viernes, 6 de septiembre de 2013

Leyendas y mitos romanos.



La ciudad más antigua, Roma, sitúa su fundación en el siglo VII a.C., pero al parecer la zona estaba habitada en los siglos X y IX, a.C. El valle del Tiber era un punto crucial para el comercio itálico, donde se había formado también un depósito de sal (sustancia valiosa en la Antigüedad), al que accedían los vecinos. A partir de los siglos X y IX, a.C. crecieron unas aldeas sobre las siete colinas de Roma (Quirinal, Viminal, Aventino, Celio, Esquilino, Capitolino y Palotino). Alrededor del siglo VIII, se unieron para formar una misma aglomeración urbana. Cuando la nueva ciudad fue dotada de murallas y se eligió un Rex, un Rey, Roma pasó a ser una ciudad.

Leyendas sobre el origen de Roma.


Las leyendas relativas al origen de la ciudad más importante del mundo antiguo fueron muchas, casi todas concuerdan en reconocer a Rómulo como el primer rey de Roma. No se sabe de quién era hijo, pero el mito más conocido cuenta que nació con su hermano Remo de la unión entre la sacerdotisa Rea Silvia y Marte, el dios itálico de la guerra. Cuando el rey de Alba, Amulio, que era tío de la muchacha, se dio cuenta de que la sobrina esperaba un hijo, temiendo que este pudiera luego derrocarlo, hizo encerrar a Rea Silvia en una torre y ordenó abandonar a los dos gemelos en una cesta en el Tiber.
En esa época el curso del río había crecido por las lluvias, y la corriente llevó a los dos gemelos hacia los montes. Cuando la cesta que contenía a los gemelos varó en las pendientes del Palatino, las ramas de una higuera protegieron a los gemelos de los rayos del sol, y una loba, que acababa de parir, los nutrió con su leche. Poco después los dos gemelos fueron socorridos por un pastor del rey llamado Fáustulo, que los crió en la colina Palatino junto a su mujer. Ya adultos, Rómulo y Remo se entregaron al bandolerismo, hasta el día que Remo fue arrestado y llevado ante el rey Amulio. Sólo en circunstancias de peligro, Fáustulo reveló finalmente al joven Rómulo su origen  y lo exhortó a presentarse en la corte, para salvar a su hermano, Rómulo se presipitó hacia el Alba al frente de un grupo de hombres; salvó a Remo, venció a Amulio y confirió el poder a su abuelo Numitor, padre de Rea Silvia.
Tiempo después, Rómulo decidió fundar con su hermano una ciudad, la futura Roma, pero justo  cuando estaba trazando los límites, mató a Remo y quedó como único Rey. No se sabe con certeza cuales fueron los límites o fronteras originales de la ciudad. Probablemente los primeros habitantes fueron bandidos, deudores, asesinos y esclavos, personas fugitivas de la justicia que no tenían nada que perder. La ciudad no podía crecer sin la presencia de mujeres de los pueblos vecinos, sobre todo las sabinas.  Con ese propósito organizó carreras de caballos que atrajeron a un gran público, permitiendo el rapto de las mujeres congregadas para asistir al espectáculo. Hubo una guerra sangrienta, en la que participaron dos pueblos vecinos que, guiados por los sabinos, trataron en vano de derrocar a Rómulo, quien finalmente dio la victoria a Roma.
Luego se selló un pacto de alianza entre las facciones, y el rey de los sabinos, Tito Tacio, permaneció asociado a Rómulo en el poder. Al poco tiempo el rey sabino murió y Rómulo quedó solo al mando de la ciudad, cuyo poder continuaba creciendo.
Rómulo reinó sobre Roma durante 30 años, transformándola en una ciudad poderosa. Un día mientras estaba pasando revista a las tropas, se desató un terrible temporal, acompañado por un eclipse de sol. En ese momento todo desapareció en la oscuridad, mientras un muro de agua se abatía sobre la tierra. Cuando finalmente cesó la tempestad, el rey había desaparecido y de nada sirvieron las búsquedas. Unos días más tarde, un hombre llamado Julio Próculo afirmó que había soñado con el rey. Este había que los dioses lo habían raptado y luego había subido al cielo como una divinidad, con el nombre de Quirino. Los historiadores de Roma no dieron crédito de esta versión y afirmaron que la leyenda de Julio Próculo había sido inventada por los senadores, culpables de haber asesinado a un rey que era muy popular.

Los niños abandonados.

Muchos relatos forman parte del patrimonio mítico de numerosas culturas, como el caso de las leyendas sobre niños abandonados: historias de recién nacidos, cuyas madres se vieron obligadas a abandonarlos, pero que tenían por delante un destino luminoso. Rea Silvia entregó a las aguas del Río Tiber a Rómulo y Remo, pues temía por sus vidas; en el mito griego, Edipo fue abandonado por el padre, a quien le había sido revelado que su hijo lo mataría; París Alejandro, hijo de  Príamo y seductor de Helena, fue abandonado por sus padres cuando supieron que el bebé sería la ruina de su pueblo; el pequeño Moisés, destinado a liberara a los hebreos de la esclavitud de los egipcios, fue dejado por su madre en una cesta entre los juncos y salvado por la hija del faraón que lo crió en la corte.

Los mitos del amor.

Los antiguos escritores latinos privilegiaban las historias gloriosas de héroes, pero también tenían inclinación por las leyendas que narraban los amores entre los mortales y las divinidades.

Amor y Psique.

El escritor latino Apuleyo narró una historia conmovedora, que tenía como protagonistas a un inmortal y a una bellísima mujer: Amor y Psique. Al parecer, Psique era tan bella que superaba en fascinación a la misma Venus. Por eso, la diosa del amor había enviado a su mensajero Amor (o Cupido) para que la hiciera enamorarse perdidamente de un ser humano feo y deforme, pero Amor se enamoró a su vez de la espléndida criatura. La llevó a un palacio maravilloso y comenzó a visitarla todas las noches, con la ayuda de las tinieblas, que ocultaban a los ojos de los mortales de Psique el cuerpo y el rostro de dios. Pero las hermanas de Psique, celosas. Le insinuaron la idea de que su amante era un monstruo, impulsándola a alumbrar la noche con una lámpara con el fin de ver su cuerpo. Cuando Psique levantó la lámpara y se dio cuenta de que compartía el sueño con un inmortal, una gota de aceite cayó sobre el muslo de Amor y lo despertó. El dios se enojó y decidió entonces expulsar a la muchacha de su palacio; Venus entonces la sometió a las pruebas más inhumanas, entre ellas la de bajar al reino de los muertos  para obtener de Perséfone, reina de los infiernos, un cofrecito que contenía la belleza. Psique realizó también ese viaje, pero no resistió y abrió ese cobre, que no guardaba la belleza sino el sueño mortal, el cual capturó de inmediato a la muchacha. Pero Amor se apiadó de la suerte de la muchacha y le pidió a Júpiter que le restituyera, para hacerla su esposa entre los inmortales: así fue, y Psique se convirtió en diosa.

Orfeo y Eurídice.

Orfeo era un poeta legendario; podía llegar a encantar a todos los que oían su poesía. Su esposa Eurídice, era una bella ninfa de los bosques, por quien el poeta sentía un amor apasionado. Un día, mientras Eurídice paseaba con sus amigas por una llanura de Tracia, fue observada por el pastor Aristeo, que la siguió. En un intento por huir, pisó una serpiente que le inyectó un veneno mortal. Eurídice se precipitó así en los Infiernos entre las sombras de los muertos, pero Orfeo no se resignó a su desaparición. Sus gritos de dolor alcanzaban llanuras y montañas, hasta que descendió a la ultratumba y oró a los dioses para que le devolvieran a su amada. Penetró entonces en las tinieblas, donde vivían los fantasmas de los difuntos. Allí su voz y su canto supieron consolar a las  almas de los muertos, llegando a encantar incluso a los dioses, que le concedieron su deseo. Solo pusieron una condición: Orfeo saldría primero y no tenía que mirar hacia atrás para controlar si Eurídice lo seguía. El poeta se alegró en lo más hondo de su corazón y se encaminó feliz hacia la luz del sol, pero cuando estaba por emerger de las profundidades de la Tierra, no resistió: se volvió, y un grito desgarrador sacudió las paredes de piedra, mientras la dulce Eurídice regresaba lentamente de las tinieblas. Toda plegaria resultó vana: había perdido a Eurídice para siempre.

El relato de Narciso.


Narciso era un joven de rara belleza al que, de pequeño, el adivino Tiresias había predicho que viviría mucho tiempo si no se conocía a sí mismo. Era tal su belleza que lo adoraban todas las jóvenes y las ninfas. Se enamoró de él sobre todo la ninfa Eco, pero Narciso la rechazó, llevándola a la desesperación. Las jóvenes y ninfas que sufrieron su desprecio pidieron ayuda a Némesis, la diosa de la venganza, quién prometió castigarlo por su soberbia. Cuando el joven se inclinó sobre las aguas límpidas de una fuente, vio su rostro reflejado en el espejo de agua y se enamoró de sí: no pudo alejarse más de la imagen reflejada, y fue consumiéndose poco a poco hasta morir. En las orillas de esa fuente creció una flor, llamada Narciso.