico, sino también en el sentido práctico a tener una buena vida y la educación es lo que nos indica el camino a tener una vida buena.
¿Cómo es una vida buena, bella y valiosa?
¿Cómo debemos educarnos?
Sócrates decía: “no sabremos adecuadamente que debemos hacer y padecer, mientras no sepamos qué somos” Él nos decía que había que acatar el consejo de Apolo de “conócete a ti mismo”. Una vida sin examen, sin reflexión, no merece la pena ser vivida.
Kant decía que todas las grandes preguntas que nos podemos hacer ¿qué puedo saber? ¿qué debo hacer?, se resumen en una sola pregunta ¿qué es el hombre?


La antropología en sentido pleno sería la primera o la última pregunta filosófica.
De acuerdo con lo que creamos ¿qué somos? Contestaremos ¿cómo nos conviene vivir? Y aprender a vivir.
Todas las pedagogías encierran en su seno ¿qué somos y para qué estamos en este mundo?
Hay cuatro filosofías que nos hablan de educación y de cada una de ellas podremos sacar algo de positivo y vemos y observamos cómo cada unas de ellas se complentan y se materializan.
La educación debe de ser un proceso hecho de comprensión, de libertad y de felicidad. De nada sirve un método educativo basado en la memorización, en el aburrimiento y en la coerción.
Platón expuso un esquema antropológico basado en cuatro visiones del hombre que es utilizado en la actualidad. Según el esquema Platónico el hombre se divide en tres partes principales: intelecto, voluntad, deseos o emociones, cabeza, tórax, abdomen y que están simbolizadas en el mito del carro alado conducido por Auriga y los dos caballos. A ellas le corresponden como virtudes: la sabiduría, la valentía y la moderación o equilibrio. Es decir los tres aspectos del alma: intelecto, voluntad y emotividad. Ninguna de las tres puede funcionar cada una separadas de las otras.
El aspecto emocional siente todos los matices posibles entre los dos polos sentimentales positivo - negativo, placer - dolor, felicidad – tristeza, miedo – esperanza, alegría – melancolía. El ser humano no solo es capaz de sentir, miedo, hambre, frio, sinoque es capaz de tener sentimientos sublimes como la música, la religión y la metafísica.
No hay solo sentimientos, sino también inteligencia y voluntad. No es posible tener esperanza sin tener idea de lo que se espera y de que eso lo queremos.
El aspecto volitivo toma decisiones, elige, quiere algo. También tiene dos polos uno positivo y otro negativo, queremos o rechazamos algo. Muchos animales tienen voluntad, aunque no todos en el mismo grado. En los seres humanos la voluntad es bastante autónoma respecto de determinaciones instintivas. No es posible tener voluntad sin tener sentimientos e inteligencia. Aunque no sabemos cómo influye la una y la otra en las decisiones que tomamos. Este es un problema fundamental.
El aspecto intelectivo piensa, comprende, intuye, razona, duda. El hombre tiene una gran capacidad de intelección y raciocinio como lo deja de manifiesto en todas sus actividades culturales y vitales en general. Es el razonamiento el que le permite a una persona representarse su vida y su destino como un todo. Plantearse cosas como su identidad y su supervivencia o ¿qué hacer con su vida y cómo educarse?.
Cada una de las concepciones acerca del hombre y por tanto la educación de acuerdo al peso o la importancia relativa que conceden a cada una de estas diferentes partes de la psique que se acaba de describir, aunque lo ideal sería que estuvieran en armonía todas ellas, si el hombre está ante el continuo problema de cómo vivir, es porque hay algo conflicto interno. Es un conflicto entre el corazón y la cabeza, dentro de la cabeza, entre la voluntad y las emociones, entre la razón y el deseo. Cada concepción antropológica se distingue por la jerarquía o por la relación de armonía que se establece entre las partes de la psique. Cada uno de estos aspectos podrían considerase de acuerdo a distintos aspectos o variables.
Para el problema de la educación es saber, qué respuestas nos hacemos a la cuestión siguiente: ¿el ser humano por naturaleza tiende hacia el bien o hacia el mal? Es decir, si somos optimistas o pesimistas.
El pesimismo buscando una explicación al mal cree que la persona tiende por naturaleza a lo malo. Es decir, que es intrínsecamente pecaminoso en un lenguaje teológico, salvo por una providencial gracia divina, o por un rígido padre o profesor, el hombre no haría nada bueno.
El optimismo se fija más en la existencia del bien, la belleza y el sentido del mundo, piensa que tendemos al bien por naturaleza, aunque a veces nos equivocamos y hacemos el mal. Este factor influye más en la educación que la ideología pedagógica que uno tenga, aunque ese factor se complementa mejor con algunas ideologías que con otras. 
Un profesor pesimista o amargado difícilmente promoverá un ambiente amistoso y feliz, como el que se requiere en la educación y recurrirá habitualmente a la coerción y al miedo. No confiará en la naturaleza de los jóvenes y pensará que debe decirle a los chicos cuánto, cuando, qué y cómo tiene que comer, dormir, respirar. Todo lo dinámico y vivo lo verá como una molestia. Desorden y ruido. Preferirá un alumno silencioso, acrítico y mecánico. Hay una pulsión a lo inercial y a lo muerto en el pesimismo.
Desde el punto filosófico como pedagógico se adopta una postura optimista. Hay buenas razones para rechazar el pesimismo: 1) científicamente podemos decir que al ser el fruto de una larga y selectiva vida evolutiva, es imposible pensar en hacer lo contrario a lo que nos conviene; 2) desde la filosofía, si se adopta posiciones como la de Sócrates, Platón o Aristóteles y creer que las cosas tienden por sí a realizar su ciclo propio, tiene que confiar en lo que cada ser hace; así como los animales y las plantas saben que les conviene y solo se equivocan por accidente; así el hombre desde el seno materno tiende a lo beneficioso.
Esta idea es la base de cualquier pedagogía positiva u optimista.

Las cuatro concepciones antropológicas y pedagógicas son:

La primera nos dice que no tenemos esencia ni estructura alguna, es decir, que no tenemos características propias que nos definan y que la educación debería fomentar y desarrollar y hacer crecer. Por lo tanto piensa que “TODA EDUCACIÓN ES MANIPULACIÓN”. Se pregunta ¿qué es el hombre y para qué está?. Esta teoría contestará: es NADA y está para NADA. Es decir que no somos nada predeterminado, no tenemos esencia ni finalidad preestablecida, sino que somos una existencia plenamente abierta. Estamos condenados a ser libres diría SARTRE. Con un sujeto podríamos hacer cualquier cosa y él mismo podría hacer cualquier cosa de sí mismo. ¿Cómo deberíamos vivir? Está pregunta no tiene respuesta. Pues, no hay un cómo vivir por naturaleza. En la versión más optimista de esta concepción nihilista, somos el resultado de nuestras decisiones espontáneas  e instantáneas. En una versión más pesimista, somos solo el fruto del entorno o de la sociedad que nos moldea desde la nada. Como no hay una esencia humana, salvo la no esencia, no hay tampoco una finalidad que nos corresponda por naturaleza.


Bajo esta concepción subyacen diversas teorías. Por ejemplo Nietzsche, basa una concepción muy elitista de la educación. Educación sería para los muy pocos que tienen la valentía de admitir que la existencia no tiene en sí misma valor, que nada hay bueno ni malo más de lo que cualquier persona decida en cada momento y que no se deja construir de acuerdo a ninguna idea.
Desde una perspectiva Budista, según Buda si reflexionamos, nos daremos cuenta de que tras todas las apariencias no hay nada y nosotros mismos no somos nada. Todo es un juego ilusorio. La pedagogía tendría  que demostrarnos esa nada. Y en eso consiste la meditación en liberarnos de todo sentimiento, de toda intención y de todo pensamiento; o quizás contemplarlos pasar sin identificarnos con ellos.
Quizás la interpretación más fácil y natural de esta concepción abierta del hombre, sería una pedagogía radical o anarquista, según la cual “toda educación es manipulación”. El Estado, la familia, la iglesia son instituciones coercitivas y manipuladoras que intentan formar a un individuo a partir de la nada.


Las instituciones pedagógicas, por más bien intencionadas que quieran ser, son necesariamente perversas, pues intentan normativizar y someter a patrones o leyes a lo que de por sí es completamente libre y caótico. La educación mata la espontaneidad y someten a los individuos a constantes evaluaciones y juicios exteriores y superiores, cuando el único juicio es el que hace uno mismo en el instante mismo. Por lo tanto, es imposible que una escuela sea un lugar de realización y vida. La única educación pensable es la no educación, la no intervención, dejando a los chicos en un juego completamente libre y espontáneo, sin reglas ni finalidades, sin recompensas ni evaluación. Toda intervención es condicionamiento externo.
Está concepción es de difícil aplicación en la práctica. Es más bien una concepción teórica extrema a la que hay que tener en cuenta a nivel argumentativo porque influye en la praxis pedagógica. La praxis que nos recomienda esta concepción es no la intervención. Pero la no intervención tampoco es neutral. Por ejemplo: si un padre o madre acarician a un hijo o dejan de hacerlo y le recriminan una acción poco solidaria o lo dejan actuar a su antojo, sin ni siquiera ofrecerle argumentos por temor a manipularle, esto no es neutral. La no intervención es también una forma de manipulación o de abandono.
¿Puede esta concepción denunciar la manipulación de la familia, la escuela o la sociedad? No puede hacerlo porque esto implicaría que hay algo bueno o malo por naturaleza, algo que le corresponde a la persona y que habría que proteger. Pero si lo bueno, lo malo, con construcciones del individuo en ese instante. Entonces, ¿cómo calificar de buena o mala a una educación cualquiera por más coercitiva o monstruosa que sea?  Inclusive si pretendemos reclamar el derecho de cada uno a hacerse como él desee, estamos reconociendo que por naturaleza es buena la libertad de cada uno; es decir, que existe un derecho natural anterior a que el sujeto lo construya o más bien lo descubra. Pero en este caso deberíamos educar para la libertad, impidiendo de algún modo que algunos falten a la libertad de los demás.


No es aceptable que toda educación sea manipulación o que la mejor educación sea la que no existe. Sin embargo, esta teoría tiene mucho de positivo, los aspectos positivos van a ser que el protagonista primero y último de la educación es uno mismo y por lo tanto todo individuo que la sienta como coercitiva, es muy difícil que esté justificada, aunque todos seamos de la misma especie y eso nos permite suponer que tenemos mucho en común, también debe de tenerse en cuenta de que cada uno es un mundo, en el que los demás tienen que entrar con respeto sin traer normas o estándares homogeneizadores que imponer. Si es verdad que tenemos una naturaleza que dejar aflorar eso, debe de hacerse sin violentarla. Nunca debemos creer que sabemos mejor que la naturaleza misma de convertirse  en qué es y en que debe de convertirse cada uno.
Educarse debe de ser un juego lo más libre posible, sin más fines que el mismo juego en el propio instante, si creemos que el individuo tiene una naturaleza libre capaz de sufrir y ser dañado y que le debe de ser respetada.


La segunda concepción es la de la emotividad o la capacidad de emocionarnos, si en algún momento de nuestras vidas perdemos la emotividad, perderíamos toda motivación para vivir.
Emotivismo y búsqueda de la felicidad, es la segunda corriente pedagógica o antropológica, la que afirma que nuestra esencia son los sentimientos. La finalidad última de la vida es la felicidad, al fin y al cabo una persona debería alcanzar un estado sentimental positivo y duradero en lo posible. La bondad de la vida se mide por la felicidad vivida. Los hedonistas antiguos como Aristipo y Epicuro y los sentimentalistas modermos como Hume o John Stuart Smill, representan esta concepción. Esto no hay que entenderlo como  la satisfacción de algo privado.
Los sentimentalistas consideran que tenemos un fuerte sentimiento empático que nos hace estar alegre cuando están alegres nuestros semejantes y sufrir cuando estos sufren. También tenemos sentimientos con el trato solidario hacia las personas, por ejemplo: sentimientos de injusticia cuando vemos un trato desigual.
John stuart Smill dijo: “prefiero ser un Sócrates satisfecho, que un cerdo insatisfecho”.
La diferencia entre satisfacciones no es meramente cuantitativa sino cualitativa. Hay sentimientos muy sublimes como los que provoca el arte, la ciencia, la moral o el sentimiento religioso. No se pueden poner en la misma balanza sentimientos como el hambre o la música de Bach o el sentimiento provocado por la contemplación de la injusticia. Tampoco hay que pensar que nuestros sentimientos sean diáfanos. Podemos confundirnos respecto a lo que nos hará realmente felices, podríamos no saber bien qué es lo que sentimos o no reconocerlo adecuadamente. Así hay lugar para una verdadera educación sentimental, pero lo que da valor a nuestras vidas y las valoraciones son en último extremo, los sentimientos. Nuestra inteligencia y nuestra voluntad están al servicio de nuestras emociones.
Las concepciones pedagógicas modernas, llamadas alternativas se inspiran en este tipo de antropología. Los sentimientos fueron olvidados durante mucho tiempo en la tradición pedagógica, que incluso llegó a decir que “la letra con sangre entra” y que “el dolor engrandece”.
Una filosofía sentimentalista tendrá que defender que el objetivo último y fundamental de la educación es conseguir personas felices que gestionan bien sus sentimientos en armonía con su entorno social y natural.
¿Qué contenidos y qué medios tendrá la educación?. En cuanto a los contenidos, todo es importante saberlo, pero cada cosa lo es en el sentido de diferente grado y modo según esté orientada a conseguir el objetivo último de la felicidad humana. Se nos debe instruir para realizar trabajos eficientemente o para apreciar el arte, en la medida en que nos conduzca a la felicidad individual y colectiva, no por el mero objetivo de producir o por algún otro fin por más sublime que parezca.
Una existencia infeliz nunca está justificada y la felicidad es como mínimo la prueba de que lo hemos hecho bien. Por eso el principal contenido de la educación debería ser la educación sentimental o emocional tan ausente en la mayoría de los sistemas educativos. Aprender a reconocer nuestros propios sentimientos y a gestionarlos adecuadamente, en eso consistiría el autoconocimiento.


El modo de realizar esta educación emocional está basado en el amor y el respeto por el sentimiento de los chicos o del educando, desde el primer momento de su existencia en el seno materno hasta el último día de su vida.
Solo mediante el respeto de los sentimientos podemos conseguir conducir a una persona a aquello que le conviene para vivir una vida buena y feliz. Podemos estar seguros de todo aquello que resulta más doloroso que satisfactorio es perjudicial y no supone una correcta educación. En ese camino hay que dar prioridad a la satisfacción que al dolor. Una administración bien medida de placeres y dolores, premios y castigos es la única manera de conducir a alguien hacia donde queremos que vaya, lo que se suele llamar inadecuadamente conductismo.
La educación no puede plantearse en términos de conducir a nadie a donde nosotros queremos, hay que señalar la simetría que existe entre satisfacción y dolor, entre premios y castigos.
Los filósofos y los psicólogos suelen coincidir en que el refuerzo de la conducta es mucho más útil que el negativo. Bajo castigos un sujeto actúa con miedo y desconfianza, eso no potencia sino que inhibe las capacidades. Bajo el estímulo positivo, en cambio, el sujeto se siente más seguro y saca lo mejor de sí. Por lo tanto, la educación debería consistir en hacer feliz al que va por el buen camino, que hacer mal al que se equivoca. No podemos forzar o violentar. Por lo tanto, un sentimentalismo optimista o positivo goza de mayor justificación que uno pesimista y negativo.
Filosóficamente se le pueden plantear ciertas objeciones a esta concepción sentimentalista porque hacer depender toda la conducta y todos los valores, lo bueno y malo, lo justo y lo injusto, del agrado o desagrado que nos puedan provocar por sublimes que estos sean: ¿No es adiestramiento más que educación? 
Así lo pensaba, por ejemplo, Kant. Las objeciones que pueden hacerse es que pueden entrar en conflicto nuestras expectativas de satisfacción, con nuestras creencias de lo que sería justo o correcto. En ese caso ¿habría que inclinarse por lo primero?
Ejemplo: una madre que ha sufrido mucho por la muerte de un hijo. ¿Podría extirparse de su cerebro toda la historia de su hijo o su sufrimiento? Otro ejemplo sería si una droga otorgara la felicidad permanente a nosotros ¿tomaríamos esta droga? Otro ejemplo seria que si un ejército enemigo nos pide que sacrificásemos a una persona inocente para salvarnos de la invasión ¿deberíamos hacerlo? ¿deberíamos satisfacer a todos o a la mayoría?
Hay cosas que no se pueden medir por la satisfacción que provoque o por lo que pudieran provocar. La verdad, la justicia no son negociables en términos emocionales. Llevar una vida auténtica o decente puede ser más importante que ser feliz, en el caso de que se diera este conflicto.
¿Por qué habría de ser más importante de respetar nuestros sentimientos que nuestras convicciones? Sacrificamos nuestros placeres por cosas que creemos necesarias y justas, no solo como un medio para conseguir mayor satisfacción, porque muchas veces no sabríamos si podríamos conseguirlas.
Los romanos decían: “hágase justicia y perezca el mundo”.
Los sentimientos son la causa o los efectos de lo valioso. ¿La equidad o la verdad son valiosas porque son satisfactorias o son satisfactorias porque son intrínsecamente valiosas? Los sentimientos son el síntoma que a compaña a ser justos y veraces.
Quizá tengamos que ir más allá de una educación sentimental, dando más peso a una educación moral y racional, sabiendo que estos aspectos están siempre interrelacionados.
Hay mucho de positivo y de necesario en estas pedagogías que rescatan y reivindican el respeto por los sentimientos, que han sido demonizados y despreciados a lo largo de la historia pseudo-racional, mística y represora. Los placeres son vistos como algo perverso por muchas concepciones religiosas, e incluso se elogia al dolor como prueba de espiritualidad y rechazo de este mundo, habiendo un pesimismo hacia la naturaleza humana que sigue haciendo daño a muchas instituciones, desde la cuna al trabajo pasando por la familia y la escuela. Es muy difícil justificar una vida humana insatisfactoria por mas virtuosa que se la suponga.
Los sentimientos siempre deben de ser tenidos en cuenta, e incluso es lo único con lo que contamos, como el médico ante los síntomas.
Ninguna educación que se base en el dolor y el miedo o que ignore los sentimientos es verdadera educación. Que los niños se aburran en la escuela o que le tengan miedo o le produzca stress, todo ello demuestra que hay fracaso en nuestro sistema de educación, tanto en la escuela como en la casa. Los sentimientos han sido las principales víctimas.


La tercera concepción antropológico pedagógica es la de la voluntad. La capacidad más autónoma para decidir nuestros actos. Esto no implica negar que los sentimientos o la razón tengan un fuerte peso en nuestras decisiones, pero al fin y al cabo, pese a todas las razones que nos pueda ofrecer nuestro entendimiento y frente a todas las motivaciones emocionales que tengamos, al fin hacemos lo que queremos, lo que nuestra voluntad
decide. Se puede dar un ejemplo del Monarca que es la voluntad que escucha a su consejero sabio y las motivaciones del otro consejero, las emociones y al final decide autónomamente lo que él quiere. Otro ejemplo sería que para dejar de fumar, no nos bastan todas las razones del mundo, ni siquiera todas las expectativas de sufrimiento que se nos puedan ofrecer, basta y sobra con que la voluntad haya tomado la firme decisión de hacerlo.
La tercera antropología se concentra en la fuerza de voluntad. Kant decía que “no hay nada bueno que una buena voluntad”. Openheimer veía todo como voluntad y su representación que es el mundo. Nietzsche decía que la esencia del mundo es voluntad de poder. Los teólogos del final de la edad media discutieron si la voluntad tenía la prioridad sobre el entendimiento o no. Aunque Santo Tomás de Aquino, se inclinó por la superioridad del intelecto, los teólogos y filósofos que desencadenaron el pensamiento de la edad moderna otorgaron la victoria a la voluntad. Dios es voluntad y no razón. La edad moderna es una edad voluntarista en el que muchas veces el hombre cree que no tiene que dar razón de sus deseos y de su elección vital. Pero ¿qué es lo correcto? Kant rechaza que lo correcto tenga que ver con la felicidad, la felicidad no pertenece a la ética sino a la psicología, es decir, que la felicidad no nos dice que debemos hacer. Lo correcto no consiste en conseguir la felicidad de uno, ni del mayor número e incluso de todos. Lo correcto consiste simplemente en respetar la ley que una conciencia moral tiene inscripta. No puedo querer para sí mismo algo que no quiera a la vez para cualquier ser racional que se encuentre en mi situación.
Kant llama a este principio: imperativo categórico o regla de oro en la tradición ética. No es lícito tratar a una persona como un mero medio, tan libre como soy yo tiene que poder serlo cualquier otro. Nadie puede justificar la más mínima injusticia. No merece vivir quien vive sobre injusticias.
Kant no busca el desprecio de la felicidad. La felicidad es un objetivo legítimo siempre que no entre en conflicto con el respeto de la ley moral. No aspiramos a ser felices, sino solo a merecerlo.
La pedagogía voluntarista  se pregunta ¿ cómo deberíamos educar a un hombre? Ahora no es lo más importante la educación emocional, sino la de la conciencia moral. No hay que fomentar que las cosas se haga por empatía, por miedo o cualquier otro sentimiento, sino por el deber mismo.
Kant sostiene que no se puede educar mediante premios y castigos, porque sería adiestrar a un ser servil, al contrario, a veces hay que enseñar a sobreponerse a los sentimientos por muy compasivos que sean sino responden a lo justo. Es cierto que tenemos sentimientos morales, como el sentimiento de respeto hacia lo justo o el de arrepentimiento por nuestra mala conducta. Hay que cultivar y alabar esos sentimientos, pero no puede creerse que esos sentimientos sean el origen de la moralidad. Ni educarse en el discurso de que tenemos que ser justos para satisfacer esos sentimientos. Entonces debemos preguntarnos: ¿si la conciencia moral ya la tenemos para que es necesario educarla?
A esta concepción se le puede hacer varias objeciones. Un emotivista dirá que la voluntad es siempre esclava de las pasiones, como decía Hume. Para un Socrático intelectualista moral lo que hay de incomprensible e incluso de inaceptable en el voluntarismo es que uno pueda elegir lo malo sabiendo de antemano que es lo bueno.
Las objeciones a la antropología y pedagogía voluntarista es que una persona puede elegir el mal sabiéndolo, cuando se elige lo injusto el sujeto sabe que debería querer lo contrario, esto es lo que hace que tenga sentido los conceptos de mérito y culpa. Somos culpables porque sabiendo que es bueno y que es malo, escogemos lo malo, y todos los juicios que hacemos de las personas, damos por supuesto que eligieron lo peor a sabiendas. ¿Por qué elige uno lo que sabe que es malo? Porque sale él beneficiado, porque es bueno para él, obtiene alguna utilidad o provecho. ¿Cómo puede hacer bien lo que en sí es malo? Si le hace bien a una persona, ¿por qué considerar que es malo y tener por bueno otra cosa? Si es verdad que nos perjudicamos al elegir lo injusto porque nos estamos condenando para siempre, o estamos degradando lo que es más valioso, lo que ocurre es que se padece ignorancia. Ignorancia en lo fundamental, nadie elige voluntariamente su ignorancia. Parece completamente irracional que sepamos lo que es bueno y elijamos lo malo. ¿ Es esto la libertad? ¿Será libre quien conoce lo verdaderamente bueno y tiene la fuerza suficiente para conseguirlo? Tal vez, tengamos que buscar otra explicación al mal, quizás en vez de culpa sea ignorancia.
El voluntarismo Kantiano, desde una visión optimista tiene grandes virtudes, en especial porque nos recuerda nuestra naturaleza moral, nuestro sentido de la justicia y dignidad inalienables. La persona no es negociable. La educación no debe consiste en un amaestramiento o adiestramiento emocional. No cualquier satisfacción es adecuada, sino aquellas que se apoyan en el sentido de la libertad y la justicia.


La cuarta concepción antropológica y pedagógica denominada Socrática o Socrático – Platónica. Es una concepción del hombre que coloca el núcleo de la personalidad en la razón, pero no como la razón que entiende la ciencia, la razón instrumental o calculadora, sino en el sentido de la capacidad de intuir o ver la esencia y el valor de las cosas, la razón como comprensión o gnosis. Todas las culturas cuentan con una corriente gnóstica, para la cual conceptos como pecado y culpa carecen de sentido, siendo sustituidos por los de error e ignorancia. Esto no quiere decir que se ignore el resto de capacidades o de facultades u otros aspectos de la psique, pero sí que se la subordina a la capacidad de comprensión. Podemos decir que queremos aquello que es bueno y disfrutamos con aquello que queremos. Lo que comprendo lo quiero. Lo que quiero me hace feliz. Verdad, bien y belleza están conectado y en ese orden. Los diferentes aspectos intelectivo, volitivo y emotivo es lo mismo.
Conócete a ti mismo.


Esta filosofía fue desarrollada por Sócrates y Platón. Socrates vivió y murió bajo la democracia ateniense. No escribió nada y apenas salió de Atenas. Tuvo fama de una persona honesta, incorruptible, sensible, sencillo,  austero, irónico y conversador. Su dedicación preferida era dialogar con sus discípulos en la plaza pública. En esta época los sabios sofistas educaban a cambio de dinero enseñando las técnicas del saber hablar y otros saberes. Sócrates a diferencia de los sofistas decía que él no sabía nada  y por lo tanto no podía enseñar a los demás. ¿Qué es lo más importante que tenemos que saber? Según Sócrates, qué somos y que nos corresponde. ¿Qué es el hombre? ¿Qué es lo bueno? ¿Qué es la virtud? Cómo vivir una vida buena y decente  Lo primero que debemos saber es qué somos. 



“Conócete a ti mismo”. Sócrates ante el jurado que lo condenó a muerte, insistió en que él sólo se dedicaba a buscar razones y al parecer decía ser experto en amor. Platón fue un brillante discípulo de Sócrates, quien traslado una visión del hombre interpretada a nuestra manera  y es: el hombre es un ser espiritual capaz de comprender, en cierto modo las ideas eternas, que son la esencia de las cosas. La realidad auténtica. La naturaleza material o corpórea del hombre no es más que una imagen de su esencia, inaccesible a los ojos de la carne. Pero el hombre en su caída, ignora su propia naturaleza y se identifica con un trozo de carne mortal, desatendiendo lo más importante que hay en él: la verdad y la justicia. 
El cochero del carro que es la inteligencia debe de conducir a los dos caballos el de la voluntad y el de los deseos. Pero el hombre por ignorancia se identifica con su peor parte: las pulsiones racionales y egoístas, y deja de gobernarse a sí mismo.
Para una visión intelectiva, la educación es una visión esencial de la vida, que se identifica con la vida misma. La educación es el proceso por el cual salimos de la ignorancia. Nos damos cuenta de que una vida sin reflexión es una vida ilusoria y buscamos en la medida de lo posible comprender nuestra naturaleza esencial y la del resto de las cosas. En ese camino las personas llegan a saber y ser quienes son.
La labor del educador consiste en ayudar a cada persona a que descubra ese conocimiento esencial que posee en sí mismo de manera innata. No se trata introducir en su mente vacía y por la fuerza cosas ajenas que no estaban, sino más bien limpiar de escorias una mente inconsciente de su propia sabiduría. Esto implica la necesidad de un diálogo amistoso o amoroso en el que el educando, que es el principal protagonista, tiene que estar comprendiendo la visión y su importancia vital y asintiendo cuando entiende o preguntando cuando duda. Solo bajo un estado de amor, de amor por el saber, puede haber verdadera educación. Y esto es así aunque sea un diálogo con uno mismo. Platón decía que pensar es dialogar con uno mismo. Ninguna educación mecánica, memorística, repetitiva puede enseñar nada. La educación debe apelar a la capacidad racional. El maestro preguntará mediante preguntas las insuficiencias de las creencias del alumno o de uno mismo y esto purificará a uno de su ignorancia. A partir de ahí podrá buscar el conocimiento auténtico mediante la dialéctica, es decir, el razonamiento acerca de las diversas opciones de respuestas. No se puede a nadie durante el proceso educativo culparle de su ignorancia, ni de su maldad, como tampoco alabarle por su sabiduría. Cada uno actúa según su mejor parecer y si alguien quiere cambiar sus actos, primero debe de cambiar sus convicciones. Si el alumno no disfruta con las enseñanzas del maestro, es porque no las entiende. Eso implica que el maestro no las presentó adecuadamente, tampoco puede ponerse el centro de la educación en los sentimientos intentando comprar la inteligencia, aunque hay que pensar que los sentimientos deben de estar en armonía con la razón. Esto se expresa en la tesis Socrático – Platónica optimista de que solo lo justo es feliz- es preferible sufrir daños a infringirlos, porque cuando te dañan tu dignidad queda intacta, pero cuando dañas es la mejor parte de ti la que sufre.
Las objeciones o críticas que se le hacen a esta concepción es poner el acento fundamentalmente en la capacidad racional que desestima las otras facultades de los otros aspectos psíquicos como la voluntad y las emociones.
Si solo hacemos lo que creemos correcto, entonces parece que no somos libres ni responsables de nuestros actos y para el sentido común las personas no actuamos así, sino que nos consideramos responsables y culpables por hacer el mal a sabiendas. Esta teoría choca con el sentido común. El Socrático contestará que una de las principales ignorancias consiste en que hacemos el mal a propósito. El arrepentimiento se da cuando comprendemos que no se debe hacer eso y no porque nos equivocamos. Esta es una moral muy difícil de aceptar porque habitualmente pensamos en términos de venganza, más que de razón y de justicia.
También podemos objetar al intelectualismo moral que depende de una metafísica muy discutible y muy poco aceptada, de la que existe una esencia inmaterial de las cosas y que nosotros podemos captarla.
Sin embargo, podemos compartir de la pedagogía Socrático - Platónica, sin compartir exactamente sus tesis metafísicas.
Esta concepción antropológica pedagógica que llamamos Socrático - Platónica, tiene  grandes virtudes. Desde esta visión se puede fundamentar una pedagogía que sea respetuosa con los alumnos y racional que ni amaestre bajo condicionamiento emocional, ni culpabilice, sino que valore todo el mal en la ignorancia y deposite toda su confianza en la educación.
No le des a la enseñanza una forma que les obligue a aprender por la fuerza, porque no hay ninguna disciplina que deba aprender el hombre libre por medio de la esclavitud. El alma no conserva ningún conocimiento que haya entrado en ella por la fuerza. No empleemos la fuerza para instruir a los niños, que se eduquen jugando y así podremos conocer mejor de qué está dotado mejor cada uno de ellos.
Hay dos caminos uno el de la del castigo y el otro camino llegó a la conclusión de que toda ignorancia es involuntaria y nada se querrá aprender sobre cualquier asunto quien crea que ya es sabio en eso. La educación del castigo conlleva muchos sufrimientos y da poco resultado.
Las cuatro concepciones filosóficas sobre ¿qué somos? y ¿por qué nos conviene educarnos? De las cuatro podemos extraer enseñanzas muy útiles si intentamos armonizar los matices más importantes de cada una.
La educación debe de servir para que el hombre tenga una vida auténtica, buena y feliz, y esto puede hacerse mediante una educación que trate al alumno como una persona basada en el respeto y no en una relación coercitiva o en una disciplina no deseada.

No puede educarse para la comprensión mediante la memorización mecánica.

No puede educarse para la libertad, mediante la esclavitud o la dominación.

No puede educarse para la felicidad mediante el miedo, el aburrimiento y el dolor.