lunes, 15 de febrero de 2010

Evolución del Hombre. Historia de la Inmigración Italia. Trabajo en Construcción

PREFACIO

Genealogía proviene del latín y significa génea, generación y logos tratado, es decir la ciencia o el tratado que estudia la serie de progenitores y ascendientes de cada individuo. Estudia los antepasados de cada individuo y cuyo objetivo es el estudio de las raíces familiares en cuanto a la determinación de orígenes, legados y vinculaciones de parentesco.- Es una ciencia por la cual los antepasados viven gracias al interés que inspiran sus recuerdos; ancestros de ayer, de cientos de años atrás, de distintas procedencias; que nos llevan a la Europa Medieval, o quizá a otras culturas; personalidades fuertes y arriesgadas cuya sangre nos enorgullece y enriquece pues sigue viva en nosotros y seguirá viva en las generaciones futuras en la medida en que nos preocupemos por recopilar y transmitir ese importante legado histórico.
Las motivaciones que me llevaron a realizar esta investigación fue ese filosofar infantil que todos tenemos de empezar a preguntarnos ¿de dónde venimos?, ¿quienes somos?, ¿que función cumplimos en esta vida?, ¿quienes son nuestros progenitores? (generalmente alcanzamos a conocer a nuestros progenitores en línea ascendiente hasta el segundo grado, padres y abuelos, pero nunca más allá), ¿quienes fuimos en la vida anterior y quienes seremos en la próxima?. Todas estas preguntas o incógnitas están en cada ser humano, y tiene que ver con el filosofar de la vida. Desde pequeños permanentemente nos estamos preguntando: ¿y por qué?, que a veces a los adultos les resulta tan pesado o molesto porque no sabemos qué responder.
Creo, en mi inconsciente, sigue estando ese niño adentro, motivándome a investigar sobre mis antepasados; pero no resulta ser una tarea fácil, porque lamentablemente no contamos con fuentes de información suficiente. La mejor forma de recabar información, es a través de familiares longevos (padres, abuelos, tíos, tíos abuelos, etc), que cuentan con una rica fuente de sabiduría. Existen, además, fuentes escritas como los certificados de nacimientos, matrimonios y defunciones, en las Iglesias Católicas hasta 1898 y a partir de esa fecha los Registros Civiles. Todos estos documentos en algunas oportunidades resultan arduos de leer a causa de la antigüedad de los mismos y las muchas veces ilegibles escrituras de los sacerdotes registradores, dificultan la tarea investigativa. El factor tiempo, juega un papel preponderante para recolectar información, y muchas veces no se cuenta con las horas necesarias de dedicación. Tampoco deja rédito económico, sólo deja una recompensa interior afectiva de reencontrarse con nuestros antepasados. En el momento actual que vivimos, todo cuesta dinero y tiempo, desde una simple partida de nacimiento sacada del Registro Civil, como así también, los viajes a los diferentes lugares donde nuestros abuelos nacieron, se casaron o fallecieron. Pero a pesar de todo... ¡vale la pena!. Esto para mí resultó ser un entretenimiento, en cuanto tengo tiempo para investigar, agarro mi bicicleta, mis cosas y muchas veces pasan horas, sin darme cuenta, sentado frente a la pantalla de una microfilmadora , o de mi computadora conectada a Internet, tratando de encontrar algún apellido o dato acerca de mis ascendientes y es un legado que se deja a familiares y descendientes que tal vez le interese saber sus orígenes, pero que por diversas circunstancias no han podido hacerlo.
Vivir en Capital Federal, facilita la tarea de investigación porque Buenos Aires concentra toda información, debido a la diversidad de Bibliotecas (Nacional, del Congreso Nacional, de la Prensa, Dante Alighieri, etc.), además, existen Oficinas Públicas como Migraciones, Archivo General de la Nación, CEMLA , Prefectura Naval Argentina, Colegio Electoral, Ministerio del Interior, Embajada y Consulado de Italia . Estudiar derecho en la Universidad de Buenos Aires hizo factible adquirir conocimiento en Derecho Romano (la evolución del derecho de familia romano); Derecho comparado, Derecho de Familia y haber cursado materias de la Carrera de Sociología como Metodología de la Investigación social, Historia Antigua, Moderna y Contemporánea, Filosofía, etc., hizo todo esto posible.
Como descendiente de inmigrantes italianos, me interesé por averiguar cuales fueron las razones familiares, sociales, políticas y económicas de la inmigración italiana en la República Argentina, es decir, en un ámbito general u objetivo de este fenómeno inmigratorio, no desconociendo causales individuales motivadoras de la emigración a la Argentina que ocurrieron a partir del siglo pasado.
Cuando partí hacia Europa uno de los objetivos que me había propuesto era conocer Italia de punta a punta. Entré por primera vez por Menton-Ventimiglia (frontera Franco-italiana) Venía de un largo viaje de dos meses y medio, en bicicleta recorriendo la costa sur española y francesa. Fue un sueño hecho realidad por los maravillosos lugares que recorrí y conocí, porque a pesar de que viajar en bicicleta es un poco sacrificado (es necesario una preparación y entrenamiento físico y mental), te da la posibilidad de andar muy despacio, sin ruido de motores, detenerse en un lugar que gusta y hablar con la gente.
Cuando iba llegando a la frontera con Italia tuve muchas emociones y una de ellas era de regresar al lugar que mucho tiempo antes había vivido (a través de mis antepasados).
Previamente había pasado por el Estrecho de Gibraltar (el lugar más cercano entre el continente Africano y Europeo) pudiéndose avistar la costa africana. Es el paso obligado de todos los barcos que partían de los puertos europeos del mar mediterráneo hacia el océano atlántico con destino a América. Aquí también imaginé ver pasar el Nordamérica (barco que trajo a América a mi abuelo Matteo Boscoscuro) y el Matteo Bruzzo (transportó a mi abuelo Ángelo Colombassi). Percibir el agotador viaje hacia Argentina y ¿cuántas cosas pasarían por sus cabezas, sus tristezas de dejar sus familias, sus afectos en Italia y cuales eran las expectativas que tendrían de venir hacia la Argentina?. ¿Cuánto de locura? ¿Cuánto de aventura? ¿Cuánto de necesidad? ¿Cuántas cosas?...¿nó?
Al estar llegando a esa frontera era como que regresaba junto a mis abuelos, les estaba haciendo realidad ese deseo que nunca habían podido concretar porque la muerte los sorprendió en Argentina. Era parte de esos deseos, de esa historia, de esos deseos no cumplidos, de muchas cosas que pasaban por mi cabeza en ese momento y también por la cabeza de mis abuelos que trataba de interpretar.
Cuando llegué al cruce fronterizo me emocioné muchísimo, sentí la sensación de estar tocando el cielo con las manos. Había cumplido mi sueño y sentí haber entrado a mi país, a mi casa, todo me pareció conocido, era volver a hablar el idioma que estaba metido en mi inconsciente colectivo. Era escuchar a mi madre que cuando era chico me hablaba algunas palabras en italiano que le había transmitido su abuelo. Era ingresar al desorden al cual estamos acostumbrados los argentinos porque culturalmente lo heredamos de los italianos. Era encontrar carteles de negocios con apellidos conocidos en Salto como Bernasconi, o pueblitos como Noli, Romano, Lavagna, Chiari, etc., era como estar en Salto, en Argentina, como en mi casa.
A medida que lo fui recorriendo llegué a la conclusión de que somos los argentinos una parte de Italia, de España, somos iguales, las costumbres, las tradiciones, la religión, la idiosincrasia, los defectos, las manías, la forma de pensar y de sentir emocionalmente las cosas. Somos latinos y nuestros sentimientos son muy emotivos, somos un montón de nervios acumulados, somos gritones, afectuosos, cascarrabias, de vivir intensamente la vida, de vinculo familiar fuerte (esa cosa de la parentela), de creernos piolas, de saberla toda, muy gestuales, de no esconder nada, de largar todas esas cosas que sentimos por adentro, de amar y odiar al mismo tiempo. Cuando conocí Nápoles, Sicilia, Calabria no encontré diferencias entre un porteño de Buenos Aires y un Napolitano, Calabrés o Siciliano, son la misma cosa, la forma de expresarse, el tono de voz canchero. Es algo inolvidable, estar en Italia es estar en Argentina, culturalmente somos parte de ese Milano, de esa Roma, de esa Nápoles, de ese Palermo, de esa Génova, de esa Venecia, de esa Florencia. Por supuesto, que hago referencia sólo a la cultura, porque después nos diferenciamos en otras cosas como: Argentina desde el punto de vista geográfico, de estar en América es maravillosamente mucho mas bella, tiene unos paisajes naturales que creo que en ninguna parte del mundo se encuentran, solo aquí, somos un país privilegiado de tener un territorio extenso, de tener paisajes naturales que son maravillas en el mundo, reconocidos por la UN como “Patrimonio Universal de la Humanidad, y como ejemplo puedo nombrar dos lugares que tengo el orgullo de haber conocido: “ Los Hielos Continentales” y “Parque Ischigualasto o Valle de la Luna”, declarado Parque Nacional y Patrimonio Universal de la Humanidad este año 2000. etc.
Para ir finalizando, les quiero decir que esta idea de investigar la inmigración italiana surgió hace mucho tiempo, pero empecé a escribir el día 5 de agosto de 1997, han pasado tres años ya y todavía está en veremos, porque cada vez que lo leo se me ocurren cosas nuevas o lo voy modificando, no es fácil, porque los dichos deben de ser veraces y trato de verificar las fuentes, datos, pero de a poco se va terminando, fue una experiencia muy linda. Primero quiero empezar por una breve introducción de nuestro inicio como raza humana, cuanto tiempo tenemos de existencia en esta tierra. Trato de brindar una información antropológica amplia del origen del hombre, cómo fue evolucionando social y culturalmente. También un poco del desarrollo de la historia antigua para dar un salto brusco y llegar hacia el siglo XIX que da nacimiento a la inmigración italiana en la argentina desarrollando cuáles fueron sus causas políticas, económicas, sociales, culturales para la emigración de grandes masas y contingentes de europeos que venían a “hacer la América”, a este continente con tanto territorio y tan rico en recursos naturales.
Seguramente faltará agregar muchos datos e información que los iré desarrollando a medida que los vaya encontrando porque pienso que este humilde compendio culminará junto a la existencia de mi vida que algún día llegará; pero mi intención es dejar a las generaciones venideras de familiares más jóvenes y que vendrán, una breve síntesis de sus orígenes familiares para que puedan conocer su propia identidad.

INTRODUCCIÓN

EL ORIGEN DEL HOMBRE

Cuando uno se pone a divagar sobre el pasado o pensar sobre la historia de la humanidad, los cristianos creemos que la vida del hombre comienza en 0 de la Era Cristiana, porque lo relacionamos con el año en que estamos viviendo 2000. También para los musulmanes en su calendario es el año 1379, o el año de los judíos es 5762, o el de los mayas 5114. Sin embargo, la vida del hombre tiene millones y miles de millones de años, siglos, que prácticamente resulta incalculable, que muchas veces la mente humana no ha llegado a procesar y la ciencia aún hoy sigue investigando y recolectando datos para vislumbrar cronológicamente cuando comienza la vida del hombre en este planeta tierra.
Según la ciencia antropológica, la existencia del hombre comienza aproximadamente en el año 11.000 a 9.000 a. C., con la aparición de la escritura jeroglífica, que marca el nacimiento del período de la civilización -así lo denominan los evolucionistas que dividen la historia de la humanidad en tres períodos Salvajismo-Barbarie-Civilización-; pero la prehistoria, es decir la etapa anterior a la historia, finaliza en la misma época en que comienza la historia, desconociéndose su origen, que lo podríamos calcular aproximadamente 60.000.000 a 45.000.000 años, de acuerdo a presunciones realizadas por medio de científicos paleontólogos, biólogos, antropólogos, etc., que iniciaron a través del hallazgo de rocas, utensillos y restos fósiles prehistóricos que fueron y ciertamente analizados.
El primer antepasado humano, o el más antiguo antecesor de todos, encontrado hasta este momento es el Ramapithecus, que tiene aproximadamente de doce a nueve millones de años aproximadamente, el Ramapithecus no era una criatura confinada: vivía en lo que ahora es África, Asia y Europa, aparentemente el Ramapithecus se diversificó dé forma que diese origen a los miembros de la familia homínida.
Desde los nueve millones de años hasta los cinco a cuatro millones de años, hay un vacío fósil, no hay nada lo bastante semejante a fósiles homínidos. Recién entre el período que va entre los 3 y 4 millones de años aproximadamente vivía ya otro género de homínidos denominados como el Austrolapithecus Africanus en primer lugar de aparición y en segundo el Australopithecus Robustus o Boisei, estos austrolopitecinos caminaban habitualmente en posición erguida, y no existe ninguna prueba que avale la sugerencia de que marchasen de vez en cuando en cuatro patas, al modo como lo hacen los gorilas; eran también fabricantes de utensillos de un tipo determinado, creando la clase de culturas de la piedra que sabemos existieron hace dos millones de años. Junto a estas dos categorías de antepasados humanos, aparece otro género, dividido en cuatro clases. El primero de ellos es el Homo Habilis, que era evidente que por su tamaño y forma se trataba de un homínido muy avanzado, que había vivido en éste período y era uno de los primeros miembros del linaje humano y era contemporáneo a los australopitecinos. El hallazgo de los restos fósiles del Homo Hábilis confirmó que puesto que la historia del Homo se retrotrae tanto, esto significa que estos individuos vivían en la misma época que algunos de los primeros australopitecinos, siendo, pues, improbable que nuestros directos antecesores fueran descendientes evolutivos de los austropitecinos: primos, sí; pero descendientes nó. Hasta aquél momento, los que se afanaban en este campo creían que, aún cuando el robusto Australopithecus podría ser una ramificación de la senda principal de la evolución humana, su primo más liviano, el Australopithecus Africanus, marchaba ciertamente por la ruta principal, para terminar dando origen al linaje homo.
Con esta nueva teoría de los orígenes del hombre es posible predecir que la teoría consiste en que hace unos cinco o seis millones de años el Ramapithecus súbitamente se diversificó en varios linajes diferentes, debido probablemente a que cambios climatológicos u otras alteraciones ambientales formaron nuevos hábitat para su exploración.
La segunda clase de homos es el Homo Erectus, que se supone vivió alrededor del millón y medio millón de años a. c., éste había adquirido la posición erecta del homínido, es decir caminaba en dos patas, mejorando y desarrollando el sentido de la vista lo cual le permitió caminar largas distancias e incorporar en su dieta porciones muchos mayores de carnes, ya que, nuestros antecesores aprendieron muy probablemente numerosas técnicas de caza, y ocasionalmente las emplearon para abatir animales muy grandes. Algunos científicos sostienen que los aspectos sociales y psicológicos de la caza organizada fueron los primitivos motores de la evolución humana. Aunque estos factores desempeñaron ciertamente un papel importante en el proceso de moldear a la humanidad, se juzgan secundarios con respecto al primer móvil de nuestra emergencia de un tronco homínido más primitivo, a saber, la práctica de compartir los alimentos dentro de unos grupos sociales organizado. Fue el legado biológico de una economía basada en el reparto de los alimentos y en la organización social lo que equipó a nuestros antecesores hace un millón y medio de años aproximadamente, para el viaje a Europa y Asia.
África fue la cuna de la Humanidad. Cuando el Homo Erectus apareció, nuestros antepasados estaban equipados para explorar el resto del mundo.
Las bandas de nuestros antecesores, Homo Erectus, que hace un millón de años, aproximadamente, se abrieron paso a través de la angosta franja de árida tierra que une el continente africano con Asia eran la vanguardia del definitivo dominio de la humanidad sobre la tierra.
La propagación del Homo Erectus por los continentes nórdicos fue consecuencia ineludible del ímpetu evolutivo, de una organización social y de comportamiento basada en el único rasgo humano del reparto de alimentos. Esta gente estaba ya mental y tecnológicamente preparadas para enfrentarse con cualquier reto que pudiera lanzarles su mundo. Y ¿Quién puede negar que, en aquél entonces, ya se había encendido en la mente humana un espíritu de aventura, una genuina curiosidad por el mundo que los rodeaba?. Este nuevo y emergente factor de humanidad debió de combinarse con la búsqueda constante de nuevas fuentes de alimentación para producir una explotación moderada y sin prisas de nuevas tierras. Ciertamente, no hubo ningún cambio climatológico que atrajese hacia el norte a las poblaciones ancestrales. En realidad, el mundo estaba experimentando entonces uno de los períodos más turbulentos de su historia climatológica, caracterizado por frecuentes avances y retrocesos de la gran extensión de hielo nórdico. Las bandas de Homo Erectus aprovecharon, indudablemente, cualquier oportunidad favorable que les ofrecía el entorno, pero la razón fundamental de su éxito como trotamundos estaba en ellos mismos.
El Homo Erectus era especial. Después de todo las fuerzas evolutivas lo estaban empujando rápidamente hacia esa notable estructura que está en cabeza de todos nosotros: El cerebro del Homo Sapiens Sapiens. Pero, aún cuando nuestros antepasados, al observar en las diversas estaciones la llegada y la partida de grandes de bandadas de aves migratorias, debieron de preguntarse de donde venían y adonde iban, y especularían respecto a qué habría al otro lado de las lejanas montañas, casi con toda seguridad no se embarcaron en grandes expediciones migratorias. Bien pudieron escalar las distantes montañas para satisfacer su curiosidad, y, quizá gustándoles lo que vieron, establecieron allí su nuevo campamento. Sin embargo, su emigración, como tal, fue un asunto despacioso, y las poblaciones no se desplazaron más de unas decenas de kilómetros en una generación.
Entre la época en que nació el linaje Homo junto con sus primos austropitecinos en África, hace cinco o seis millones de años, y el momento en que, por las razones que fuera, bandas de Homo Erectus empezaron a extenderse por el resto del mundo, la Prehistoria humana ha sido una cuestión de fuerzas evolutivas que han dado forma y moldeado a la estructura física de las criaturas prehumanas. A partir de hace un millón de años, y particularmente en lo que concierne a los últimos trescientos mil años, el centro del interés cambia: ahora solamente atrae la atención la cabeza.
La tercera clasificación que se hace de los Homínidos es el Homo Sapiens que se caracterizó por la elevación del cráneo en forma más grande, la reducción del tamaño de los molares y el avance de la mandíbula son básicamente los rasgos concretos a que se reduce esta última e importante de la evolución humana. Tal es la transición del Homo Erectus a través del Homo Sapiens, hasta desembocar en el ser humano plenamente moderno: el Homo Sapiens Sapiens (cuarta clasificación. El tamaño del cerebro en las poblaciones Erectus, en el curso del tiempo, abarca desde unos 775 cm3 hasta 1.300 cm3. Comparándose esto con la variación en los seres humanos modernos, que va desde 1.000 hasta 2.000 cm3, con un promedio de unos 1.400 cm3. Por consiguiente, algunos individuos Homo Erectus tenían un cerebro más grande que algunas personas vivas actualmente. Sin embargo, el tamaño total del cerebro no es absolutamente importante en función de la inteligencia. Personas que tienen una cabeza más voluminosa no son necesariamente más inteligentes ni poseen recursos intelectuales que otras con la cabeza más pequeña. Una tendencia permanente en la evolución ha sido, ciertamente, el aumento del tamaño del cerebro; pero otra cosa igualmente importante es la reorganización interna que hizo posible nuevos y mejores centros cerebrales y redes nerviosas. Aquí está la clave de las fases finales de nuestra evolución.
Aplicando una escala cronológicamente aproximativa, podemos decir que el paso del Erectus al Sapiens se dio hace alrededor de medio millón de años, y el muy refinado Homo Sapiens, hace quizá cincuenta mil años. Estas transiciones debieron de ocurrir no solo una vez, a través de una especie de predestinación omnisciente, sino muchas veces y en muchos lugares, según el ímpetu evolutivo empujaba al Erectus hacia el Sapiens de un modo biológicamente imparable. Desde luego que, en el proceso de desarrollo evolutivo, algunas poblaciones aisladas de Homo Erectus debieron de quedarse rezagadas. Y, de vez en cuando, también algunas poblaciones Sapiens parece ser que se desviaron por aciagos caminos evolutivos de los cuales no pudieron retroceder; el achaparrado y adaptado al hielo del tipo Neanderthal llamado Homo Sapiens Neardenthalensis, de Europa occidental.
Nuestros antepasados en Europa, Asia y África representaron un patrimonio de genes humanos que, reunidos y vueltos a reunir en combinaciones cada vez mejores, terminarían por producir a la Humanidad que hoy conocemos. El paso del desarrollo humano, tanto biológico como cultural, en el curso de estas últimas fases de la evolución humana, es vertiginoso comparado con el avance relativamente sosegado de los tres a cuatro millones anteriores. Y no cabe duda de que el más tajante y espectacular cambio de velocidad en el progreso de nuestros antepasados por el camino de la evolución humana fue la invención de la agricultura hace diez mil años. Aquel cambio de una existencia esencialmente móvil, dedicada a la caza y a la recolección, a una economía agrícola esencialmente sedentaria, destruyó el modo de vida que había surgido tres millones de años antes, por lo menos, y fue responsable de la creación de las bases de la Humanidad tal y como hoy las conocemos.
La invención de la agricultura fue, el acontecimiento más importante de la historia de la Humanidad.
Cuando el Homo Erectus emprendió desde África el camino que terminaría por desembocar en la revolución agrícola, lo hizo para penetrar en un mundo desprovisto de otros homínidos desarrollados.
No hay respuesta válida para la pregunta de por qué el Ramapithecus dio origen al Homo y a los australopitecinos en África, aparentemente alguna clase de cambio ecológico ofreció nuevas áreas ecológicas que fueron descubiertas por criaturas semejantes a los homínidos. Se puede pensar que las condiciones ecológicas que se ofrecieron en África no surgieron en otras partes, y que ello tiene algo que ver con el equilibrio entre la selva y la sábana: la merma de selvas en África, abriendo mayores zonas de bosque abierto y sabana herbácea, puede haber sido el condicionante necesario para propiciar el surgimiento de una nueva familia homínida; y posiblemente este mismo cambio no se produjo, en la misma extensión, en Asia y Europa, continente igualmente poblados por el Ramapithecus.
Otros de los hechos significativos en la evolución de la Humanidad fue, sin lugar a dudas, la capacidad de transportar alimentos que eran esenciales para la economía mixta de caza y recolección centrada en una base hogareña. Viene desde el agua. Los animales dependen en grado sumo del agua, y los homínidos dependen aún más que la mayoría de ellos. Pero empleando grandes cascarones de huevos, calabazas o simplemente llevando consigo un suculento melón, podían aumentar considerablemente el radio de acción de la caza y la recolección. El agua transportable puede haber sido también un importante factor en la emigración paso a paso a través de la árida franja terrestre que une África con Asia.
El tercero de los elementos transportables es el fuego, un fenómeno casi mágico. Su sensual fascinación la experimenta la gente en el mundo entero, que debió de ser particularmente importante cuando nuestros antepasados lucharon contra los climas más fríos del norte de Europa. Finalmente tenemos la capacidad para transportar la experiencia misma, de individuo a individuo y de generación en generación.
El cuarto de los elementos fundamentales en la transición de Homo Erectus a Homo Sapiens Sapiens fue sin dudas el lenguaje que sirvió para entrelazar las estructuras sociales y culturales de las poblaciones que se mezclaban.
La independencia que posibilitaron estos cuatro elementos transportables es la clave de la notable emigración de nuestros antecesores desde el África tropical hasta los continentes flanqueados de nieve de Europa y Asia.
El Hombre de Neardenthal se ha fijado en la mente de nosotros como el arquetipo del antecesor humano.
Los Neardenthales llevaron una existencia compleja, razonable y sensible, sobreviviendo en las condiciones extremadamente duras de una Europa invadida por el hielo. Pero también podemos estar seguros de que aquellas gentes no fueron antecesores directos de los modernos seres humanos. El patrimonio genético que terminaría por producir al hombre moderno produjo así mismo al pueblo de Neanderthal. Especialistas en vérselas con el frío sucumbieron finalmente ante la trampa evolutiva de especializarse demasiado. Cuando los glaciares empezaron a retroceder al término de la última glaciación estas gentes estaban demasiado aferradas a sus modos de vivir, tanto desde el punto de vista biológico como de comportamiento, para adaptarse a los tiempos más cálidos que se avecinaban. Aquél clima más cálido habla de explotarlo de manera más eficaz el tronco humano no más general que finalmente emergió como Homo Sapiens Sapiens.
Cuando las poblaciones de Neanderthal se eclipsaron hace unos treinta mil años, ya llevaban establecidos firmemente seres humanos verdaderamente modernos desde hacia vente mil años, por lo menos, pero no existe ninguna prueba convincente para sugerir que oleadas de hombres modernos arrasaron el territorio de Neanderthal, violando, pillando y asesinando todo lo que encontraban a su paso. Bolsas de Neanderthales, biológicamente muy adentradas en un callejón sin salida evolutivo, habrían permanecido separados de los recién llegados hasta que se extinguieron en la competencia económica. Pero otros genéticamente menos distantes de las poblaciones Sapiens en desarrollo pudieron ser absorbidos por entrecruzamiento.
Durante las Edades de Hielo, ya existían varias especies de hombres contemporáneos del mamut: ellos cazaron estas bestias y dibujaron sus imágenes en las cavernas. Pero no heredaron abrigos de pieles, ni desarrollaron cosa alguna semejante para hacer frente a la crisis; algunos de los pobladores humanos de Europa, durante la Edad de Hielo, pasarían actualmente inadvertidos dentro de una muchedumbre. En lugar de someterse a los lentos cambios físicos que acabaron por hacer capaces a los mamuts de resistir el frío, nuestros ancestros descubrieron la manera de controlar el fuego de modo de hacer abrigos de pieles. Así fueron capaces de enfrentarse al frío con tan buenos resultados como los mamuts.
Desde luego, mientras las crías de mamut nacían con la tendencia a tener un abrigo de pelo, y éste crecía ineludiblemente al mismo tiempo que la cría, las crías del hombre no nacían ya afectas al fuego o la hechura de abrigos a su progenie, por herencia. Cada generación de hombres, en cambio, tenía que aprender por entero el arte de mantener el fuego, lo mismo que el de hacer abrigos, desde sus rudimentos mismos. El arte era transmitido de padres a hijos, sólo por medio de la enseñanza y el ejemplo. Se trataba de una “característica adquirida”; y, de acuerdo con los zoólogos, las características adquiridas no son hereditarias. Un niño, por sí solo, el día de su nacimiento es tan afecto al fuego como lo era el hombre hace medio millón de años, cuando comenzó a alimentar las llamas, en vez de huir de ellas como hacían las otras bestias.
La especie Homo Sapiens fue capaz de sobrevivir en el mismo medio ambiente, mejorando su cultura material. Tanto la evolución como el cambio cultural, pueden ser consideradas como adaptaciones al medio ambiente. Desde luego, el medio ambiente significa el conjunto de la situación en la cual tiene que vivir una criatura: no abarca únicamente el clima (calor, frío, humedad, vientos) y las características fisiológicas, como las montañas, mares, ríos y pantanos, sino también factores tales como la provisión de alimentos, enemigos animales y, en el caso del hombre, aún las tradiciones, costumbres y leyes sociales, la posición económica y las creencias religiosas.
Tanto el hombre como el mamut, se adaptaron con éxito al medio ambiente de las Edades de Hielo. Ambos florecieron y se multiplicaron en esas condiciones climáticas peculiares. No obstante, su historia diverge al final. El hombre ha sobrevivido. El mamut se había adaptado demasiado bien a un conjunto de condiciones en particular; estaba especializado en exceso. Cuando, con la aparición de condiciones más cálidas, los bosques cubrieron las extensas tundras en las cuales había vagado el mamut, y la vegetación templada substituyó a la desmedrada vegetación ártica por la cual ramoneaba el mamut, entonces, la bestia se encontró desvalida. Todos los caracteres corpóreos que lo habían capacitado para prosperar en las Edades de Hielo -abrigo en el pelo, el aparato digestivo adaptado para alimentarse con musgo y sauces enanos, las pezuñas y la trompa constituidas para osar en la nieve-, se convirtieron en otras tantas desventajas, dentro de los climas destemplados. El hombre, por su parte, se encontraba en libertad de abandonar su abrigo, si sentía demasiado calor, de inventar otras herramientas y de optar por la carne de vaca, en lugar de la de mamut.
A la larga, la adaptación exclusiva a un medio ambiente peculiar no resulta provechosa. Ella impone restricciones rigurosas y tal vez sean fatales, a las posibilidades de vivir y de multiplicarse. Dentro de una perspectiva amplia, lo que es más ventajoso es la capacidad de adaptarse a las circunstancias cambiantes. Tal adaptabilidad obliga al desarrollo de un sistema nervioso y, por último, de un cerebro.
El hombre no se encuentra, en la actualidad -y al parecer, tampoco lo estaba desde su primera aparición sobre la tierra-, adecuadamente adaptado para sobrevivir en un medio ambiente particular cualquiera. Sus defensas corpóreas para enfrentarse a un conjunto específico de condiciones cualesquiera, son inferiores a las que poseen la mayor parte de los animales. El hombre no tiene, y posiblemente nunca tuvo, un abrigo de piel semejante a la del oso polar, para conservar su calor de su cuerpo en un ambiente frío. Su cuerpo no está bien adaptado, particularmente, para la huida, la defensa propia o la cacería. No tiene, por ejemplo, una excepcional ligereza de pies, y sería dejado atrás, en una carrera, por una liebre o por un avestruz. No tiene un color que lo proteja, como el tigre o el leopardo moteado; ni una armadura corpórea, como la tortuga o el cangrejo. Tampoco posee alas para escapar y contar con ventaja para acechar y atrapar su presa. Carece de pico y de las garras del halcón, lo mismo que su vista penetrante. Para coger su presa y para defenderse, su fuerza muscular, su dentadura y sus uñas, son incomparablemente inferiores a las del tigre.
En su historia evolutiva relativamente corta, el hombre no ha mejorado sus aprestos hereditarios por cambios corpóreos que pueden descubrirse en su esqueleto. No obstante lo cual, ha sido capaz de a una variedad de ambientes mayor que casi todas las otras criaturas, de multiplicarse con más rapidez que cualquier otro de sus parientes entre los mamíferos superiores, y de vencer al oso polar, a la liebre, al halcón o al tigre, en sus habilidades específicas. Por medio de su control del fuego y de su habilidad de hacerse vestidos y habitaciones, el hombre puede, y de hecho lo realiza, vivir y prosperar desde los polos ártico o antártico hasta en el ecuador. Con los trenes y automóviles que construye, el hombre puede aventajar a una liebre o avestruz. En los aeroplanos, el hombre puede subir más alto que el águila y, con los telescopios, puede ver más lejos que el halcón. Con las armas de fuego, puede abatir animales a los que el tigre no se atreve a atacar.
Como sabemos el fuego, los vestidos, las casas, los trenes, los aeroplanos y las armas no son parte del cuerpo humano. El hombre puede cogerlos y dejarlos a voluntad. No son hereditarios en el sentido biológico, sino que la habilidad necesaria para producirlos y utilizarlos, forma parte de nuestra herencia social, siendo resultado de una tradición acumulada por muchas generaciones y que no se transmite por sangre, sino a través de la palabra hablada y escrita.
El hombre está dotado por la naturaleza de un cerebro grande en comparación con su cuerpo, y esta dote es la condición que habilita al hombre para hacer su propia cultura.
El mismo Darwin tenía perfecta conciencia del hecho de que el hombre se caracterizaba no sólo por sus atributos específicos físicos sino también por otros específicos psíquicos. Los más importantes que menciona son:

• En proporción con la inteligencia superior, el comportamiento del hombre es más flexible, menos reflejo o instintivo.
• El hombre comparte factores complejos como la curiosidad, la imitación, la atención, la memoria y la imaginación con otros animales relativamente adelantados, pero los tiene en grado superior y los aplica de modos más complicados.
• Más que otros animales por lo menos, el hombre razona y mejora la índole adaptativa de su comportamiento por modos racionales.
• El hombre tiene conciencia de sí mismo y reflexiona acerca de su pasado, su futuro, la vida y la muerte, y así sucesivamente.
• El hombre es un animal cultural y social y ha creado culturas y sociedades únicas en su género y su complejidad.

ESTADIOS PREHISTÓRICOS DE CULTURA

Vemos entonces que el hombre es un animal social, con un cierto grado de desarrollo cultural en constante evolución; con lo cual Morgan fue el primero que con conocimiento de causa trató de introducir un orden preciso en la prehistoria de la humanidad. Divide tres épocas principales: Salvajismo, Barbarie y Civilización; y subdivide a cada Nación de estas épocas en estadios inferiores, medio y superior.
Salvajismo. Estadio inferior. Los hombres permanecían aún en los bosques tropicales y subtropicales y vivían, por lo menos, parcialmente en los árboles; ésta es la única explicación de que pudieran continuar existiendo entre las grandes fieras salvajes. Los frutos, las nueces y las raíces servían de alimento; el principal progreso es la formación del lenguaje articulado.
Estadio medio. Comienza con el empleo del pescado (crustáceos, moluscos, etc.) como alimento y con el uso del fuego. Ambos fenómenos van juntos, el pescado puede ser empleado plenamente como alimento gracias al fuego. Con este alimento los hombres se hicieron independientes al clima y de los lugares; siguiendo el curso de los ríos y las costas de los mares pudieron, aún en estado salvaje, extenderse por la mayor parte de la tierra. Los toscos instrumentos de piedra sin pulimentar de la primitiva Edad de Piedra, conocidos con el nombre de paleolítico, pertenecen todos o la mayoría a éste período y se encuentra desparramados por todos los continentes, siendo una prueba de esas emigraciones. La población de nuevos lugares y los nuevos descubrimientos, vinculados a la posesión del fuego, que se obtenía por frotamiento, condujeron al empleo, de nuevos alimentos, como las raíces y los tubérculos cocidos en la ceniza caliente o en hornos excavados en la tierra, y también la caza, que con la invención de las primeras armas - la maza y la lanza-, llegó a ser un alimento suplementario ocasional.
Estadio Superior. Comienza con la invención del arco y la flecha, gracias a los cuales llega la caza a ser un alimento regular, y el cazar, un de las ocupaciones normales. El arco, la cuerda y la flecha forman ya un instrumento muy complejo, cuya invención supone larga experiencia acumulada y facultades mentales desarrolladas. Encontramos ya algunos indicios de residencia en aldeas. El fuego y el haya de piedra produjeron la piragua formada de un solo tronco de árbol.
La barbarie. Estadio inferior. Empieza con la introducción de la alfarería, nació de la costumbre de recubrir con arcilla las vasijas de cestería o de madera para hacerlas refractarias al fuego. El rasgo característico del período de la barbarie es la domesticación y cría de animales y el cultivo de plantas.
Estadio medio. Comienza con la domesticación de animales y con el cultivo de hortalizas por medio de riego y con el empleo de adobes y de la piedra para la construcción.
La formación de rebaños llevó, en los lugares adecuados, a la vida pastoril; los semitas, en las praderas del Éufrates y del Tigris; los arios, en las de la India, del Oxus y el Jaxartes, del Don y el Dniéper.
Quizá la evolución superior de los arios y los semitas se deba a la abundancia de carne y de leche en su alimentación y, particularmente, a la benéfica influencia de estos alimentos, y particularmente y, particularmente, a la benéfica influencia de estos alimentos en el desarrollo de los niños.
En este estadio, desaparece poco a poco la antropofagia, que ya no sobrevive sino como un rito religioso.
Estadio Superior. Comienza con la fundición del mineral de hierro, y pasa al estadio de la civilización con el invento de la escritura alfabética y su empleo para la notación literaria. A este estadio pertenecen los griegos de la época heroica, las tribus itálas poco antes de la fundación de Roma, los germanos de Tácito, los Normandos del tiempo de los vikingos.
Encontramos aquí por primera vez el arado de hierro tirado por animales domésticos, lo que hace posible la roturación de la tierra a gran escala -la agricultura- y produce un aumento prácticamente casi ilimitado de los medios de subsistencia; se observa también la tala de los bosques y su transformación en tierras de labor. Todo ello motivó un rápido aumento de la población, que se instala densamente en pequeñas áreas.
La principal herencia que los griegos llevaron de la barbarie a la civilización la constituye instrumentos de hierros perfeccionados, los fuelles de fragua, el molino de brazo, la rueda de alfarero, la preparación del aceite y del vino, el labrado de los metales elevado a la categoría de arte, la carreta el carro de guerra, la construcción de barcos con tablones y vigas, los comienzos de la arquitectura como arte, las ciudades amuralladas con torres y almenas, las epopeyas homéricas y toda la mitología. Si comparamos con esto las descripciones hechas por Cesar, y hasta Tácito, de los germanos que se hallaban en el umbral del estadio de cultura del que los griegos Homero se disponían a pesar de un grado más alto, se verá cuan espléndido fue el desarrollo de la producción en los estadios superior de la barbarie, que dio origen a la actual época que estamos viviendo la civilización período en que el hombre sigue aprendiendo a elaborar los productos naturales, período de la industria, propiamente dicha, y del arte. La tecnología.

SURGIMIENTO DEL IMPERIO ROMANO – FUNDACIÓN DE ROMA.

Una vez analizados los distintos estadios de la evolución de la sociedad humana voy a eludir el desarrollo histórico de quiero hacer una breve síntesis histórica del imperio romano y su evolución.
La historia de Roma se divide en tres partes; aunque otras divisiones tienen también alguna justificación: 1) época de los reyes o Monarquía Romana; 2) época de la República, 39 época del Imperio.
1) Conforme a la tradición mas común, Roma fue fundada el año 753 a. c., y Taquino el Soberbio, el último de los reyes, fue expulsado en el año 510 a. c. Los relatos de este período, tal como nos han llegado, son en su mayoría leyendas, pero leyendas que contienen elementos históricos. Estos elementos se han ido aislando con la ayuda de la arqueología y el estudio comparado de los orígenes y el método de las “supervivencias”. A nosotros esta época apenas nos concierne.
2) La época de la República, desde el año 509 hasta el 27 a. c., es aquella en que Roma conquistó la supremacía en Italia primero y luego en el Mediterráneo; la época en que adquirió, entre éxitos y derrotas, su experiencia política y administrativa y asimiló la civilización de otros pueblos. El último siglo (desde el año 133 a. c.) es un siglo de desbarajuste político, de expansión comercial y financiera y de confusión moral. Durante estos años surgen nuevos problemas de gobierno central y provincial de defensa, de economía política y de distribución de las tierras, de caudillos militares que, apoyados por los ejércitos, desafían al Estado: del desarrollo de los grandes negocios, de la aparición de nuevas ideas filosóficas y religiosas, y de nuevas costumbres. En este siglo figuran los nombres que todo el mundo conoce: los Gracos, Sila, Pompeyo, Craso, Julio César, Antonio, Cicerón y otros. Los testimonios históricos de que disponemos para esta época son mas completos que los de los siglos anteriores.
3) La tercera época, que comienza el año 27 a. c., es la del “Imperio”, o mejor, de la Roma Imperial. Este título requiere una explicación. La mayor parte del Imperio de Roma, en el sentido territorial fue adquirida en la segunda época. El término “Imperio”, como definición de la tercera época, se refiere al sistema de gobierno, es decir, gobierno por un emperador. Pero Augusto, que dominó el mundo romano desde el año 27 a. c. Hasta el año 14 d. c., insistía, y lo hacía sinceramente, en que él había restaurado la “República” y deseaba que se le conociera como Princens o primer ciudadano. De aquí que la palabra “Principado” se emplee a menudo para designar la primera parte del Imperio, y los “reinados” de cada emperador.
Los dos primeros siglos de esta época son, en términos generales, los años constructivos del Imperio, los años en que los romanos empezaron a dejar sus huellas más permanentes en las naciones del mundo romano. Esta étapa termina con la época de los Antoninos, de 138 a 193 d. c.
El siguiente fue un siglo de confusión, hasta que en el año 306 d. c. Constantino fue nombrado Emperador, y Bizancio, con el nuevo nombre de Constantinopla que pasó a ser en el 330 d. c. la capital de la mitad oriental del Imperio, de donde surgió el Imperio Romano Oriental, heredero tanto de la tradición griega como de la romana.

DE LAS SIETE COLINAS AL ORBE ROMANO.

Italia es una península montañosa, con la espina dorsal de los Apeninos mas cerca de la costa oriental que de la occidental, alcanzando a veces hasta el mismo mar.
Si las montañas en Italia, con sus elevados valles, ricos en trigo, aceite y vino, tan apreciados siempre por los romanos, han cautivado el amor de siglos, hay también tres planicies que han desempeñado un papel de no poca importancia en la historia. En el norte se extiende la amplia llanura del río Po, que nace en los Alpes occidentales al sudoeste de Turín, y que, por tanto, atraviesa la península. Cuando los romanos llegaron por primera vez a esta llanura, la encontraron ocupada por tribus galas, y desde entonces fue conocida por la Galia Cisalpina : Galia a este lado de loss Alpes. En el centro de la costa occidental se encuentra la llanura del Lacio; a través de su extremo norte corre el Tiber, que nace al norte de los Apeninos y es el segundo río de Italia en longitud. La tercera llanura es la planicie de Campania, más hacia el sur en la costa occidental; Neopolis (Nápoles) y Cumas fueron dos famosas ciudades que los griegos fundaron en la Antigüedad; el Vesubio ha amenazado constantemente esta llanura a través de siglos.
Empezamos con la segunda de estas planicies. Tenemos que omitir todos los estudios que han hecho los arqueólogos para conocer el camino seguido por las tribus “itálicas” desde más allá de los Alpes. En los Montes Albanos, al sudeste de la planicie latina y en la desembocadura del Tíber, en Alba Longa, se edificó la primera ciudad de los latinos, fundada, según la leyenda, por Ascanio, hijo de Eneas de Troya, en lo que los romanos basaban su pretendida ascendencia troyana, Rómulo y Remo fueron sus descendientes. En este lugar se encontraba el santuario del dios de las aldeas vecinas, Júpiter del Lacio.
Mas tarde, estos mismos montañeses descendieron a las llanuras y se establecieron sobre las “Siete Colinas” de Roma. Eran un pueblo de pastores. Sus primeros festivales estaban ligados a los intereses de los pastores; leche, no vino, fue la primera ofrenda, y la riqueza se calculaba por el número de cabezas de ganado. Encontraron otros hombres de una raza afín, sabélicos y sabinos, que se dirigían a la llanura y que se establecieron en terrenos más altos. La fusión de estos grupos fue el origen de Roma.
El imperio Etrusco fueron nómadas marítimos, originarios posiblemente del Oriente, que terminaron por establecerse en Etruria o Toscana. Crueles y despóticos, adoraban a los dioses sombríos del averno y adivinaban el futuro observando los órganos de animales sacrificados. Construían murallas extraordinariamente sólidas para defender sus ciudades griegas y con Cartago en África, adquiriendo así elementos de otras civilizaciones superiores a la suya. Penetraron desde la costa hacia la planicie de Campania, y en el siglo VII intentaron avanzar hacia el sur con el fin de ocuparla, rodeando las colinas hacia el este para evitar los pantanos, apoderándose de algunas ciudades latinas en las tierras latas.
Durante la época de la migración latina hacia las “Siete Colinas”, los griegos dieron comienzo al largo proceso de ocupación de los mejores puertos de las costas meridional y occidental de Italia y de la parte oriental de Sicilia. Los Cartagineses, por su parte, ocuparon la mitad occidental de esta isla. Al principio, a los griegos sólo les interesaba el establecimiento de factorías, pero mas adelante fueron enviando colonias desde Grecia con el propósito de fundar ciudades, que no tardaron en figurar entre las mas prósperas del Mediterráneo. Es posible que la primera colonia griega fuese Cumas, fundada en el siglo VIII, en la bahía de Nápoles.
Las dos influencias más poderosas, durante los primeros años de Roma, fueron la etrusca y la griega. El resto de Italia estaba escasamente poblado por tribus desparramadas, muchas afines a las latinas.
Los tres primeros reyes de Roma fueron latinos y los tres últimos, etruscos. El último de éstos fue arrojado del trono por la violencia.
Hasta aproximadamente el año 270 a. c., Roma luchó sin descanso por la existencia en Italia, y la lucha no cesó hasta verse reconocida como una potencia de primer orden. Roma penetró en la zona de los cartagineses, cuyo comercio abarcaba los mares de Sicilia y el Mediterráneo occidental. Después de medio siglo de lucha (264-202 a. c.) ya era indudable que Roma se convertiría en una “potencia mundial”.

LAS GUERRAS DE ITALIA. UN ESFUERZO POR LA HEGEMONÍA POLÍTICA.

El enfrentamiento por Italia fue el resultado de una antigua rivalidad entre España y Francia, puesto que las ricas regiones italianas eran un objetivo estratégico para las potencias militares más poderosas de Europa deseosas de implantar su hegemonía política.
Como sucesor de la Casa de Anjou, el rey de Francia, Carlos III, ambicionó el reino de Nápoles. Por su parte, su sucesor, Luis XII, que descendía de una familia vinculada al ducado de Milán, también planteó sus derechos sobre este territorio.
En ambas regiones debió recurrirse a la lucha armada: en la primera, los franceses se enfrentaron con las huestes de Fernando el Católico; en la segunda debió intervenir Maximiliano, ya que el duque de Milán era su vasallo.
Desatada la guerra, el Papado y otros Estados italianos, deseosos de conservar su independencia, no permanecieron al margen del conflicto.
El sucesor de Luis XII, su primo y cuñado Francisco I, invadió el norte de Italia. Suizos y milaneses aliados enfrentaron a las tropas francesas, pero fueron derrotados en Marinan en 1515. Tres años después Carlos I, como res de España, firmó un tratado con Francisco I por el cual cedía Milán a Francia a cambio del retiro francés de Nápoles.
Cuando Carlos fue elegido emperador y en España se desarrollaba la lucha contra los comuneros. Francisco I invadió a Navarra. Como respuesta, las tropas imperiales penetraron en el Milanesado (1522) y los franceses debieron evacuar todo el norte de Italia desde Milán a Génova, mientras los ejércitos de España recuperaban la zona de Navarra.
Mientras Carlos V ponía sitio a Marsella, Francisco I ocupaba el ducado de Milán, pero en la batalla de Pavia sus tropas fueron derrotadas. En medio de estas alternativas, Carlos V se casó con la infanta portuguesa Isabel, hija del rey Manuel de Portugal y de María, tía del emperador.
Como consecuencia de esta lucha, Francisco I fue tomado prisionero y llevado a Madrid, donde quedó alojado. Tras largas deliberaciones se firmó el Tratado de Madrid, en 1526, por el cual el rey francés debía debía entregar Borgoña, a la vez que renunciaba al reino de Nápoles, al ducado de Milán y de Flandes. Francisco I se reintegró a su patria, aunque debió dejar en calidad de rehenes a sus dos hijos. Llegado a Francia se negó a cumplir lo pactado alegando que el tratado había sido fruto de la coacción.
Una de las consecuencias de las guerras de Italia fue el profundo cambio operado en el planteo táctico-militar. La antigua caballería con rígidas armaduras, motivo de lucimiento de las fuerzas francesas, fue superada por la infantería española armada de espadas, picas y arcabuces. Por otra parte, el empleo de la artillería impuso un nuevo estilo de combate que varió por completo el planteo táctico seguido hasta entonces.
Francisco I, dispuesto a vengar su derrota, integró una poderosa coalición en la que se alinearon fuerzas tan heterogéneas como las del sultán turco Solimán, principes alemanes protestantes. Enrique VIII de Inglaterra y el Papa Clemente VII. Los ejércitos imperiales, al mando del príncipe de Orange, saquearon a Roma (1527) y tomaron prisionero a Clemente VII. La guerra continuó sin definiciones hasta la firma de la Paz de las Damas (1529, por la cual se acordó liberar a los hijos del monarca francés mediante el pago de un rescate. El reino de Nápoles sería conservado por el imperio, Borgoña quedaría bajo el dominio de Francia y Francisco I debería abandonar Italia.
Carlos V, que ya había obtenido la corona de los reyes lombardos, viajó luego a Italia para ser coronado por Clemente VII, con quien se reunió en Bolonia.
El 24 de febrero de 1530, en una imponente ceremonia, recibió la corona imperial de manos del Sumo Pontífice, con lo que se ratificaba, a través del Papa, el cargo imperial obtenido en Alemania. Carlos contaba entonces 30 años de edad.
En el ámbito político, la Paz de las Damas no fue más que una pausa para que Francia se rearmara. Francisco I reinició las hostilidades, pero luego de cruentas luchas fue vendido (las tropas imperiales llegaron a sólo 50 km de París). Enrique VIII de Inglaterra aprovechó la coyuntura para abandonar a Francia; se pasó al enemigo y ocupó el puerto de Boulogne.
Francisco I murió en 1547 cuando se preparaba para reiniciar la guerra. Su hijo y sucesor, Enrique II, se alió con príncipes alemanes, invadió la Lorena y ocupó Metz y Verdún (1552); pero pronto debió dejar esas plazas, pues las tropas imperiales invadieron la Champaña.
Posteriormente se firmó la tregua de Vancelles (1556), aunque la contienda habría de continuar durante el reinado de Felipe II de España.

EL SURGIMIENTO DEL ESTADO ITALIANO. LA REPÚBLICA ITALIANA.

Entre 1848 y 1871 los italianos vieron concretadas las aspiraciones de quienes deseaban terminar con el fraccionamiento feudal heredado de la Edad Media.

LA UNIDAD ITALIANA.

La lucha por la unidad se identificó con el enfrentamiento con dos grandes poderes de la época: la iglesia romana, dueña del centro de Italia, y los austríacos, que ocupaban Lombardía y Venecia y ejercían presión a través de la presencia de guarniciones y funcionarios en Parma, Módena y Toscana. En el sur, por otra parte, había que vencer la oposición de la rama borbónica, reinante en Nápoles.
Los patriotas italianos, agrupados en sociedades secretas como la Joven Italia, fundada por el intelectual y luchador José Mazzini, tenían como único apoyo efectivo el reino piamontés de la casa de Saboya, regido por el monarca liberal, Víctor Manuel II. Esta circunstancia hizo que entre los patriotas italianos ejercieran mayor influencia los partidarios de la monarquía constitucional que los republicanos, entre quienes estaban el propio Mazzini y José Garibaldi .
Tras el fracaso de 1848, los liberales italianos fueron cruelmente perseguidos en toda la península; torturas y abusos de toda clase se descargaron sobre quienes habían intentado alzarse contra el absolutismo. En el reino de Nápoles, por ejemplo, 20.000 personas fueron ejecutadas o encarceladas. Esta situación se prolongó también a los Estados Pontificios o bajo el poder austriaco. Sin embargo, todas las medidas coercitivas no bastaron para sofocar el movimiento emancipador.
Camilo Benso, conde de Cavour –desde 1852 ministro de Víctor Manuel II de Saboya- fue el primer promotor de los primeros pasos de la unidad peninsular. Sus planes se basaron en la realidad del momento: buscar apoyo contra Austria y el Papado.
Sobre estas bases, el reino piamontés de Cerdeña intervino en la guerra de Crimea, junto a Francia e Inglaterra, acercándose así a estas potencias. En 1858 se formalizó un acuerdo entre Cavour y Napoleón III, cuyas simpatías hacia los liberales italianos provenían de sus tiempos de conspirador. Al año siguiente estalló el conflicto: las provocaciones del reino sardo llevaron a Austria a la guerra; Francia intervino a favor de los italianos, y en Parma, Módena y Toscana estallaron rebeliones nacionalistas favorables a Cerdeña. Francia movilizó a 150.000 hombres quienes, junto a los piamonteses, lograron decisivas victorias en Magenta y Solferino. La bandera tricolor de la unidad italiana flameó en todo el norte de la península, mientras Garibaldi hostilizaba a los austríacos con eficaces guerrillas.
Napoleón III se inclinó entonces por la paz, pues temía un choque con Prusia y otros Estados alemanes. Se reunió Villafranca con el emperador austriaco Francisco José I y decidió abandonar su acción en Italia. Esto no satisfizo a los italianos, que esperaban su apoyo para lograr la unidad total de la península.
Los italianos se sintieron defraudados por esta victoria incompleta. Sin embargo, Parma, Módena y Toscana se unieron finalmente al reino piamontés.
A las rebeliones ocurridas en el norte, se sumaron las eficaces acciones de José Garibaldi en el sur de la península. Con escasas fuerzas conquistó Sicilia y atacó exitosamente al rey de Nápoles, Francisco II, Víctor Manuel II, en tanto, conquistó parte de los Estados Pontificios – con la sola excepción de la ciudad de Roma y su zona circundante- y ambos ejércitos se unieron. En marzo de 1861 se proclamó a Víctor Manuel rey de Italia; pocas semanas después falleció Cavour.
El desarrollo de la política europea favoreció el proceso final de la unificación italiana. En 1866 estalló la guerra austro-prusiana. Italia se alineó junto a los prusianos y, aunque las fuerzas de Víctor Manuel II fueron derrotadas en Custozza, la victoria final de Prusia aseguró la incorporación de Venecia al reino de Italia.
En 1870, reinaba en Roma un Papa absolutista y reaccionario, Pío IX. En un principio, la oposición de Napoleón III impidió a los italianos ocupar la Santa Sede; sin embargo, cuando Francia retiró su guarnición de Roma por el conflicto franco-prusiano, las fuerzas italianas –tras vencer a las tropas pontificias- ocuparon la milenaria capital y, en julio de 1871, Víctor Manuel II se instaló en el palacio de Quirinal. Como en otras regiones de la península, los romanos aprobaron a través de un plebiscito (más de 130.000 votos a favor, y sólo 1.500 en contra) su incorporación al reino de Italia.
El Papa no aceptó oficialmente esta situación y se recluyó en los palacios del Vaticano. Las relaciones del Pontífice con el Estado italiano se interrumpieron hasta 1929.


NACIMIENTO, AUGE Y METAMORFOSIS DE LA EMIGRACIÓN ITALIANA.

¿Qué fue la emigración italiana? ¿Qué causas y características generales tuvo? ¿Cómo y dónde se inició y desarrollo? ¿Con qué intensidad y composición (hombres, mujeres, oficios, etc.) se derramó sobre tal o cual país receptor? ¿Cómo fue recibida y pudo insertarse en los distintos ámbitos y sectores económicos y sociales en los distintos países? ¿Cuáles fueron las políticas de Italia y de los países de destino respecto de la emigración?.
La emigración italiana fue un fenómeno colosal, de unos cien años de duración, y que movilizó entre 1876 y 1976, más de 25 millones de personas. Produjo modificaciones en general importantes, tanto en el país de proveniencia (Italia), como en algunos de los numerosos países receptores. Si bien no en todos influyó con igual intensidad, es en especial en Sudamérica, y sobre todo en el Río de la Plata, en donde su presencia intervino decididamente en la formación misma de países como la Argentina y el Uruguay.
Si en sus efectos y causas generales, así como en las grandes líneas de su desarrollo, la emigración italiana es un hecho reconocido como de primera magnitud, nos hallamos muy lejos de haber tocado fondo en cuanto al conocimiento de su sentido y de su peso dentro de la historia universal.
El rol que le cupo a la emigración italiana en las grandes transformaciones que se produjeron en Occidente, entre mediados de los siglos XIX y XX no será pues solo el resultado de la síntesis de ellos estudios empíricos existentes sobre dicha emigración, sino además la consecuencia de ver dichos estudios, desde otra óptica más amplia, que permita insertar dicho fenómeno efectivamente dentro de la historia de Occidente.
¿Desde cuando comenzó la emigración italiana? Difícil es establecer hitos temporales en esta cuestión, pues como ocurre con muchos hechos históricos, los comienzos de la emigración son lejanos, difusos, difíciles de captar. Además debe tenerse presente, que para hablar legítimamente de emigración italiana, ciertos hechos y fenómenos históricos deben haber adquirido previa y efectivamente vigencia real.
Por ejemplo: que exista una nación que se pueda llamar, con criterios actuales, Italia. Circunstancia que no es fácilmente aceptable, sin reparos, hasta mediados del siglo XIX. Pues antes de la unificación política la península estaba constituida por una serie de estados, unos independientes, otros dominados por diversas potencias europeas. También la palabra emigración, usada antes del siglo XIX, puede ofrecer razonablemente cuestionamientos, si se comparan las características de los flujos “emigratorios” del siglo XVIII y anteriores, con las propias de épocas posteriores.
Existen en ella numerosos textos que aluden a procesos migratorios que se desarrollaron desde el siglo XIII al XVIII. Es decir, hasta aquel período previo al que se podría designar como lapso <> (primera mitad del siglo XIX) del que luego nacería el de la gran migración, que estallará, para los italianos, en olas sucesivamente crecientes, después de la década de 1860.
Ya en el siglo XIII, Pierre Chaunu señala el desplazamiento masivo de italianos hacia Burgos, Bilbao y las costas del Cantábrico, atraídos por el desarrollo del poderío naval español en esa área. En los siglos posteriores los asentamientos de italianos -que ya contaban en muchas áreas del Mediterráneo, con significativos precedentes- crecieron sensiblemente, directamente relacionados con la expansión marítima y comercial de estados como Génova y Venecia.
Carlo Cipolla, entre otros historiadores, nos ofrece datos valiosos para adentrarnos en esa problemática, desde fines de la Edad Media hasta el siglo XVII. Así nos dice, describiendo una situación en ciertos aspectos de increíble modernidad: <>, y estaban igualmente convencidos de que la emigración de trabajadores especializados y técnicos tenía nefastas consecuencias para una economía. Los decretos que prohíben la emigración de mano de obra especializada, son incontables en la tarda Edad Media y en los siglos XVI y XVII. Se prestaba particular atención a aquellas categorías de trabajadores cuya actividad se consideraba esencial para la seguridad del Estado o para la economía. El gobierno veneciano por ejemplo, prohibía en el siglo XV la emigración de los calafates con una “orden y decisión tomada en el Gran consejo, de que si algún calafate parte de Venecia para ir a trabajar fuera de los confines de esta tierra, deben estar seis años en una de las prisiones de abajo y pagar libras 200”
“Sin embargo, la capacidad del Estado preindustrial para controlar los movimientos de las personas, era sumamente limitada. La monotonía con que se repiten en todas las ciudades las disposiciones contra la emigración de mano de obra especializada es una prueba de su ineficacia. Como siempre ocurre, la impotencia sugería ferocidad. En 1545 los Médicis invitaron a regresar a Florencia a todos los trabajadores de oro y seda que se habían marchado, prometiendo premios y ventajas a quien regresara y castigos a quien se quedara. En 1559 se repitió el bando y en 1575, para frenar el éxodo posterior, se llegó a autorizar a <> y a premiar con 200 escudos a quien entregase al expatriado <>
Para el siglo XVIII estas duras condiciones de vida y de trabajo empujaban a muchos habitantes de la campaña a la emigración o a la mendicidad. Estas condiciones empeoraron aún más a fines del siglo XVIII. En el momento culminante de la época de las labores agrícolas, había frecuentemente escasez de mano de obra, por lo menos en la Italia meridional. En el Reino de Nápoles, los empresarios llegaban al extremo de prestar dinero a los braceros en los meses invernales para así retenerlos para la época de las cosechas, mientras en todos los Estados se legislaba en contra de la emigración.
Pero a grandes rasgos que los vínculos culturales, políticos y económicos existentes entre regiones (o estados) italianos y estados no italianos limítrofes - tal el caso del Piamonte y Francia, y de la región lombardo-véneta y Austria -crearon afinidades, influencias e intereses comunes, así como estadios de desarrollo económico y social comparables o bien en ciertos aspectos complementarios, que tendieron a facilitar el desplazamiento de la población internacionalmente. En estos desplazamientos no debe ser subestimado el efecto de la vecindad geográfica, en una época en la cual los transportes eran lentos, precarios y riesgosos. Más tarde en la era del acero y el vapor, los ferrocarriles y las motonaves brindarán a la emigración medios de transportes veloces y suficientemente baratos y seguros. Como para extender su alcance hasta países y continentes antes inalcanzables.
A estos movimientos de población rotulados por los que describen como -emigratorios-, sería necesario agregar muchos otros desplazamientos de grupos significativos de italianos, que difícilmente se podrían hacer caer bajo la denominación de emigrados”, pero que fueron, durante siglos, elocuentes indicadores de la presencia de importantes núcleos de población peninsular en el exterior y que a veces crearon asentamientos, que luego serían, en ciertos casos, una suerte de “cabecera de puente”, que orientarán más tarde, en sus pasos a la emigración masiva.
En primer término debemos citar a los importantes asentamientos de genoveses y venecianos en sus posesiones en el Mediterráneo y la presencia menor cuantitativa, pero cualitativamente significativa, de oriundos de dichas repúblicas marineras (y de florentinos), en los principales centros comerciales, financieros y marítimos de casi toda Europa y sus posesiones. De estos asentamientos, serán importantes para las emigraciones posteriores, los establecidos en España y América Hispana.
En segundo lugar es también sugestivo para nuestro análisis la presencia de soldados y jefes militares y navales. Quedándonos sólo con los soldados, veamos algunas cifras que son reveladoras y que cubren el lapso que media entre el siglo XVI y comienzos del XIX. Ya entre 1580 y 1661 los soldados italianos formaban una parte importante del ejército español en Flandes (constituido en su mayoría por naturales de los Países Bajos y alemanes. Los italianos entre esas fechas aportaron entre 4.000 y 8.000 soldados, cifras que representaban por cientos que iban del 9 al 11% de toda la infantería imperial. Pero mucho más espectacular fue la presencia masiva de soldados italianos en los ejércitos napoleónicos. En Rusia lucharon cerca de 66.000 (de los cuales desaparecieron 40.000) y en España y Alemania las tropas aportadas por Italia y las pérdidas sufridas fueron también grandes.
En fin, si estos movimientos de población no fueron realmente “migratorios”, constituyeron uno de los desplazamientos más notorios e importantes de población italiana fuera de Italia antes de la emigración masiva y significaron, de algún modo, “la presencia de Italia fuera de Italia”. Y de esta forma, en las huellas que inevitablemente fueron dejando, será posible encontrar, en algunos casos, los precedentes de los destinos hacia los cuales se dirigieron luego las corrientes emigratorias propiamente dichas. Al respecto debe recordarse que después de las guerras napoleónicas, numerosos jefes militares, soldados y marinos. Al respecto debe recordarse que después de las guerras napoleónicas, numerosos jefes militares, soldados y marinos, quedaron sin ocupación y a veces la buscaron en América. En este sentido es aleccionadora nuestra propia historia.
La emigración transoceánica comenzó después de las guerras napoleónicas, y hasta los años sesenta estuvo limitada al Norte de Italia. Las tempranas referencias respecto de la emigración italiana -autorizada o clandestina- son de 1819 y años posteriores en las regiones de Lombardía y Venecia, es decir, porciones de territorio italiano sometidas a la dominación austríaca. Es imposible, sin embargo, distinguir la emigración transoceánica de la continental, en especial para otras partes de Italia. Agregan además dichos autores que la emigración italiana, aún proviniendo de la zona oeste o del sur de Italia, en la primera mitad del siglo parte del puerto de Génova.
Recordemos aquí que las invasiones napoleónicas habían significado cambios jurídico-organizativos, políticos, y de mentalidad que aunque en buena parte formalmente anudados después de la caída del Emperador, siguieron actuando intensamente en ciertas capas sociales, y a la larga lograron prevalecer. Este hecho no había de ser ajeno a las causas de la emigración.
Aclaremos por otro lado que las guerras en sí mismas habrán de ser también causas de emigración, ya que, por de pronto, la provocan por el sólo deseo de huir de sus efectos. Pero un análisis más agudo del problema permite descubrir que en el pasado las guerras actuaron también, en muchos casos y a pesar de sus detestables efectos como medio para abrir horizontes y posibilidades desconocidas a pueblos o áreas que vivían aislados, o muy poco vinculados con el mundo exterior.
Todos estos movimientos poblacionales significaron un factor más de “cosmopolitización” de un país, en cuya formación habían participado numerosas culturas y naciones: Italia, en razón de su peculiar historia, estuvo sometida a los tipos más variados de influencias externas. De este modo, ciertas áreas itálicas y estratos sociales dentro de las mismas, desarrollará una plasticidad y una capacidad de adaptación, y unos conocimientos y actitudes generales hacia el mundo exterior, que también facilitaron las primeras corrientes migratorias. Por lo menos los desplazamientos de sus iniciadores.
Dentro de la gama de situaciones descriptas, conviene destacar algunas de especial importancia para el Río de la Plata. Para este fin será necesario detenerse, más adelante, en el rol particular que tuvo el estado italiano denominado Génova en la preparación de ciertos “cauces” y de determinadas “cabeceras de puente”, que orientarán oleadas inmigratorias posteriores.
Este análisis supone exponer esquemáticamente la inserción gradual de Génova en el ámbito de la España preimperial y luego en el de la España que se expande, sobre todo en América. Supone, mostrar también cómo llegó Génova a ser una fuerza esencial dentro de la maquinaria financiera de España y en menor grado de Portugal, y cómo estas circunstancias la llevaron a estar presente en las islas atlánticas dominadas por dichas potencias y especialmente en América hispana desde el siglo XVII. A este respecto es necesario aclarar que América fue un “mal negocio” inicialmente para sus descubridores. El nuevo Mundo recién en el siglo XVII fue incorporado al esquema mental y a la estructura económica europeos, tal como lo hacen notar historiadores de la talla de Fevre, J. Elliot, etc. En consecuencia. Los primeros descubrimientos de las islas costeras, fueron los que absorbieron los esfuerzos y las inversiones de compañías y capitalistas genoveses en el siglo XVI. América empezaría a interesar realmente más tarde.
Desde 1876 a 1976, abandonan su patria casi 26 millones de italianos. El 75% eran hombres y el 80% de los emigrantes se encontraban en edad económicamente activa. Muchos volverán a su patria para nunca más probar suerte. Otros morirán o enfermarán en el exilio, o luego de volver a su tierra. No pocos probarán repetidas veces la aventura de “hacer la América”, y encontrarán en el segundo o tercer intento, el mismo éxito que los más afortunados habían podido hallar en su primer viaje. Las posibilidades de una nueva vida y de realizaciones (que si bien solían en general diferir mucho de las esperadas) eran suficientes como para justificar un asentamiento más o menos provisorio en los países de destino, que con el pasar del tiempo se iba haciendo, muchas veces, definitivo. De los emigrados retornaron a su país el 25% entre 1905 y 1920, el 50% entre 1920 y 1941, y casi el 33% entre 1965 y 1976. La cantidad de emigrados varió según los períodos: el 54% lo hizo antes de 1915, el resto se distribuye entre el período interbélico (21%) y el posterior a la Segunda Guerra Mundial (25%)

Cuadro 1: Principales regiones emigratorias italianas ordenadas según el volumen decreciente de sus aportes (alas cifras indican % de emigrantes en cada período.


1876-1915 1916-1945 1946-1976
Región % Región % Región %
Veneto 13 Piamonte 12,6 Campania 12,5
Piamonte 11 Lombardía 11,5 Apulia 11,5
Campania 10,5 Sicilia 10,5 Veneto 11,5
Friuli 10 Veneto 9 Sicilia 10,5
Sicilia 9,5 Friuli 8,5 Calabria 10
Lombardía 9,5 Campania 7,5 Lombardía 6,5
Total 100 Total 100 Total 100

En todo el período 1876-1976: el Véneto y Lombardía en el Norte y la Campania y la Sicilia, en el sur, lideran el movimiento emigratorio. Las restantes aparecen en dos períodos, con excepción de la Apulia y la Calabria, cuya presencia se produce en los niveles más altos, pero sólo en el último período, que es de predominio emigratorio meridional.
Los destinos emigratorios en la primera etapa (1876-1976) se distribuyen así:

Países en millones
Estados Unidos 5,7
Francia 4,3
Suiza 4
Argentina 3
Alemania 2,4
Brasil 1,4

En la primera etapa (1876-1915) se distribuyen así: el 48.5 es absorbido por Europa y el resto principalmente por América (50%. América latina fue la predilecta, recibiendo 1/3 de todos los emigrantes partidos de Italia y más del 70% de todos los que siguieron a América, a Brasil le correspondió el 44.5% y un poco menos a la Argentina.
Después de 1900 se produce una prevalencia de los flujos ultraoceánicos, con un marcado desvío de la corriente de América del sur hacia América del Norte, a la par que un peso creciente, dentro de Italia, de las regiones del Sur, especialmente Campania y Sicilia.
El período final (1946-1976), con un total de 7.5 millones de expatriados, se orienta muy marcadamente hacia Europa, 2/5 de todos los emigrados. Un 25% se dirige en cambio a América (1.9 millones), de los cuales 900.000 personas vienen a la América del Sur (el 53% se derivará hacia la Argentina). En este continente aparece un nuevo destino importante (Venezuela). En el ámbito mundial adquieren mucho más peso que en las épocas pasadas, Canadá y Australia.
En líneas generales puede decirse que los extremos del amplio arco que cubre la emigración italiana, tienen en común el hecho que incluyen un alto porcentaje de mano de obra especializada. En el comienzo artesanos, navegantes, etc.
La emigración masiva de mano de obra no calificada, por su gran peso en la etapa intermedia oculta la presencia de una emigración de personal calificado (profesionales, etc.) que, aunque en número más reducido, fue importante ( y a veces decisiva), para el desarrollo económico, social y cultural de ciertos países de destino. Este es el caso de la Argentina, país en el cual técnicos, médicos, artistas, arquitectos, profesores, etc., e infinidad de hombres dotados de un buen bagaje intelectual, efectuaron al país un aporte importante y a la vez difícilmente evaluable.
Entre 1878 y 1920, por ejemplo, las categorías más numerosas son las que involucran a agricultores, personal dedicado a la construcción, jornaleros, obreros calificados y artesanos.
De este modo los agricultores que partían del entonces reino de Italia, y que representaban el 39% de todos los emigrados del mismo, llegan a su valor máximo (60%) para 1890 y luego declinan a cifras notoriamente menores para fines del siglo (40%).
El contraste con todas estas oscilaciones, de 1878 a 1920 los adscriptos a la construcción, en general se mantienen en torno al 15% de todo el flujo emigratorio. Los jornaleros o braceros, en cambio, siguen una tendencia, por así decirlo, inversa o compensatoria de la que pauta a los agricultores, llegando a su valor pico en 1913 (31%). Las profesiones liberales, declinan constantemente, dentro de la pequeñez relativa de su magnitud. En los 42 años que nos ocupan descienden del 1,4% (1878) al 0,2 (1920).
Tomando ahora para la Argentina el período 1876-1929, se observa que la categoría agricultores, de gran peso en la emigración italiana en general, se ve incrementada notoriamente para nuestro país. Así la misma se eleva al por ciento del 82,3% para el lapso 1876-91. Luego declina constantemente hasta 1919. Desde 1913 su rango porcentual (36%), se había igualado al del país emisor (Italia), hecho que señala claramente que la Argentina ya había dejado de ser, desde tiempo atrás, un país de interés especial para los hombres dedicados a las tareas rurales.
Para la Argentina en cambio los artesanos parecen haber sentido un interés en casi constante aumento: pasan así de un exiguo 2% (1876-1891), a constituir ¼ de todos los inmigrantes ingresados en el quiquenio 1925-29
Las profesiones liberales, en contraste, sólo excepcionalmente se apartan, entre 1876 y 1929, de porcentajes del orden del 1%. Difícil es estimar el significado que esta actividad alcanza en el lapso 1915-19 (3,4%), período casi todo coincidente con la Primera Guerra Mundial, de emigración muy reducida.
Después de la década de 1920, la emigración italiana masiva entrará en plena declinación. No sólo la política fascista impondrá restricciones a la partida de emigrantes. En no pocos casos ocurrirá lo mismo en los países receptores.
Después de la Segunda Guerra Mundial, las ocupaciones dependieron mucho de factores que ya antes habían asolado a Italia: los efectos de una posguerra, pero que ahora tocaban, en oposición a la Primera Guerra Mundial, más con profundidad al Sur de Italia: De todos modos, veinte años después del conflicto, ya era posible vislumbrar las características que progresivamente adquiriría la nueva emigración italiana. A fin de caracterizar la misma, son oportunas aquí las palabras de Rosoli: “actualmente (1983) la emigración italiana no sólo ha disminuido cuantitativamente además se ha modificado desde el punto de vista cualitativo. A menor propensión a emigrar se ha unido una distinta fisonomía profesional.

LOS DERROTEROS DE GÉNOVA EN EL MUNDO, EN AMÉRICA Y EN EL RÍO DE LA PLATA.

En rigor, es poco lo que sabemos respecto de las relaciones de causalidad existentes entre la importancia de Génova en el imperio español y la emigración de ligures hacia América. Con todo, vale la pena detenerse en el asunto, pues de estas noticias dispersas que poseemos podemos inferir, sin embargo, algunas hipótesis razonables. Por ejemplo, conocemos bastante sobre la acción de los genoveses en las flotas de Carlos C y Felipe II y de su intervención en el manejo de las finanzas de estos reyes y de sus reinos. Incluso tenemos información sobre el papel naval que Génova desempeño en el Mediterráneo a favor de España.
Las pocas indicaciones con que ha podido dar esta investigación, no dan demasiados indicios y menos datos que, aún de carácter general, sean a la vez suficientemente orientadores.
Ramón Carande que acepta como buen la cifra de 27.787 españoles residentes, antes de 1559, en América, señala, además, que habían partido para este continente y se habían asentado en él algunos centenares de pobladores extranjeros, entre los cuales los genoveses parecían ser uno de los grupos más significativos. No se trata, pues -por lo menos en el siglo XVI- de un conjunto de pobladores excesivamente numeroso... Con el pasar de los siglos su número seguramente fue creciendo, pero difícilmente podría afirmarse que hubo una población genovesa (ni siquiera italiana) importante en las Indias Occidentales, hasta bastante entrado el siglo XIX. Menos aún puede afirmarse que hubo cabalmente colectividades italianas en el Nuevo Mundo hasta después de la década de 1840, o mejor aún, con posterioridad a 1820.
Parece oportuno brindar aquí algunas cifras que, aunque no nos dan más que el aspecto cuantitativo del problema, parecen sin embargo ofrecer una primera categorización de los primitivos asentamientos italianos en América. En Puerto Rico, desde fines del siglo XVIII hasta 1860, se radicaron en toda la isla tan sólo 48 genoveses (entre los italianos de origen regional conocido, pues los italianos en general constituían la cifra de 162 almas. Aunque los genoveses constituían el conjunto mayoritario entre los italianos (32,1), no formaban realmente un grupo apreciable por su volumen, y además, de muy escaso peso sobre toda la población de la isla.
El empadronamiento de la Ciudad de Buenos Aires de 1810 nos ofrece una cifra absoluta bastante similar a la ya vista para Puerto Rico: 42 genoveses vivían en la Ciudad rioplatense y constituían el 51,2% de todos los italianos residentes en la misma. También era una cantidad de personas muy reducida, frente a la población total de la localidad capital del Virreinato.
Los genoveses que vivían en América hasta iniciado el siglo XIX, no eran pues, demasiados... Se los había visto eso sí, en cantidades más apreciables y ocupando status sociales más altos que en América, en el Sur de España, y aún en las islas atlánticas cercanas a la península ibérica. En los siglos XV y XVI constituían el sector más rico entre los mercaderes de algunas ciudades del Sur de España (Sevilla, por ejemplo) y, además, poseían en dicha época cargos y dignidades así como señoríos importantes dependientes de España.
Capitanes de barcos y millares de pilotos, marineros, carpinteros y artesanos de toda índole, surcaron una y otra vez las aguas del Atlántico, y fondearon en los numerosos puertos americanos, llevados por sus intereses económicos la mayoría, pero no pocos por esa extraña pasión que ata al marinero a su barco, o bien por ese afán inextinguible de aventura que anida en el pecho de muchos hombres.
A este respecto la política española hacia el Río de la Plata hasta el siglo XVIII, fue la que se sigue con un territorio de poco interés económico, es decir, dedicado exclusivamente a tareas rurales. Pero el siglo XVIII trajo, con el acceso al poder de los Borbones en España, y los cambios que paralelamente surgieron en el comercio internacional y en el desarrollo industrial de los países más avanzados económicamente, modificaciones también profundas en la valoración del Río de la Plata, la cual fue “in crescendo”.
Hubo que esperar al siglo XVIII para que los Borbones, más clarividentes en este punto, se dieran cuenta de la importancia vital de las regiones platenses.
El descubrimiento de América, a la cual recién empezaría a descubrir “mentalmente”, en el siglo XVII. Génova no debería ver las cosas muy distintamente.
Pero en la segunda mitad del siglo XVIII y a comienzos del siglo XIX las cosas cambian y América crece en el interés europeo. La posibilidad de acceder al Nuevo Mundo para los no hispanos también aumenta. La ruptura entre las colonias españolas y la madre patria, que ya se venía insinuando desde los albores del siglo XIX, quiebra una de las barreras antes insalvable, y prepara así el terreno para que la inmigración europea masiva pudiese llegar, décadas más tarde, a las costas del Río de la Plata.
El interés por estas tierras ya existía. Ahora la posibilidad de acceder a ellas aumentaba. Quedaban en pie, sin embargo, las condiciones de vida que ofrecían los gobiernos locales a los potenciales inmigrantes. Estas condiciones hubiesen debido incluir seguridad personal, respeto de la propiedad, libertad de pensamiento, de trabajo y religión, igualdad ante la ley, etc., para que emigrar fuese realmente deseable para un europeo. Las mismas hallarán su expresión cabal sin embargo recién en la Constitución de 1853 (para la Argentina).
La casi permanente inestabilidad política de 1810 a 1835, y luego el gobierno autoritario y poco modernizante de J.. De Rozas, situación inextricablemente unida a las luchas entre los partidos que se habían constituido y a las guerras civiles, muchas veces por problemas predominantemente locales, cubrirían el período 1810-1852. Es decir, el paso que media entre la Revolución de Mayo y la caída del precipitado Gobernador de la Provincia de Buenos Aires.
Si bien dos décadas después de los años 50 empezaría a delinearse la inmigración masiva, bastante antes importantes cantidades de europeos se habían instalado ya en el plata (desde 1840 y aún con antelación. Entre ellos, una presencia relevante la ofrecían los prófugos políticos italianos que, desde las revueltas de 1820 y 1820 (y las posteriores, de la década de 1830 y de la década de 1830 y de los años 1848-49), afluirían primero a Brasil, para pasar luego a Montevideo e incorporarse a la lucha contra Rosas.
Sin embargo esta corriente de exiliados no debe verse como un hecho aislado. Paralelamente a su llegada y su crecimiento numérico, aumentan también los vínculos comerciales y crece, aunque lentamente y con altibajos, el interés en Italia por los asuntos locales y, además por iniciar e intensificar las relaciones diplomáticas, así como por desarrollar un mejor conocimiento de las potencialidades económicas del país.
Una de las consecuencias de ello fue un incremento constante de la inmigración ligur, que provenía ahora no sólo de las filas de los exiliados políticos, sino también de las de los marineros desertores, que afluían de los buques sardos, una vez que estos habían recalado en el Río de la Plata o bien de la corriente formada por aquellos que se dirigían por cuenta propia a estas tierras.
Las grandes posibilidades de conseguir un trabajo suficientemente bien pagado y luego, con el tiempo, de lograr una situación próspera y aún de hacer fortuna, en un país extremadamente provisto de riquezas naturales y cuyo comercio exterior crecía casi constantemente, pero que carecía de artesanos y en general de mano de obra, fuera ésta especializada o no. La benignidad del clima, la hospitalidad de que gozaban los extranjeros (que a menudo se acriollaban), era elementos no desdeñables, que completaban un cuadro en el que los beneficios parecían superar holgadamente a los riesgos.
Los ligures se hallaban, familiarizados con estas tierras. Por millares como capitanes y marineros habían pasado por estos parajes. Existía en ellos, pues, un conocimiento que unido al ideal no menos que al interés pronto sería no sólo el “motor espontáneo” de la emigración hacia el Río de la Plata, sino además produciría intentos de estímulo y de canalización en los niveles más altos del Reino de Cerdeña de dicha emigración. La “società” di Navigazione Transatlántica” el 4 de octubre de 1852, que uniría Génova con Nueva York y con Montevideo, con barcos a vapor de no menos en 1854. Se pensaba que esta empresa movilizaría emigrantes a millares, y que ello traería grandes beneficios económicos al reino sardo. Sin embargo, la incomprensión del Parlamento y las dificultades económicas hicieron que la misma quebrara en 1857 y que varios de los diez barcos previstos para su equipamiento fueran subastados...
Pero para comprender mejor los inicios de la emigración italiana al Plata, es necesario, además, detenerse un poco en la evolución histórica coetánea de la región que predominantemente alimentará, en una primera fase, aquel fenómeno: la Liguria y en especial Génova.
Génova llega a su auge como potencia financiera conservando sin embargo aún su peso marítimo, hacia fines del siglo XVII. De ella nos dice, yapara el siglo XVIII, Rosario Villari: “La vida económica continuaba dominada por la actividad financiera basada en los préstamos a los estados”... “actividad que poseía escasa relación con el mundo de la producción y que por otra parte no generaba los grandes beneficios del período en él, cual Génova tenía”... a España como principal cliente. Se venían desarrollando en el siglo XVIII, el tráfico mercantil y las empresas de armadores, que modificarían sensiblemente la estructura de la sociedad genovesa. Entre la burguesía mercantil, los estratos populares y la pequeña nobleza se difundieron ideas de reforma política, a las cuales correspondería, en el clero, la difusión de ideas jansenistas. El poder se hallaba en manos de una aristocracia financiera, quienes pudieron resistir las presiones provenientes de los demás sectores sociales.
Pero a fines del siglo las cosas se habrían de modificar profunda e insólitamente, con la ocupación napoleónica (1797). Creada la República de Ligur, la misma tuvo vida efímera: en 1805 era anexada directamente a Francia.
Caído Napoleón (1815), la Liguria es entregada al Piamonte, incorporándose así definitivamente al reino de Cerdeña. Por un lado Génova perdía para siempre su amada calidad de estado independiente, que era tan cara (aunque ella le reservara, inexorablemente, un oscuro destino). Pero, por otro, se abrirá ante la misma un camino de crecimiento que nunca hubiera soñado pocos años atrás, al transformarse en el único puerto importante del reino de Cerdeña y como tal, en un centro neurálgico de la economía de este expansivo estado.
Cabe aclarar aquí algunos rasgos del carácter genovés, adquiridos por la peculiar inserción geográfica, política y económica de Génova en la historia de Europa. El estado de Génova supo, como pocos, mantener un equilibrio entre su fuerte amor a la independencia y la profunda necesidad, por otro lado, de insertarse en ámbitos político-económicos mucho más amplios y poderosos que el ligur.
Después de 1815, caído Napoleón, la política de la Restauración no pudo caspear el marasmo económico que se abatió sobre Europa. Los precios caen en 1817 a 1842. La Liguria sufre esa situación de deterioro económico general que aflige a Europa, crisis agravada por la política piamontesa, que veta la exportación de granos a Génova, creando así, en las tierras adyacentes, años de graves carestías, como la hambruna de 1817.
La Ciudad de Génova, ahora como puerto del reino de Cerdeña, tenía un movimiento naviero y comercial creciente. Y es, paradójicamente, centro de un cierto renacimiento económico. Así, el movimiento iniciado en el siglo XVII antes citado, se ve reforzado. Para 1830 la intensificación de la actividad mercantil y económica en general son un hecho visible. Ayudaba a ello el progreso general, en el Noroeste de Italia, de la agricultura y aún el muy desigual desarrollo industrial, que retrasado en cuanto a su equipamiento.
Sólo pocos centros industriales pudieron mantener y aún incrementar, a la sazón, su producción (uno de ellos fue Biella). Con todo: “El puerto de Génova, luego de una larga fase de decadencia retomaba un enérgico, facilitado por la abolición de los derechos preferenciales, que se habían vuelto muy dañosos para el comercio. Progresos relevantes se registraron también en la gran navegación oceánica, en especial hacia América Latina.
Cabe agregar que el aporte emigratorio italiano proveniente de las expulsiones y exilios motivados por las revueltas producidas en Italia en 1820 y en 1848-1849, fue de carácter más cualitativo que cuantitativo. Pero aunque movilizó relativamente a pocas personas, no se trataba de seres comunes. Eran hombres a menudo poseedores de una alta capacidad de acción y de un nivel cultural superior al medio, que les permitiría, merced al ideario que sostenían -liberales en general en dicha época.- entrar en contacto y obtener “ubicación” rápidamente en áreas como la del Río de la Plata, que se hallaba empeñada en luchas afines con sus principios,
Carbonarios, mazzinianos, republicanos y revolucionarios de distinta índole, encontraron en Génova uno de los escenarios más apropiados para desarrollar sus actividades, en general tendientes a destruir el poder absoluto de los reyes y las ideas derivadas de la Restauración, que los Saboya trataban, en las primeras décadas posteriores a 1815, de restablecer.
Una de las figuras centrales de muchos de estos movimientos revolucionarios, y quizá el principal ideólogo de los mismos fue, José Mazzini, nacido en Génova en 1805, en un ambiente tradicionalmente republicano, poco devoto de la dinastía de los Saboya. En 1821, muchacho aún, había quedado profundamente impresionado por la visión de los prófugos políticos que se embarcan hacia el extranjero. En 1827 se había inscripto en la Carbonería, y en 1830 había sido arrestado y detenido. Por ese entonces... “sus ideas políticas habían empezado a madurar. Exiliado en Marsella entró en contacto con los prófugos de 1831”...
Lo cierto es que ya desde 1820 sólo cinco años después de caído Napoleón- se habrán de producir en Italia una serie de revueltas contra la monarquía sabauda y otros regímenes monárquicos instaurados en la península. Las primeras ocurrieron en los años 1820 y 1821, y hallaron su causa en levantamientos militares encabezados por oficiales fuertemente influidos por las ideas de la Carbonería. Adhería a ellos parte de la nobleza ilustrada, pero carecían de todo apoyo en las clases medias y populares.
Dichos motines, triunfantes inicialmente, se habían realizado con la idea de implantar en Italia (Nápoles y Piamonte, lugares en que se produjeron los alzamientos), una constitución análoga a la española de 1812 (sancionada por las Cortes de Cádiz, en la España ocupada por Napoleón), que luego, en 1820, un golpe militar habría de poner en vigencia en toda España provocando así la huida del rey Fernando VII a Francia. La constitución de 1812 era liberal. Establecía la soberanía Nacional, la división de poderes, la unidad de la legislación, la inamovilidad de los magistrados, la libertad individual y de prensa, etc.
La represión fue dura y significó un cierto número de condenas a muerte y una cantidad mucho mayor de sentenciados a cadena perpetua, o por largos períodos. Obviamente, los prófugos y exiliados no fueron pocos.
La historia de los exilios políticos es rica en Italia, pero quizá falte aún una obra que las estudie en su conjunto.
Hoy hay ciertos indicios de que la temática ha despertado el interés de los historiadores. El caso de María Rosaria Ostuni, que se ha abocado al análisis del período 1890-1930, y cuyos primeros y esclarecedores resultados están ya a la vista, puede ser estimulante.
Continuar profundizando en la historia de los movimientos de exilio en Italia, no es pues abundar en un tema ajeno al de la inmigración italiana en la Argentina. Por el contrario: es ahondar en un aspecto importante que permite una compresión más adecuada de ciertos comportamientos de aquella en el país de destino.
Es indudable que las ideas políticas de origen italiano tuvieron un peso importante en la conducta de los italianos asentados en el Plata, quienes, eso sí, la adaptaron a menudo adecuándolas más a los conflictos de la colectividad, que a la situación local, sobre todo antes de que la integración social de los mismos introdujera en esta problemática nuevas e insospechadas facetas.

APARECEN Y SE CONSOLIDAN LOS ITALIANOS EN EL PLATA.

El laborioso e inteligente trabajo de Enrique Gandia nos aclara la situación en una serie de casos particulares, pero no nos revela la existencia de ningún conjunto de italianos que ofrezca, mínimamente, alguna característica -grupalmente hablando- de “italianidad”.
Para tener una idea más clara de ello, pasemos una rápida revista a las dimensiones cuantitativas que poseía la población italiana que vivía en la Ciudad de Buenos Aires, entre 1804 y 1816. Sobre un número total y casi permanentemente creciente de extranjeros, los italianos mantuvieron una media más estable, pues sumaron, en los años respectivos, las siguientes cantidades: 97 italianos en 1804; 66 en 1807; 82 en 1810; 99 en 1816.
En el lapso 1804-1816 -llegarían a ser el 22% de toda la población foránea (1804). En los años posteriores este por ciento incluso tenderá a declinar, a consecuencia del crecimiento de otros grupos Nacionales europeos, entre ellos los ingleses.
Pero la importancia social de los italianos y sus descendientes era por cierto mucho más relevante que su monto numérico. Un buen indicador de ello es el relativamente elevado número de apellidos de origen península que figuran entre las personalidades más descollantes de la Revolución de Mayo (Belgrano, Castelli, Alberti, Bertti, etc.) Con todo, no podemos ciertamente hablar ni de los rudimentos de una colectividad, ni siquiera de un “grupo de italianos”, pues dichas personalidades descollantes no eran italianos sino hijos de italianos, casados, por lo general, con damas argentinas de buena posición social en Buenos Aires. Razón por la cual cabe suponer que había una asimilación cultural marcada en los vástagos de los italianos mencionados.
La década de 1820, época en la cual se podrían tentativamente, ubicar los primeros asentamientos de ligures, prófugos de los motines de 1820 y 1821, pero especialmente marineros desertores de los buques sardos surtos en el Plata, en la Boca del Riachuelo.
En consecuencia, desde fines de los años 20 es verosímil hablar de un grupo de italianos que, poco a poco (y luego velozmente) crece poseyendo una verdadera identidad étnica. Pero que, como tal, no contiene elementos Nacionales sino básicamente, lealtades regionales dado que la boca estaba, en este período, ante todo poblada por genoveses.
El trabajo clásico sobre esta época, tan importante para una adecuada comprensión de la historia de los italianos en la Argentina, es el libro de Nicolás Cúneo “Historia de la emigración italiana en la Argentina”.
En las primeras estimaciones que hace Cúneo de la población italiana, figura la que se refiere al año 1838, en la cual dice que cerca de 8.000 sardos vivían en las orillas del Plata. De ellos, más de 3.000 se ocupaban del comercio de cabotaje amparados por la bandera Argentina. La razón de la adopción de chicho pabellón por parte de los sardos obediencia a la situación bélica existente: el bloqueo del puerto de Buenos Aires por el almirante francés Le Blanc, impedía el acceso de todo navío extranjero al mismo. De allí que el Gobernador de Buenos Aires, Juan Manuel de Rosas, tácitamente otorgara no sólo la posibilidad de usar el emblema patrio a los genoveses radicados en el Plata, sino, además a los marineros la oportunidad de desertar sin ser molestados, de los barcos sardos de paso, propiedad de armadores italianos radicados en la península. Protegerá así a Rosas con su silencio y disimulada indiferencia a estos numerosos barcos los que transportaban las mercaderías (sardos) y aquellos que las traficaban luego (comerciantes locales)
Las emigraciones de genoveses, aún solo en parte fueron causadas por razones políticas, hallaron pronto formas organizativas en las que el eco ideológico no se hallaba ausente, constituyendo así un interesante precedente de fenómenos posteriores análogos que se darán luego en el Plata.
En cuanto a las deserciones de los marineros de los barcos sardos, la isla Maciel era él , es decir, el lugar en donde los hombres de mar desembarcados, con el fin (y el pretexto) de buscar algún tipo de diversión en las pulperías allí existentes, hacían entonces sus contactos con otros ligures, para asegurarse así un trabajo conveniente en la Argentina. Estas deserciones constituían incluso una necesidad, por un complejo de motivos, entre los cuales no debe excluirse el sentimental. En primer lugar, si un ligur daba trabajo a otro ligur era cierto, a priori que la tarea rendía más. Por otra parte este ligur, en cuanto desertor de la nave (italiana) y clandestino respecto de las autoridades locales, estaba pues constreñido a mantenerse alejado de las oficinas y de los servicios del gobierno argentino. Podía recibir una paga superior a la que percibiera antes por su enrolamiento en la nave que abandonaba, pero inferior a la remuneración que correspondía al rendimiento que de él se esperaba en su nueva ocupación. Si el ligur asentado en el Plata y que le daba trabajo, poseía mujer soltera en edad de casarse, la deserción ofrecía, además, la posibilidad de tener un yerno que hablara el mismo idioma y tuviera las mismas costumbres y mentalidad. “La deserción era pues un buen negocio para todos: para Rosas, para el desertor, para sus connacionales residentes en el Plata y, a la larga, también para el país de origen, que obtenía importantes beneficios con el crecimiento de la colonia sarda.
La concreción quizá más tangible, de este mundo de audaces navegantes y hábiles mercaderes fue la ocupación, en la Boca del Riachuelo hacia 1829, de las primeras tierras sobre las que pronto se levantaron casuchas y barracas de madera, construidas sobre elevados palafitos, que se comunicaban entre sí por medio de pequeños puentes elevadizos.
Bartolomé Mitre alabaría a los italianos: “Hablaremos ahora de los italianos, ¿quienes son los que han fecundado estas diez leguas de terrenos cultivados que ciñen a Buenos Aires? ¿ A quienes debemos esas verdes cinturas que rodean todas nuestras ciudades a lo largo del litoral y aún esos mismos oasis de trigo, de maíz, de papas y arboledas que rompen la monotonía de la pampa inculta? A los cultivadores italianos de la Lombardía y de Piamonte, y aún a los de Nápoles, que son los más hábiles y laboriosos agricultores de Europa”...
El número de inmigrantes en la Argentina aumentó rápidamente durante la década de 1820. Hacia mediados de la del treinta había en Buenos Aires alrededor de 30 mil extranjeros, de los cuales 8 mil provenían de las Islas Británicas, 6 mil de Italia, 5 mil de Francia, 4 mil de España y Portugal y 3 mil de Alemania. Un cierto número de ellos se desempeñó en el comercio, en profesiones y en la ganadería; y muchos en el tráfico de ríos, de cabotaje y de ultramar.
En el primer Censo realizado en nuestro país (Censo de 1869) arrojaba para los italianos del todo el país una cifra del orden de las 71.000 personas, de las cuales unas 42.000 se habían aposentado en la Ciudad Buenos Aires, y 17.700 en la Provincia de Buenos Aires. Las otras provincias poseían un peso mucho menor.
Los italianos representaba, además el 22.4% de toda la población de la Ciudad de Buenos Aires, pero sólo el 7.3% de la población total del país. Su peso sobre todos los extranjeros era, en la capital, del 47.7%.
En el Censo de los italianos en el exterior levantado en 1871, daba un total de 56.000 italianos para todo el país, de los cuales correspondían a Buenos Aires y suburbios 44.800. a ellos había que adicionar unos 6.400 marineros, residentes en La Boca, la mayoría de ellos desertores o renuentes a acatar las directivas dirigidas a ellos por los censistas.
El gran incremento de la población italiana en el país, involucraba también la introducción de nuevas corrientes ideológicas, religiosas, etc., entre pequeños pero influyentes grupos de inmigrantes. Influencias que no fueron ajenas al lugar geográfico en el cual se asentaban las sucesivas olas de los recién llegados, ni a la actividad económica principal asociada a ellas.
La colectividad italiana nace, crece y madura paralelamente a la Constitución de la Argentina moderna. Pero no como una mera espectadora, sino como un agente de primera importancia en dicho proceso.


LAS CAUSAS ECONÓMICAS DE LA EMIGRACIÓN ITALIANA ENTRE LOS SIGLOS XIX Y XX.

El difícil tránsito entre el Settecento y la primera mitad del siglo XIX, constituye la fase en la que se define la capacidad de adecuación de la economía italiana a los ritmos que la revolución industrial inglesa y las nacientes relaciones capitalistas europeas imponen a los procesos de modernización. Esta capacidad parece extremadamente débil, sobre todo en lo que hace al sector agrícola y como respuesta a una presión demográfica que, si bien no es demasiado fuerte, impone nuevas urgencias a la base económica de las varias “Italias”. El crecimiento agrícola se basa más en un mecanismo horizontal, de expansión de las superficies cultivadas, que en un aumento de la productividad. Sobre estructuras productivas casi estacionarias se insertaban elementos capitalistas que se limitaban, a menudo, a la esfera de la circulación, contribuyendo a determinar una redistribución de la ganancia que, dando espacio a un número creciente de intermediarios y especuladores, terminaba por recaer sobre la cuota destinada al trabajo. Tenía así lugar una erosión de las estructuras agrícolas y la propiedad rural bajo la presión tanto de una creciente mercantilización, que reorientaba el ordenamiento de los cultivos en áreas crecientes de superficie agraria, como de relaciones de propiedad burguesas en vías de completa afirmación (debilitamiento de propiedades comunales, demaniales, usos cívicos y otros derechos de origen feudal que obstaculizaban la efectiva posesión de la tierra). Todo esto terminaba por convulsionar a consolidados y estables, aunque todo lo contrario que idílicos ordenamientos económico-sociales rurales, sin, por otra parte, echar las semillas de lo nuevo (por ejemplo se desarticulaba la equilibrada integración entre sembradío, pastura y bosque en las áreas de altas colinas y montañas, que constituían una parte tan grande de la realidad agrícola italiana).
El proceso de “acumulación originaria”, en la peculiar experiencia italiana, se dirigía con fuerza hacia un resultado de disgregación económica y social de la campaña, signada, en muchas áreas del país, por extendidos fenómenos de pauperismo (pobreza) rural, vandabundaje, expulsiones de un rol productivo estable, reducción de los consumos más elementales a niveles insoportables (por ejemplo: degradación de la composición del pan; aumento del consumo de maíz como alimento). Por estas razones de “modernización”, no conseguía superar los elementos más negativos del cuadro económico social de ancien régime: crisis de subsistencia (1816-17), epidemias (cólera de 1835-37; 1854-55; 1865-67; 1884-85) y las más modernas enfermedades de carencia alimentaria (la pelagra, que se mantiene hasta bien entrado el siglo XX), continúan golpeando periódicamente al mundo campesino y a las ciudades.
Se producía entonces una situación que tendía a estabilizar una superpoblación relativa, sobre todo en la agricultura, a un nivel hasta tal punto elevado como para contener una amplia cuota de superpoblación permanente. Aún siendo una población relativa a determinadas relaciones de producción, es sin embargo innegable que éstas se fueron transformando con ritmos y contenidos tan limitados, como para no ofrecer, durante todo un largo arco histórico agotado, ni una suficiente alternativa ocupacional, ni una base estructural para un desarrollo capitalista más maduro y para una “sana” industrialización (por ejemplo producción amplia y eficiente de bienes de subsistencia y de materias primas de origen agrícola para la industria; mayor demanda para consumos, inversiones y medios de producción por parte del sector agricola-campesino).
En los casos en que el cuadro económico se hacía más vivo, como en los procesos de especialización agrícola de grandes haciendas, de zonas y de regiones enteras (arrozales, viticultura, olivicultura, cultivos de tabaco, cultivos de grano para el mercado), el sector moderno de la economía agrícola mantenía sus márgenes de competitividad en los mercados internos e internacionales “saqueando” las cada vez más amplias fuentes de fuerza de trabajo, obligándola a migraciones internas y a trabajos estaciónales. Este “oportunismo” del naciente capitalismo agrario italiano era una enfatización de las inclinaciones de labor intensivas de la agricultura europea descriptas. Constituye la retaguardia de socialización del trabajo migrante que está sin duda en las espaldas de la masiva emigración italiana al extranjero, y que se llamó “inquietud” territorial de las fuerzas de trabajo rurales en la Italia pre-industrial.

CICLO Y ESTRUCTURA.

Los estudios sobre los movimientos migratorios han demostrado siempre cuán difícil es individualizar las causas de un flujo emigratorio, medir su incidencia sobre un diagrama temporal de las expatriaciones, separar las causas internas de las externas, las causas económicas de las “extraeconómicas”.
En el conjunto de factores que inciden sobre la emigración italiana entre mediados del siglo XIX y la Segunda Guerra Mundial, es preciso sin embargo poner en evidencia una relación general directa entre crecimiento económico y expatriaciones. En los períodos de país sufre una aceleración. Esta paradoja se justifica de diversos modos. El primero, acerca de Italia a una experiencia europea ya consolidada, en virtud de la cual fue normal que un país en vías de industrialización conociera contemporáneamente hemorragias emigratorias (Islas Británicas, Alemania, Suecia), debidas al impacto “destructivo” del sistema fabril, de los reacomodamientos agrarios y a aquella incongruencia cualitativa y subjetiva entre demanda y oferta de trabajo que fue típica de las fases de drástica dislocación de los status sociales y profesionales (campesinos independientes; Artesanos; etc.).
La experiencia italiana, sin embargo, implicó acentuaciones y especificidades respecto a los ya probados modelos migratorios europeos, como ser:
A) El carácter parcial, fraccionado y diluido en el tiempo de su “despegue” industrial, que, en definitiva, podemos considerar extendido a lo largo de un arco temporal que va desde el “trienio febril” 1870-73 al “milagro económico” de los años 1958-63 y a sus efectos en cascada sobre áreas y sectores marginales (1963-73): casi un siglo siempre acompañado por la emigración.
B) Que el desarrollo económico italiano haya sido “remolcado” por la coyuntura internacional: lo cual hizo coincidir los períodos de máximo crecimiento con los de máxima demanda internacional de fuerza de trabajo italiana (emigración).
C) El carácter “artificial y parcial de los momentos y episodios de modernización industrial, concentrados en pocas y restringidas áreas geográficas regionales y en pocos sub-sectores manufactureros, con la amplia exclusión de la agricultura.
D) El papel completamente subordinado que la agricultura tradicional jugó en relación con la formación de una base industrial (precios relativos; compensaciones de los déficit de la balanza de pagos; flujos financieros; aún a través de las remesas de los emigrantes; reserva de fuerza de trabajo, aún a través de la emigración temporaria).
El conjunto de este modelo de desarrollo comenzó a operar con claridad justamente a partir de la crisis agraria de 1880 que marcó, contemporáneamente, el inicio de una emigración de masas desde el país, la crisis agraria fue pro otra parte precedida y seguida por las decisiones de política económica que reforzaron el impulso al éxodo: la elección librecambista después de 1860, que debilitó bruscamente al más atrasado sector textil manufacturero preindustrial; la llegada del proteccionismo a fines de los años ochenta, que retardó la reestructuración y el acrecentamiento de la eficiencia en la parte más atrasada de la economía italiana, agricultura incluida.

3. PAUPERISMO, ASISTENCIA, CRIMINALIDAD.

La gran emigración italiana dio sus primeros pasos paralelamente a la construcción del nuevo estado unitario. Una de las posibles explicaciones de esta concomitancia puede buscarse en el cambio de actitud de la nueva clase dirigente liberal hacia las instituciones y las políticas por así decirlo “asistenciales” de los preexistentes Estados D’ancien régimen.
El rencor hacia las usurpaciones de los bienes comunales, hacia el acaparamiento de los bienes eclesiásticos enajenados y de los loteos, hacia la administración “egoísta” de los patrimonios de las obras pías y de los institutos crediticios del grano, asume su pleno significado acerca del porque de la emigración.
También la decadencia del sistema de amortización vinculado a las transferencias públicas (gobiernos, administraciones locales, iglesias) y ligado al imponente aparato de beneficencia y fuerte preponderancia, cultural y patrimonial, de la Iglesia católica y sus difundidos fenómenos de sanfedismo y su correspondiente paternalismo, con lo cual las viejas clases dominantes trataron de captar el consenso popular en función antiburguesa en el periodo del resurgimiento. La burguesía italiana, que en la primera mitad del siglo XIX había discutido largamente acerca de los “incentivos del ocio” y del consumo improductivo, desmanteló, después de la unidad, este aparato asistencial. A ello era impulsada también por las estrecheces del presupuesto estatal, por la perspectiva de grandes esfuerzos financieros para inversiones productivas y por la convicción de que la campaña constituía una fuente natural de ejército industrial de reserva, tan amplio como para no requerir políticas onerosas de mantenimiento de la superpoblación relativa..
Dice Marzuttini: “...una cantidad casi inmensa de individuos, empujados desgraciadamente del campo a las ciudades que, no encontrando ya lugar donde colocarse y prestar a otros sus servicios, están no pocas veces obligados, como plantas parásitas, aún contra su voluntad, a vivir a cargo de la restante sociedad acomodada y de sus hermanos laboriosos y útiles...”. Una sociedad marginal, entonces, que se encaminaba a la deportación y al trabajo coactivo. Pero la solución no residiría en las colonias de deportación de ultramar o en los pueblos agrícolas de colonización interna (proyecto parecido al de “reforma agraria”): grandes oleadas de “trabajo productivo (trabajos públicos) y de emigración, a menudo en alternancia entre sí, fueron el medio natural para reconvertir el pauperismo y las estructuras asistenciales a las necesidades del desarrollo. Fue, pues, una reconversión en términos de competo y rápido ahorro, dado que en el siglo XIX pocos países como Italia tuvieron un costo-oportunidad del aspirante a emigrar tan bajo (costo de crianza, de transporte y de asistencia a la emigración).
Las fuentes criminológicas de fines del siglo pasado ponen en evidencia, finalmente, cuál era el mecanismo global de expulsión de la fuerza de trabajo marginales y qué rol jugaron en él las autoridades encargadas de la tutela del orden público. La falta de trabajo empuja a masas semi-proletarias siempre mayores a la zona gris del “crimen” y a la espiral de persecución por parte de las autoridades. De esta espiral se salía, a menudo, sólo a través de una expatriación o un traslado a una gran ciudad.

4. LA PRESIÓN DEMOGRÁFICA.

La liberación de la fuerza de trabajo y su acumulación por parte del tren demográfico son procesos interdependientes entre sí en el desarrollo concreto del capitalismo en Italia.
La presión demográfica fue uno de los canales a través de los cuales las diversas formas asumidas por las relaciones de producción en la agricultura, aparentemente eternizas y estáticas, se integraron en el proceso de diferenciación económico-social que tenía lugar en la campaña y con los otros sectores extra-agrícolas del mercado de trabajo.
El Comizio agrario de Fabriano, escribe en 1880 que: “numerosas familias de colonos están obligadas a subdividirse, porque sus componentes son excesivos para la tierra que cultivan y esto tanto más porque todos los jóvenes campesinos son adversos al celibato. Por ello se da un aumento de las familias mientras los terrenos cultivables siguen siendo los mismos. La necesidad hace de ellos tantos obreros que emigran a la Maremma”.
Con la emigración este excedente demográfico se filtraba lentamente en el mercado capitalista de trabajo Nacional e internacional, lo que evitaba la desarticulación de la estructura formal de la sociedad rural, consintiendo en que una parte importante de la fuerza de trabajo excedente continuara teniendo como referente a la hacienda agrícola, a la casa rural. En Fabriano, la clase dirigente local estimuló a los poderes públicos para que establecieran tarifas ferroviarias acomodadas para viajes de trabajo de emigración temporaria de mano de obra rural desde el área de Fabriano a la campaña romana, sobre todo después de que cesó la absorción en los trabajos ferroviarios a lo largo de la línea de construcción Ancona-Roma.
La segunda mitad del siglo XIX constituye el punto culminante del ascenso del tren demográfico italiano de larga duración, un punto que coincide significativamente con el inicio de una emigración de masas del país. Pero también en el corto y medio período, a picos de crecimiento demográfico pueden ser adjuntadas, con un lago de alrededor de veinte años, oleadas de éxodo.
El peso del componente demográfico se acrecentaba en las regiones que en los inicios de la industrialización italiana se mantuvieron, hasta la Primera Guerra Mundial, al margen del desarrollo. En el Mezzogiorno, en particular, se manifestaba el crecimiento demográfico de subdesarrollo típico de las sociedades investidas de elementos de modernización externos, de naturaleza institucional, suficientes para hacer descender la tasa de mortalidad, pero que no encuentran adecuada contrapartida en transformaciones económico-sociales en grado de reducir, después de un cierto tiempo, la natalidad y de proveer a la creación de nuevos puestos de trabajos.

5) LAS PENURIAS MONETARIAS DE LA CAMPAÑA.

La introducción de relaciones capitalistas en la campaña italiana, sobre todo en aquellas zonas sociales que se defendían detrás de la debilitada barricada del autoconsumo, fue una creciente necesidad de dinero. A través de esta necesidad se filtraba, aún en las economías de empresas familiares más cerradas, la ley del valor, que obligaba a llevar las cuentas de la ganancia campesina y de la productividad de los factores.
En lo que hace a su vinculación con la emigración, la demanda de moneda no era por cierto un hecho nuevo en la experiencia de la campaña europea: Kautsky recuerda que con las ganancias de los emigrados se pagaban los arriendos agrícolas en Irlanda y los impuestos territoriales en Alemania. Las penurias monetarias que atormentaban a la campaña Italia y que estuvieron en el origen de muchas decisiones de expatriación o de emigración interna, para ir a buscar allí donde se encontraba aquel dinero que no llegaba a pasar por las manos campesinas, se llamaban, en términos precisos, impuestos territoriales, de registro y de sucesión, deuda hipotecaria y de colonato, usura, gastos varios de sucesión. Detrás de estas apariencias monetarias se escondía, obviamente, una crónica insuficiencia y variabilidad de la ganancia. Se trata de un proceso de lejanos orígenes, que ya en el siglo XVIII empujaba a braceros y pequeños propietarios a descender a las maremme y al Agro “... para procurarse el alimento y lucrar para pagar los impuestos y sus otras deudas”. En algunas comunas de emigración estacional de la zona de Cuneo, por ejemplo, la pequeña propiedad debía afrontar, durante las primeras décadas post-unitarias, una duplicación de los impuestos territoriales, el incremento de los gastos judiciales, dados los frecuentes litigios en materia de propiedad, y de los impuestos sucesorios, una pesada deuda hipotecaria y la espada de Samocles de una venta con cláusula de rescate, que en realidad disimulaba vínculos crediticios semi-usurarios.
La usura explícita y aquella, apenas disimulada, de las ayudas, los intereses sobre anticipos y sobre deudas de colonato consolidadas, son los pesos que gravan una gran parte de la campaña italiana, sobre todo en torno al cúmulo de pequeños arrendamientos, parcelas en colonato y medierías desnaturalizadas que asumen caracteres específicos en cada una de las regiones de Italia. Estos pesos son una versión moderna, puesta al día de acuerdo al standard de los vínculos jurídico-sociales del Código Civil, de una antigua relación de servidumbre. No por causalidad los propietarios, en la fase inicial de la gran emigración, se lanzaron simultáneamente contra quienes partían dejando deudas impagas y contra la atmósfera de insubordinación que se respiraba en las tierras atacadas por la fiebre del éxodo. Un campesino de Cúneo, partiendo hacia América, dice a Agostino Bertani, que lo interroga en los muelles del puerto de Génova: “...no conviene atormentarse para quedar atrapado por las deudas”.
En Calabria un tomolo anticipado por el propietario durante el invierno era restituido en la época de la cosecha aumentando en la mitad, es decir con un interés Anual de más del 100%, mientras los impuestos se llevaban en promedio el 25% de la ganancia. En Basilicata el interés sobre las semillas, sobre las ayudas y sobre el arriendo atrasado podía fijarse en alrededor del 25%, pero también por pocos meses, y en el 60% Anual, un repatriado que había vuelto con 20.000 liras de ahorros, empleó 10.000 para saldar las deudas de la familia, mientras que los pequeños propietarios asistidos por las remesas de dinero del exterior comenzaban por primera vez a pagar los impuestos con puntualidad.
En el Véneto la oposición clerical acertaba al calificar al régimen Fiscal del Estado unitario como un instrumento destructor de la pequeña propiedad: en los remates por insolvencia hacia el fisco hubo lotes estimados en 10 liras; en el alto Polesine, una pesada deuda hipotecaria se acompañaba con estimaciones catastrales que se habían elevado a causa de un efecto de rebote, sobre los valores inmobiliarios de la zona, de las obras de bonificación vecinas.

PEQUEÑA PROPIEDAD Y AGRICULTURA DE MONTAÑA.

Se trataba de micro-formaciones económicos-sociales que opusieron una extremada resistencia a la proletarización, sacudidas, muchas veces, por tensiones y conflictos internos.
Esta área social de la campaña italiana debía buscar trabajo fuera de los límites de la propiedad familiar. En una localidad del Polesine la emigración de los pequeños propietarios se inició cuando una gran propiedad, a la muerte del patrón, pasó de la explotación directa a un sistema de pequeños arrendamientos, cuyos titulares evitaban cuidadosamente el recurrir al mercado de trabajo ocasional y jornalero alimentado justamente por la pequeña propiedad.
La elevada conflictualidad de las cuestiones relativas a la propiedad y la íntima inestabilidad y amoralidad del grupo familiar productor (autoexplotación, celibato forzoso), testimonian en qué medida aquél estaba cercano incluso al límite social a la ruptura. En las áreas caracterizadas por la pequeña propiedad campesina, el camino de la emigración era abierto o más intensamente recorrida por los llamados figli di familia (jóvenes hijos varones privados de perspectivas inmediatas para la emancipación económica y familiar). Ellos a menudo transformaban un tradicional flujo de emigración temporaria en expatriación definitiva o elocuentemente, se casaban antes de partir para el exterior. Ponían en claro así el distanciamiento de la vieja empresa familiar de origen, alrededor de la cual se entrecruzaban a menudo ciclos familiares y ciclos emigratorios (expatriación del padre, luego del hijo mayor, retorno del padre, expatriación del hijo menor), y teniendo en la esposa en su pueblo al más confiable depositario de las remesas.
La pequeña propiedad de las áreas de montaña, empujada hacia cotas altimétricas cada vez más elevadas por la presión demográfica y a través del mecanismo de la tala de bosques/industria de la madera y el apoderamiento de las tierras comunales, debía afrontar dificultades adicionales respecto de la del área de colinas: una tierra inadecuada para los cultivos de sembradío y con bajos rendimientos; períodos invernales durante los cuales la nieve detenía el trabajo agrícola. En al montaña, la emigración estacional era connatural a su constitución agraria, como en las zonas alpinas de las provincias de Cuneo, Novara y Turín. Algunos datos relativos al Véneto y al Friuli muestran cómo la masiva emigración temporaria de las zonas de Belluno y Udine estaba estrechamente ligada a la relevante presencia de pequeñísimas propiedades territoriales escasamente remunerativas.
Junto a este modelo de emigración temporaria, característico de la propiedad agrícola de montaña, tenía lugar un proceso de crisis y éxodo definitivo, sobre todo en el caso de las relaciones de producción agrícola distintas de la pequeña propiedad y para las áreas, como el Mezzogiorno, donde la integración laboral con la llanura y con otros sectores productivos extra-agrícolas era más débil y encontraba especiales dificultades. El asentamiento permanente, a través de la expansión de las pasturas, el crecimiento del número de animales, la recomposición de la propiedad y la disminución de los sembradíos: lo que conducía a una necesidad estructuralmente más baja de fuerza de trabajo. Se trató de una reducción histórica de las posibilidades de la empresa marginal, de un retroceso del ordenamiento de los cultivos y de la densidad de instalación en los terrenos altimétricamente más elevados. Fueron así puestas fuera del mercado de tierras, cultivos, técnicas, niveles de remuneración del trabajo y un modo de producción depredatorio que, después de las talas de bosques y de la intensificación de los cultivos, explotaba los altos rendimientos iniciales de la transformación de las tierras en sembradíos, para desembocar rápidamente en el agotamiento, en el punto de crisis donde se hacía evidente el haber vivido (mal) del capital antes que de la renta.
En la crisis agrícola de la montaña se insertaban, a veces, rupturas casi físicas del antiguo equilibrio entre monte y llanura. La intensificación capitalista y mercantil de la producción del Agro Romano, por ejemplo, excluyendo el pastoreo, arruinaban a una lejana empresa agropastoril trashumante del bajo Molise y de los Apeninos de Umbría, Las Marcas y los Abruzos.

OFICIOS ARTESANALES Y MANUFACTURA RURAL.

Entre los muchos aspectos que la caracterizan, la emigración italiana entre la unidad y el período de entre guerras fue también un recurso con el cual una generación de artesanos agotó una capacidad profesional que era cada vez menos solicitada en su mercado de trabajo local. Estos buscaban, a través de la emigración, evitar una costosa reconversión ocupacional a través de: a) ampliar el radio geográfico de acción para hacer frente a una demanda decreciente para este tipo de prestación de trabajo; b) dirigirse hacia economías más atrasadas, como las zonas agrícolas de frontera de los continentes, donde se reproducía una estructura productiva extra-agrícola de tipo tradicional y substancialmente autárquica; C) aprovechar algunas rigieses del mercado de trabajo de los países económicamente más avanzados, inventando una profesionalidad muy específica, lo cual a menudo implicaba una descalificación y limitaba peligrosamente con los oficios vergonzosos.
El artesano, en el momento de la primera expatriación a menudo precede al campesino, y su crisis del tejido económico circundante, que él advierte primero, tal vez más bruscamente antes de que lleguen las mercancías capitalistas, nacionales y de importación.
A partir de los años ochenta se iba alterando en muchas zonas del país un delicado equilibrio en la distribución de la fuerza de trabajo rural entre las varias ocupaciones, a causa de la caída de la manufactura doméstica campesina.
La manufactura doméstica campesina permaneció en el estadio elemental del autoconsumo y de la circulación local.
Desde el punto de vista del modelo de acumulación, en el precoz ocaso de la industria campesina encontramos una de las primeras huellas de una opción general que iba madurando en el campo de la estrategia del desarrollo a favor de una acumulación centralizada institucionalmente, dado que el Estado y una aristocracia bancaria y del dinero fueron sus agentes fundamentales. Las pocas áreas urbano-industriales nacientes no consiguieron hacer frente con su demanda de trabajo a una campaña desguarnecida, de la cual provinieron, como en Lombardía, Piamonte y Liguria, tanto uno de los primeros masivos movimientos emigratorios como la concomitante crisis de la industria rural. Centralizada sectorialmente, como lo demuestran los. Precoces y elevados índices de concentración capitalista registrados en los sectores industriales sucesivamente afectados por la acumulación (siderurgia, química, electricidad), aún a costa de crear recurrentes excedentes de capacidad productiva instalada.
En síntesis, se trató de un mecanismo de acumulación particularmente desinteresado por el derroche y la subutilización cuantitativa y cualitativa del factor trabajo, en la certeza de que de la creación de un desmesurado reservorio de sobrepoblación latente y estancada, de dimensiones muy superiores a lo necesario, no podía derivar en nada que no fuera conveniente.

DESOCUPACIÓN, SALARIOS Y CONTRATOS AGRARIOS.

Entre los siglos XIX y XX, se indica como causa general de expatriación un bajo nivel de salario agrícola, a menudo unido a un bajo número de jornadas trabajadas en un año, dos cantidades ligadas entre sí por una relación inversa.
En la Polesine, durante los años ochenta y noventa, la desocupación crónica golpea a los trabajadores ocasionales y es causada tanto por el paso de un régimen de explotación directa a un pequeño arrendamiento (o peor, subarrendamiento) que ahorraba trabajo asalariado, como por la finalización delos trabajos de bonificación que habían ocupado a amplias masas de carretilleros y excavadores: a partir de aquí se inicia una fuerte emigración. Entre fines del XIX y principios del XX, las jornadas trabajadas en promedio en un año por un asalariado agrícola son 120 en Pignola (Potenza), 160 en Celico (Calabria), 138 en Argenta, 145 en Bondeno, 163 en Copparo y 160 en Portomaggiore, 100 en Foggia. En la zona de Ravenna las transformaciones en los cultivos y la superpoblación de medieros, causada por el fin del fraccionamiento, habían llevado, en los años noventa, el promedio de días trabajados en un año a 60-70, concentradas por lo demás en restringidos períodos de tiempo.
La situación de bajos salarios agrícolas era una verdad válida en general, y que se agravaba ulteriormente al fracturarse en una infinidad de condiciones salariales, síntoma de una conexión todavía débil entre los varios mercados zonales y regionales del trabajo. Las 6 - 7 - 15 liras por jornada de trabajo de ocho horas que se ganaban en los Estados Unidos o la ganancia mensual en Argentina, similar a la Anual de un asalariado agrícola meridional, eran un poderoso punto de referencia para esta mano de obra que recibía 0,60 - 2,60 liras por jornada larga de trabajo.
En la Italia septentrional el crecimiento de la desocupación rural o semirural era el resultado de una inserción de las cíclicas crisis industriales en las latentes dificultades de la agricultura. Deben interpretarse por lo tanto como ulteriores impulsos a la expatriación de depresión de la seda de 1876-77, la crisis general de los años 1888-96, que expulsaba de las ciudades piamontesas a los campesinos apenas urbanizados, la crisis de desocupación industrial y agrícola que estalló en 1912-13 y que dio el impulso al más grande boom emigratorio Anual de la historia italiana.
Una causa menos coyuntural para explicar el momento de inicio de los grandes flujos de emigración del país es el agotamiento. Hacia fines de los ochenta, de una fase de grandes obras públicas y privadas (ferrocarriles, saneamientos urbanos y grandes ciclos edilicios postunitarios, bonificación de tierras). Estos habían sido uno de los principales amortizadores de la desocupación endémica del proletariado semiagrícola.
El tema de la emigración como válvula de seguridad, cuyo funcionamiento es puntualmente verificable, tanto como alternativa directa a la protesta colectiva y a la lucha político-sindical, cuanto como instrumento de canalización del reflujo después de fases de insurgencia y represión. A nivel Nacional, los primeros modestos pero significativos saltos cualitativos del número de expatriaciones anuales, coinciden con las fases de más agudas dinámicas de clase: después de 1866, e coincidencia con agitaciones y huelgas contra los impuestos y el costo de la vida; con el pico emigratorio de 1869, el año de los motines contra el impuesto a la molienda; con el otro pico emigratorio de 1873, año en el cual se registraron 103 huelgas. En el norte los casos más notorios son los de la zona de Mantua, donde, después del ocaso y la reabsorción de las luchas agrarias de 1873, tiene comienzo un gran éxodo transoceánico, y el del Polesine, donde la emigración. Iniciada después de las inundaciones de 1882, se había detenido súbitamente en ocasión de las obras públicas y del gran período de luchas agrarias del valle del Po de la boje (1884-85), para reiniciarse con fuerza con los grandes éxodos transoceánicos de 1888 y 1891, que sonaron como una explícita respuesta a la represión patronal y gubernamental.
La combatividad campesina se mantiene en cierto modo como alternativa a la emigración agrícola hasta 1885 y después de 1908. Entre estas dos fechas, en cambio, las luchas agrarias asumen un movimiento claramente paralelo al de las expatriaciones; una señal muy eficaz, ésta, para marcar la coexistencia de dos mundos sociales y de dos diferentes y contemporáneos modos de responder al descontento por parte de las clases rurales: el del proletariado de braceros, que lucha, y el de semiproletariado campesino que emigra. Para la industria el paralelismo se observa en algunos años del período 1886-1893, 1901-1908 y 1912-1914, pero, en este caso, la relación es en general menos estrecha y hace pensar, más bien, en una cierta osmosis alternativa entre emigración y lucha de clases.
La inmediata postguerra ofrece otra ocasión para verificar el vínculo, ya subterráneo, ya explícito, entre emigración y dinámica de clases, un vínculo que reemergía a veces de manera imprevista, como en el caso de la oleada de retornos de 1919-20 en el Mezzogiorno, para participar en el movimiento de ocupación de las tierras, rápidamente seguido por una oleada de reflujo de expatriaciones, más difundida regionalmente a comienzos de los años 20, después que maduraron graves derrotas sindicales (ocupación de las fábricas y de las tierras) y políticas (advenimiento de fascismo).

EL MERCADO INTERNACIONAL DEL TRABAJO.

Las condiciones generales de demanda internacional de trabajo migrante que entre los siglos XIX y XX hicieron posible la gran emigración europea, ni a la instrumentación técnica que efectivizó esta demanda en Italia en los lugares de partida (navegación, costos de transporte, agentes de emigración, pasajes gratuitos para América Latina y otros sistemas de financiación de la expatriación, etc.). Nos interesa, en cambio, subrayar los caracteres específicos que permitieron a la emigración italiana ir describiendo su parábola, ganando paulatinamente, desde mediados del siglo XIX hasta los años veinte, puestos cada vez más elevados en la gradación de los países de emigración. Estos caracteres se pueden esquematizar así:
a) La emigración italiana cubrió en forma creciente la fase final de un largo ciclo de crecimiento extensivo de la economía mundial, que se cierra con la Primera Guerra Mundial. El emigrante italiano se mostró particularmente apto para hacer frente a la demanda de trabajo que nacía del advenimiento de la “gran depresión (1873), en función estabilizadora de los salarios y de sustitución de fuerzas de trabajo Nacionales o de trabajadores pertenecientes a otros grupos étnicos que habían inmigrado precedentemente. Estaba dispuesto a aceptar al menos en una primera fase, las nuevas condiciones de trabajo impuestas por los procesos de reestructuración técnico-económica, entre los cuales las finalidades explícitamente anti-sindicales aparecían a menudo en primer plano. No debe olvidarse que después de 1870 una gran parte de la burguesía del mundo occidental y de sus apéndices coloniales persiguió el sueño de tener clase obrera sin tener movimiento obrero.
b) Los emigrantes italianos, dispuestos a expatriarse por muchos años pero también a retornar a la patria desde ultramar, cubrieron picos históricos excepcionalmente elevados de demanda de trabajo, como la oleada de obras públicas (edilicias, ferrocarriles) que parte de mediados del siglo XIX, demostrándose particularmente aptos para responder a esta demanda en sus bruscas variaciones temporales y geográficas (del Canal de Suez, a los ferrocarriles de Europa Oriental y a los de Norteamérica). La emigración italiana se especializó también en sectores de características cíclicas más elevadas que la media (carbón, edificación). En esto cumplió también una función política, consintiendo a los países que utilizaban esta oferta de trabajo el no crear demasiada clase obrera.
C) La emigración italiana, a pesar de las perturbaciones del ciclo económico, estuvo en condiciones de crecer casi siempre porque operó sobre al menos tres distintos mercados mundiales de trabajo: los países industrialmente consolidados de Europa; el gran mercado norteamericano del take off industrial; los nuevos territorios agrícolas y productores de materias primas de América Latina, Australia, África del Norte. Estos tres mercados estaban ligados por un sistema de integración económica internacional (comercio exterior, movimientos de capital, movimientos de fuerza de trabajo), que permitió en cada fase coyuntural y al menos a uno de ellos a tirar hacia adelante. Como ejemplo significativo obsérvese el comportamiento de la inmigración italiana en los países de América del Sur: su crecimiento es tanto más veloz cuanto más amplio es el deterioro de los terms of trade del comercio exterior de esta área del globo.
D) La suerte de la emigración italiana, sobre todo de aquella que se dirigía hacia los nuevos territorios, parece jugarse sobre el filo de algunas grandes compatibilidades jurídico raciales que la explosión de los movimientos migratorios mundiales del siglo XIX terminaba por poner en discusión: corte de la inmigración de coolies chinos en los Estados Unidos y América latina; detención de la inmigración japonesa y de las migraciones internas negras en los Estados Unidos; abolición de la esclavitud en brasil, corte de la inmigración asiática y melanesiana de Australia. Todos estos procesos tuvieron una respuesta puntual en el inmediato y sucesivo salto hacia adelante de la inmigración italiana.
e) Otra especialidad de la emigración italiana, aún más allá de toda retórica sobre las bondades del trabajo italiano en el exterior, fue su elevada calidad “preindustrial”, su elevado nivel de profesionalidad tradicional, aún agrícola. Esta calidad sub-remunerada permitió a menudo a los emigrados italianos ocupar algunas zonas vacías, o que se habían descubierto, del tejido económico de países en vías de rápida industrialización (agricultura europea; sector de distribución y de servicios varios; artesanado; etc.) o de países afectados por veloces procesos de transformación agraria y puesta en producción de nuevas tierras (América Latina).

LA CADENA MIGRATORIA DE LOS ITALIANOS A LA ARGENTINA.

La migración en cadena es “aquel movimiento por el cual los presuntos emigrantes se enteran de las oportunidades, son provistos de transporte y obtienen su inicial ubicación y empleo, por medio de relaciones sociales primarias con emigrantes anteriores. Opone esto a la emigración organizada impersonalmente, a la que define como “un movimiento basado en el reclutamiento y la asistencia impersonal. Hay, según Mc. Donald, tres tipos de cadenas. En primer lugar, una cadena de inmigrantes recién establecidos, incluyendo algunos padroni que animan a otros de su pueblo o zona a emigrar; en segundo lugar, una emigración en serie de trabajadores; y en tercer lugar, una emigración de sus familias.
Charles A. Price ofrece una más amplia formulación del concepto. Identifica cinco etapas en el proceso migratorio. La primera es la llegada del pionero a su nuevo destino, cuya elección muchas veces es determinada por accidente. En la segunda, el pionero persuade a otros hombres del mismo pueblo o región a unírsele. Durante la tercera, el grupo establecido, que ha formado ya una colonia estable, manda a buscar a sus esposas, hijos y novias. En este período, los miembros de la comunidad comienzan a experimentar la movilidad geográfica y laboral, manifestada en la vinculación secundaria con la sociedad receptora. La cuarta y quinta etapa se definen por la aparición de una segunda y tercera generación con continuada movilidad ocupacional y geográfica y crecientes tensiones generacionales.
Frank Sturino amplía el concepto, para él son dos los conceptos que proveen la base operativa, de la cadena: espacio social y parentesco. En su estudio del área de Rende de Cosenza, Sturino encontró que “existía una unidad de interacción socioeconómica, a menudo cara a cara, aproximadamente limitada a un radio de diez kilómetros desde Rende” que incorporaba a las ocho comunas circundantes. La interacción a nivel económico-social entre los individuos dentro de esta área constituía el “espacio social” de los habitantes. En lo que respecta al parentesco, Sturino rechaza el enfoque de Banfield en “los estrechos intereses de la familia nuclear”, y en cambio, explora “la coherencia de una parentela más amplia, la importancia de los amigos y vecinos y el intrincado sistema de deberes y obligaciones que unen a los individuos entre sí”. Los conceptos de espacio social y parentesco nos permiten determinar quien es integrante probable de la cadena y quien nó.
Tomadas en conjunto estas diferencias formulaciones proporcionan el perfil esencial de la idea de cadena migratoria. Aunque estos tres estudiosos y otros enfatizan diferentes aspectos del concepto, sin embargo los tres autores coinciden que los contactos personales, comunicaciones y favores entre familias, amigos y paesani en ambas sociedades, emisora y receptora, fueron los factores fundamentales para determinar quien emigraba, como elegían su destino, donde se establecían, cómo obtenían trabajo y con quién se relacionaban socialmente. El segundo punto deriva del anterior. El proceso migratorio puede ser mejor estudiado en pequeña escala, en el ámbito de individuos, familias, redes de parentescos y aldeas o conglomerados de aldeas. El tercer punto también se desprende del primero aunque hay menos acuerdo ante los estudiosos acerca de su importancia. Y es que la inmigración se conoce mejor en su totalidad, incluyendo el marco de referencia del viejo mundo así como la evolución de la situación en la nueva sociedad. Una importante ventaja en la idea de cadena migratoria es que subraya la complejidad y variedad de resultados posibles en el proceso migratorio, y el peligro de emplear tipologías y secuencias amplias para su estudio.

CARACTERÍSTICAS REGIONALES, DEMOGRÁFICAS Y OCUPACIONES DE LA INMIGRACIÓN ITALIA.
(1880-1930).

LAS REGIONES DE ORIGEN.

La República Argentina constituyó junto con los Estados Unidos y Brasil uno de los puntos principales de atracción de la inmigración Italia hacia América.
En el período de análisis de las distintas regiones italianas de origen tuvieron un aporte diferenciado en los países de destino mencionados e incluso cambiantes en cada uno de ellos.
Del conjunto de italianos que emigraron hacia cualquier destino entre 1880 y 1929 - 16.986.924-, del norte occidental eran el 22,5%, del norte oriental y central el 37.9% y del sur el 39.6%, solamente en el primer quinquenio, es decir entre 1880 y 1884, existió predominio de las regiones del norte. Resulta evidente que estas regiones, las de mayor desarrollo industrial, proveyeron los contingentes de la emigración continental y que perdieron magnitud relativa (ya que aumentaron sus valores absolutos) cuando se hace masiva la emigración a países de ultramar. En efecto, Estados Unidos y Brasil no recibieron un volumen considerable de italianos del norte; aunque, en cambio, la República Argentina si recibió aportes mucho más importantes de estas regiones.
Por otro lado, a fines del período de la emigración italiana proveniente del sur comienza a ceder frente al resto de regiones. Esta caída se debe a que el principal receptor de la emigración meridional eran los Estados Unidos y es a partir de esa época en que se limita la inmigración a ese país.
Las regiones de origen de los italianos que llegaron al país estuvieron relativamente más distribuidas. Existió a lo largo del período de peso estable de los que prevenían de Italia Nordoriental y central y que osciló alrededor del 20%. Las dos grandes regiones restantes tuvieron predominio alternante en distintos momentos.
Hacia 1895 las regiones de mayor peso fueron las del norte; a partir de esa fecha se revierte la tendencia y el mayor número proviene del área meridional esto equivale a un aporte numérico general mayor a estas regiones, en la medida que se produce cuando la migración italiana fue más voluminosa.


Emigrantes italianos hacia la argentina por grandes regiones, 1880-1929

Períodos Grandes Regiones Total Cantidad de Habitantes
Nord-occid Nord Or. y Central Meridional e Insular
1880-84 59,8 16,8 23,4 100 106.953 Habitantes
1885-89 45,3 24,4 30,3 100 259.858 Habitantes
1890-94 44,2 20,7 35,1 100 151.249 Habitantes
1895-99 32,3 23,1 44,6 100 211.878 Habitantes
1900-04 29,2 19,6 51,2 100 232.746 Habitantes
1905-09 26,9 20,1 53 100 437.526 Habitantes
1910-14 27,4 18,2 54,4 100 355.913 Habitantes
1915-19 32,3 23,1 44,6 100 26.889 Habitantes
1920-24 19,7 27,4 52,9 100 306.928 Habitantes
1925-29 14,4 33,1 52,5 100 235.065 Habitantes
Habitantes ingresados período de inmigración 1880-1929 2.325.005 Total
1390352,99 Habitantes
623101,34 Habitantes
544051,17 Habitantes
2557505,5 Total

En el cuadro Nº 2 se observa en forma individual cada una de las regiones que suministraron el mayor número de emigrantes, fueron pocas las que tuvieron pesos realmente significativos. En primer lugar pueden descartarse a Umbría, Lacio y Sardegna como efectoras de emigrantes a la Argentina dado que, salvo excepciones, no llegan a contar con u el 1% de la emigración ala Argentina en ningún período.
Dentro de Italia Noroccidental el hecho más sobresaliente lo constituye Piemonte ya que es la única región que mantiene un alto porcentaje - aunque por supuesto descendente- a lo largo de todos los quinquenios y como región aislada la que más emigrantes aportó. Del total de emigrantes italianos llegados a la Argentina entre 1880 y 1930 que suman 2.3.325.005, el 16.3% provenía de esta región, constituyendo el más alto porcentaje de todas las regiones. Sigue en importancia Calabria con el 13.6% y Sicilia con el 11.3%
Al contrario en Piemonte, Lombardía luego de los altos valores que presenta en la primera década, desciende continuamente su peso. Liguria tuvo características particulares por ser la emigración italiana más antigua de nuestro país, de allí el alto porcentaje que aún detenta entre 1880 y 1884.
Puede afirmarse que fueron los ligures los que promovieron las relaciones comerciales entre Italia y Argentina, Argentina es convertida en uno de los principales puntos de atracción por el antecedente de esta emigración. Nótese que si bien en su aporte relativo los inmigrantes provenientes de la Liguria disminuyen enseguida su importancia, el número absoluto se mantiene bastante constante hasta 1914. Año en que sí desciende abruptamente.
Respecto a Piemonte y Lombardía, la facilidad de acceso a los países vecinos las convierte en la emigración temporaria más antigua y es esta tradición migratoria la que parece haber facilitado la emigración transoceánica pionera de carácter masiva.
Dentro de Italia Nordoriental y Central, son Veneto y Marche las regiones que más aportan a la emigración hacia la Argentina. Veneto alcanza cifras relativas de importancia hasta 1900, disminuye en forma abierta y vuelve a cobrar impulso a partir de 1920.
En cambio Marche comienza con u caudal migratorio de poca importancia, pero que va aumentando a partir de 1895 y se mantiene con alrededor del 10% de la emigración hasta 1925.
En Italia meridional son Campania, Calabria y Sicilia las regiones que aportan las mayores proporciones de emigrantes. Mientras Campania adquiere envergadura sólo entre 1885 y 1905, Calabria desde el comienzo del período presenta porcentajes de peso y que presentan tendencia al aumento a través de los períodos siguientes. Sicilia es un fenómeno bastante particular porque toma importancia súbitamente y en forma muy acentuada a partir de 1905. Desde esta fecha entre Calabria y Sicilia reúnen alrededor del 30% de la emigración italiana a Argentina. En el período más álgido de la emigración italiana -1905/1909-, Sicilia alcanza el modo de la emigración por región, con 81.622 sicilianos que ingresan a la Argentina; le sigue el Piemonte con 67.944 y Calabria con 62.103, o sea que en estas tres regiones se concentra el 48% de la emigración de dicho período.

Porcentajes: Emigrantes italianos hacia Argentina por región de origen, 1880-1929
REGIÓN - AÑO 1880-84 1885-89 1890-94 1895-99 1900-04 1905-09 1910-14 1915-19 1920-24 1925-29
Piemonte 24,8 21 25,6 16,6 18,2 15,5 15,6 14,8 12,4 8
Liguria 12 6,6 6,2 4,7 3,6 2,8 3 7 2,2 1,8
Lombardía 23,1 17,8 12,4 11 8,5 8,5 8,9 10,4 5 4,5
Veneto 8,9 13,3 9,1 6,3 2,4 3,4 4 4,7 12,1 20,1
Emilia Romagna 1,1 3,6 3,2 3,2 2,1 2,4 2,1 3,3 2,2 2,2
Toscana 2,2 3,7 5,5 4,5 2,3 2 2,2 4 2,1 2,8
Marche 4,5 3,8 2,9 8,3 11,9 11,2 8,6 10 9,7 6,3
Umbria 0 0 0 0,1 0,4 0,4 0,7 0,4 0,6 0,4
Lazio 0 0 0 0,7 0,4 0,7 0,6 0,7 0,9 1,3
Abruzzo e Molise 3,9 5,7 4,3 8,8 8,9 6,6 4,6 4 7,3 7,4
Campania 5,2 8,8 11,7 10,5 14,2 5,3 4,8 6,3 5,4 7,4
Puglia 0,2 0,9 0,8 1 2 2,8 6,4 5,2 4,6 3,9
Basilicata 6,7 4,5 3,6 5 4,2 3 3 3,2 3,6 3,5
Calabria 7,2 8,3 13,5 14,8 14,4 14,2 11,8 14,9 16,1 16,8
Sicilia 0,2 2 1,2 4,4 5,6 19,9 20,3 10,3 15,1 12,9
Sardegna 0 0 0 0,1 0,9 1,3 3,4 0,8 0,7 0,7
TOTAL 100 100 100 100 100 100 100 100 100 100

Resultará interesan analizar ahora qué ocurre con los retornos, lo que nos dará una idea del grado de atracción que ejerce la región de origen sobre la repatriación del emigrado italiano. Pero, antes se ha calculado el porcentaje de retorno total de la inmigración italiana según las fuentes argentinas:


Período % de retorno
1880-1884 14,3
1885-1889 14,6
1890-1894 97,7
1895-1899 37,8
1900-1904 38,7
1905-1909 44,8
1910-1914 71
1915-1919 35,8
1920-1924 28,6
1925-1929 46,3

1880-1929 16,8

Es claro que dentro del marco general de una gran expulsión de población también resalta el hecho de un fuerte retorno, lo que atenúa en parte el efecto de dicha expulsión. Efectivamente, el saldo de italianos que quedan en Argentina durante el período de 1880-1930 alcanza el 53.2% del total de la emigración italiana en dicho período, es decir 1.375.807 italianos. Esto nos habla de la fuerza que ha tenido el movimiento de retorno, hecho no debidamente acentuada en nuestros estudios sobre el impacto migratorio.
Los porcentajes nos indican un escaso retorno en la primera década; es decir, al iniciarse, la migración asumiría un carácter permanente, escasamente afectado en la eventualidad por movimientos estacionales o golondrinas. Esta tendencia revela estar afectada por la crisis y sus efectos que estalla en Argentina en 1890. Después se observa una tendencia a la elevación del porcentaje de retorno, oscilando alrededor del 40%. El período correspondiente a la Primera Guerra Mundial marca el punto de máximo de retorno.

SEXO, EDAD Y ACOMPAÑAMIENTO FAMILIAR.

La composición por sexo de los emigrantes italianos hacia Argentina, medida a través del índice de masculinidad, señala una notoria predominancia masculina, siendo su valor para todo el período en estudio de 264 hombres cada 100 mujeres.
Entre 1895 y 1929, se manifiestan los índices de masculinidad más altos y crecientes. Esto contradice supuestos manejados respecto a que en sus inicios las corrientes migratorias internacionales son fundamentalmente de hombres solos y que luego va aumentando el número de familias. En el caso de los emigrantes italianos hacia Argentina se presenta el fenómeno inverso, como lo muestra la evolución de la proporción de emigrantes sin familia.
La proporción de emigrantes sin familia la que se encuentra en continuo aumento y que ello es mucho más acentuado en los últimos quinquenios. Entre 1893 y 1900 donde representan más de la mitad, la tendencia es que la predominancia masculina y de individuos solos es cada vez mayor.
Además el dato del número medio de personas por familia -de alrededor de 3 personas y que también es decreciente- estaría indicando una emigración de núcleos matrimoniales jóvenes con pocos hijos o de personas emparentadas, padres, hijos, hermanos, etc., pero que no constituían familia nuclear completa.
Si se analiza la variable edad teniendo sólo en cuenta la proporción de menores de 10 años, se ve que los mismos constituyen una proporción relativamente constante hasta 1910 y que se reduce en forma notoria a partir de 1920. Evidentemente esta reducción tiene estrecha relación con el aumento de migrantes sin familia.
En resumen, la población italiana que retorna a su patria, muestra, respecto a la que emigró en el mismo período, una mayor presencia de hombres y una estructura por edad más envejecida.

GRUPO OCUPACIONAL.

Con la combinación de las fuentes argentinas e italianas se pudo reconstruir una serie completa de la ocupación de los emigrantes italianos hacia Argentina durante este período. Se formaron siete grandes categorías ocupacionales que permitieran analizar el dato homogéneamente a lo largo del período; las mismas son: Agricultores, Jornaleros, Artesanos, Comerciantes, Profesiones liberales, Varios y Sin Profesión.
De este modo quedaron caracterizados los distintos grupos ocupacionales “manuales” y “no manuales”. Todos aquellos que emigraban lo hacían respaldándose en un oficio, resulta extraño que nadie fuese económicamente inactivo; por lo cual es más aceptable suponer que no se declaraban en esa condición por tenemos a no ser aceptados en el país. Recién a partir de este siglo comienzan a aparecer con valores cada vez más grandes contingentes sin ocupación y que en años particulares como los de la guerra o del fascismo alcanzaban aproximadamente un 20%.
La gran mayoría de emigrantes estaba en condiciones de ejercer una actividad económica en el país receptor y con una tasa de actividad muy diferencial respecto a la población activa.
Se sabe que la inmensa mayoría de la emigración italiana estuvo constituida por campesinos, deseosos de acceder a la propiedad de la tierra. El hecho objetivo es que en un primer momento se facilitó su adquisición, pero que posteriormente los intereses latifundistas la convirtieron en un bien codiciado y caro, permitiendo sólo el trabajo de arrendatarios o peón rural. Por lo cual los contingentes de extranjeros comienza a volcarse hacia áreas del litoral argentino.
Entre 1876 y 1891 el 83% de los emigrantes italianos se declaraban agricultores, un 10% jornales y el resto se distribuye en tres las categorías restantes. A partir del 90 comienza a cambiar la situación, tomando caracteres más irreversibles. La proporción de agricultores desciende a ritmo veloz y salvo excepcionalmente, a partir de 1907 no llegan a concentrar a la mitad de los emigrantes italianos activos. Su contrapartida es el aumento en la proporción de jornaleros, que por su imprecisa denominación no puede atribuirse con seguridad a una rama económica, pero que coincide con la mayor preponderancia de las regiones del sur en la emigración italiana hacia Argentina. También a partir de principios de siglo se nota un claro incremento de los artesanos, que de constituir un 2% alrededor de 1890, en los últimos años oscilan alrededor del 20%. También los comerciantes presentan tendencia a aumentar, pero con participación modesta. Este grupo y el de profesionales incrementan su caudal relativo en épocas de crisis, en particular entre 1914 y 1918¸ o sea que los grupos no manuales, en situaciones de reflujo de la emigración, en términos relativos disminuyen menos su aporte.

Quinquenio Total % Agricultores Jornaleros Artesanos Comerciantes Prof. Liber
1876-91 536535 100% 82,2 10,2 2 0,9 1,3
1891-94 100965 100% 69,6 24,6 2,2 1,2 1
1895-99 224322 100% 18,8 7,7 2,1 2,1 1,5
1900 44640 100% 71 11,2 6,7 2 1
1907-09 233637 100% 49,6 14,9 18,9 3,5 1
1913-14 123862 100% 36,1 38,2 17,3 4,2 1
1915-19 17477 100% 23,4 27,2 19,8 8,9 3,4
1920-24 220725 100% 56,4 18,8 16,7 3,7 0,6
1925-29 171625 100% 45,3 22,7 25,6 2,3 1,4

En el censo de 1895 de cada 100 extranjeros de cada extranjeros sólo 34 tienen ocupaciones agrícola-ganaderas. En 1914 este porcentaje había descendido a 26. En cambio por cada 100 extranjeros había ubicado fuera de la rama primaria 66 en 1895 y 74 en 1914. Este porcentaje es lógicamente menor en las provincias que como Santa Fe, Buenos Aires y Entre Ríos registraron una mayor expansión agrícola-ganadera.

LA INTEGRACIÓN DE LOS INMIGRANTES ITALIANOS EN LA ARGENTINA.

Es sugestivo que mientras en la Ciudad de Buenos Aires en su conjunto los italianos tenían el 32% de todas las propiedades urbanas, el porcentaje se reduce a 14% en la circunscripción 12 (la parte más vieja de centro) y el 13% en las circunscripciones 13 (área cercana al centro) y 20 (barrio residencial de la clase alta); pero 41% de los propietarios eran italianos en la circunscripción 1, un distrito inmenso y fangoso, zona de asentamiento reciente de clases bajas. Estas cifras revelan a la vez los evidentes logros de los inmigrantes italianos y sus severas limitaciones.
Lo mismo se verifica en el campo, pero aquí los riesgos son quizás mayores: después de todo, el 87% de las propiedades rurales eran de menor de 500 has. De extensión y, excepto en los distritos vitivinícolas, este tope era mucho menor de lo que permitiría a alguien acceder a un lugar, siquiera modesto, en la clase terrateniente. Las cifras globales sobre el número de terratenientes son, por lo tanto, muy poco informativas. Nuevamente aquí el censo podría proporcionar información más relevante si se aprovechara su inmensa riqueza en datos locales.
Los datos disponibles no apoyan totalmente la opinión de que una proporción extremadamente alta de italianos accedió a la propiedad de la tierra, ni siquiera en los distritos cerealeros, donde fueron especialmente exitosos. En Santa fe -donde los italianos habían ingresado en la actividad agrícola antes y en mayor número que en otras provincias-, sólo el 20% de los chacareros italianos cultivaba su propia tierra; esta cifra es más baja que los porcentajes para otros chacareros extranjeros (28%) y mucho menor que la de los argentinos nativos (43%). Es cierto que estas cifras son engañosas, en tanto y en cuanto subrayan las dificultades de los inmigrantes italianos del siglo XX, durante un boom sostenido de los precios de la tierra, y esconden parcialmente los logros de oleadas de inmigración más temprana, algunos de cuyos descendientes están incluidos, naturalmente, entre los propietarios nativos. Pero aún así, el último grupo es demasiado pequeño -menos de 9% del total- como para modificar substancialmente el paisaje social poco acogedor del distrito cerealero en que los italianos habían sido más afortunados.
Probablemente ya a la caída de Rosas en 1852 la mayoría de la población económicamente activa de la Ciudad de Buenos Aires era extranjera, y los extranjeros (especialmente los inmigrantes irlandeses y vascos) estaban estableciéndose en número considerable en la campaña. Algunos de ellos, así como numerosos grupos de comerciantes minoristas, artesanos, etc., en la Ciudad, prosperaban como un sector privilegiado dentro de los nuevos grupos medios que estaban cambiando rápidamente la fisonomía social de la región. Entre los italianos -en abrumadora mayoría genoveses- medraban en la navegación y el comercio y acaparaban el abastecimiento de hortalizas para Buenos Aires; crecía un vecindario genovés en La Boca, el puerto bonaerense para la navegación fluvial. La política matrimonial reflejaba ya la posición alcanzada por esos italianos. Cuando, después de su victoria sobre Rosas, el General Urquiza finalmente se decidió a casarse, eligió por esposa a la hija de un genovés. Demarchi, un boticario de Lugano y durante algún tiempo cónsul honorario de Cerdeña, se casó con la hija del General Facundo Quiroga.
El surgimiento del movimiento nacional-liberal en la península y del surgimiento político en la Argentina puso sobre el tapete las afinidades ideológicas entre esta elite -vehemente nacionalista, liberal y anticlerical, y sólo superficialmente, si acaso, reconciliada con la monarquía de Saboya- y la nueva conducción política Argentina.
Muy pronto el grupo inmigrante más antiguo abrumado por la masa de recién llegados; aún entonces y durante algunas décadas, su elite logró mantener el liderazgo indiscutido de la vasta comunidad italiana en la Argentina. Gracias a su superioridad económica y a los vínculos que había establecido con la nueva Italia y la nueva Argentina, esa elite conservaba un estrecho control sobre una red asociacional y periodística que impuso su orientación firmemente nacionalista y anticlerical a una colectividad integrada principalmente por campesinos profundamente católicos y sólo superficialmente nacionalistas.
En los años 80, mientras en lugares como Córdoba el cónsul italiano en su carácter de tal hablaba oficialmente en actos públicos de la facción política localmente dominante, evocando ideales compartidos, en otras partes comenzaban a evidenciarse signos de nuevas tensiones. En la década siguiente la dimensión política de la relación ítalo-argentina fue erosionada progresivamente por la reorientación conservadora de la elite política Argentina; su agotamiento fuer reconocido oficialmente en el nuevo siglo; cuando el 12 de octubre fue declarado festividad Nacional, no como día de colón, sino como Día de la Raza, brindando así el primer homenaje público a las raíces hispanas de la nacionalidad Argentina.
En 1852 Argentina había sido en muchos aspectos una comunidad y una sociedad colonial donde, de modo típico, los extranjeros eran más respetados que los nativos.
La elite que sucedió a Rosas, después de haber impuesto su dominio en el interior, presenciaba con horror la emergencia de las clases dangereuses en su propia capital. Temía a la vez a la movilidad ascendente de la clase media en crecimiento y al sombrío desasosiego de las clases populares, y detrás de ambos veía a las nuevas masas inmigrantes, ansiosas por heredar la tierra. Los cambios dentro de la elite socioeconómica eran igualmente importantes: los terratenientes habían hecho por fin fortuna; algunos de ellos se contaban entre los inmensamente ricos según parámetros mundiales -y no ya locales-, y hasta los menos opulentos podían permitirse una vida de ocio cosmopolita.
Para ese entonces la economía Argentina caía bajo la influencia de compañías comerciales y de transporte con base en el extranjero y pertenecientes a extranjeros, cuyo poder económico superaba sin duda el de los comerciantes importadores-exportadores que se habían establecido en Buenos Aires inmediatamente después de su apertura al comercio mundial, en 1809, y que habían sido líderes y habían marcado el paso de la comunidad europea, en cuyas filas no pocos italianos habían hallado un lugar respetable.
Todo esto vino a agravar el deterioro de la posición de los italianos en la Argentina. No era simplemente que ola tras incesante ola de nuevos inmigrantes confirmara la nueva imagen de los italianos como los más pobres entre los pobres. La elite italiana más antigua no pudo capear la transición con tanto éxito como algunos irlandeses y vascos que habían adquirido extensas bases territoriales. En 1850 los italianos tenían el dominio de la navegación fluvial, pero la expansión Argentina fue moldeada por los ferrocarriles.
Hacia 1890 los poquísimos italianos que de algún modo habían logrado llegar a la cumbre eran considerados, en el mejor de los casos, como excepciones, y con más frecuencia como irritantes advenedizos, la vanguardia de un asedio silencioso a las cumbres de la sociedad Argentina -un asedio que podía tener éxito- según se temía, en razón simplemente del número de plebeyos invasores de ultramar.
Las enigmáticas cifras del censo de 1914 reflejan este ambiguo desarrollo histórico, sobre el cual sabemos en realidad mucho menos de lo que sugiere este esbozo necesariamente esquemático, que nos permitiría averiguar no solamente cuán bien les fue a los italianos.

EMIGRACIÓN ITALIANA: RECONSIDERACIÓN DE LOS ESLABONES DE LA CADENA MIGRATORIA.

LA CADENA MIGRATORIA Y EL PROBLEMA DE LA ESCALA.

En el estudio de la migración italiana al Nuevo Mundo, el concepto de “Cadena Migratoria” ha sido uno de los más fructíferos de los que se utilizaron para echar luz sobre la dinámica de dicho movimiento. Las investigaciones realizadas por estudiosos australianos deseosos de comprender el flujo posterior a la guerra de inmigrantes a su país, procedentes en su mayor parte del sur de Europa Elevaron la cadena migratoria de su condición de mera imagen a la de una útil herramienta analítica.
Puede definirse la cadena migratoria como el movimiento por el cual los migrantes futuros, toman conocimiento de las oportunidades laborales existentes, reciben los medios para trasladarse y resuelven su alojamiento y su empleo inicial, por medio de sus relaciones sociales primarias con migrantes anteriores.
Básicamente se distingue una secuencia de tres tipos de cadenas migratorias para el período comprendido entre 1880 y la Primera Guerra Mundial. La migración de varones a través de agentes laborales o “padroni”; la migración en serie de trabajadores merced a la ayuda de otros trabajadores aislados ya establecidos; y la migración con posterioridad de la familia, cuando la esposa e hijos se unían a sus maridos que habían partido primero en busca de trabajo.
La teoría de la cadena migratoria ha demostrado ser indispensable, por diversas razones. En primer lugar, suministra un modelo elegante que explica la selectividad de la migración italiana.
Los inmigrantes italianos no provenían por igual de toda la península, sino de localidades bastante determinadas, y a la vez se dirigían muy precisamente a un número limitado y específico de puntos de destino en el Nuevo Mundo. En segundo lugar, las funciones latentes de las redes informales triunfaron, en general, sobre las funciones manifiestas de las burocracias estatales. En otros términos, ella explica cómo lograron los emigrantes de origen campesino penetrar en los países de Nuevo Mundo pese a las restricciones cuando no la exclusión lisa y llana, que les impusieron los gobiernos, basándose en algún criterio de inconveniencia, racista en sus raíces, por más que se manifestase en términos culturales y económicos. En tercer lugar, al centrarse especialmente en la relación de los inmigrantes con el nuevo mundo, la teoría de la cadena migratoria contribuye a explicar los patrones de asentamiento.
Si bien resulta evidente que todo esto ha constituido una importante contribución ale estudio de la emigración italiana, y aunque en los últimos tiempos se llevaron a cabo algunos notables trabajos para reafirmar el concepto, subsisten considerables lagunas. El concepto de cadena sigue siendo más bien un jeroglífico que una herramienta de análisis.
Los estudios acerca de la migración italiana están colmados de referencias a las cadenas de aldea, de distrito y de Provincia; en verdad, aluden a cadenas vinculadas con casi todos los niveles posibles de asociación, desde la familia hasta la región.

ÁREA LOCAL Y ESPACIO SOCIAL

Las cadenas migratorias son activadas por “relaciones sociales primarias. Esto implica, desde luego, que las personas deben conocerse entre sí en un plano más o menos personal, que debe estar ligada de alguna manera concreta para recurrir a su relación mutua en el proceso de la migración. Parece lógico inferir que el conocimiento de los parámetros socioeconómicos vigentes en la vida de los emigrantes potenciales del Viejo Mundo podría contribuir a determinar la escala de las cadenas migratorias.
Los parámetros del trato mutuo tienen fronteras geográficas. En la bibliografía existente se ha aludido a dos tipos de cadenas migratorias principales, según la extensión del territorio del que provenían: las cadenas de Provincia (o distrito) y las cadenas de aldea. En general, la Provincia es, a menudo, una unidad demasiado amplia como para que opere la cadena, ya que en este nivel la gente permanece anónima, y por ende los contactos personales no podrían ser utilizados para generar el movimiento en cadena. Como unidad de análisis, la aldea ha resultado más adecuada.
En contraste con ello, recientes trabajos de historia social esclarecen que la realidad de la vida campesina involucraba contactos que trascendían bastante la aldea. Por añadidura, los límites de esta última eran demasiado estrechos como para satisfacer de la mejor manera posible todas las necesidades que tenían los emigrantes, como la de conseguir préstamos en condiciones ventajosas, intermediarios que supieran leer y escribir, o contactos apropiados en el Nuevo mundo.
El hincapié en los municipios provinciales y rurales tiene la ventaja de que, como unidades jurídicas y políticas, las emigraciones procedentes de ellos pueden investigarse convenientemente mediante la consulta de los archivos públicos. No obstante, si se los toma como foco pueden pasarse por alto otras unidades intermedias de asociación más acordes al proceso de la migración, dentro de las cuales eran posibles los contactos personales.
Un estudio de caso de una emigración en cadena del sur de Italia a Norteamérica, esta investigación se limitó a una única comuna, unidad administrativa (o Municipio) que abarcaba tanto la aldea o aldeas como la campiña adyacente a ella. Esta comuna estaba situada en la región de Calabria, de la que provino una cantidad importante de inmigrantes a América del Norte en el período en consideración, 1880 a 1930.
Se seleccionó la comuna de Rende, en el sudoeste de la Provincia italiana de Cosenza, y la investigación se llevó a cabo allí además en Toronto y Chicago, los principales puntos de destino de sus emigrantes a América del Norte. Se hizo evidente que, en el período de emigración masiva, existía más allá de la comuna una unidad de interacción socio-económica a menudo personal, que estaba limitada aproximadamente por un radio de unos diez kilómetros a la redonda a partir de Rende.
Los pobladores de esta zona local solían a sí mismos colectivamente como “paesani”.
Esta noción de una “área local” de base empírica, con su concomitante espacio social, es significativa. Si bien es una emigración en gran escala no se puede hablar exclusivamente de una entidad geográfica coherente definida por los “paisanos”, el espacio social que la gente ocupaba dentro de esta unidad en pequeña escala no se evaporaba sino que persistía luego del viaje transoceánico, determinando las pautas de sus relaciones humanas en el Nuevo Mundo. Así pues, partiendo de un espacio local territorialmente delimitado en el Viejo Mundo, se llega a un espacio socialmente determinado en el Nuevo Mundo, definido por una mentalidad colectiva de los aldeanos. Desde luego, esta relación entre el Viejo y el Nuevo Mundo es mediada por el fenómeno de la cadena migratoria.

LAS CADENAS MIGRATORIAS ITALIANAS: EL CASO ARGENTINO

Mac Donald formula que “la cadena migratoria puede ser definida como el movimiento a través del cual los presuntos emigrantes se enteran de las oportunidades, son provistos de transporte y obtienen su instalación inicial y empleo, por medio de relaciones sociales primarias con emigrantes anteriores”.
Tres etapas establecía para en el mecanismo de cadena.
1º. Migración a través de los padroni
2º. Migración en serie de trabajadores asistidos por amigos o parientes ya emigrados.
3º, emigración posterior de sus familias.
Para C. Price había cuatro etapas o fases en el mecanismo de cadena.
1º. Emigración de pioneros
2º. Movilidad ocupacional y espacial de los migrantes.
3º. Estabilización y emigración de sus familias.
4º. Maduración de la segunda generación.
El mecanismo de emigración en cadena es definible como sólo un tipo de mecanismo migratorio y que debe ser diferenciado de al menos otros tres tipos: a) emigración a través de mecanismos de asistencia impersonales; b) emigración a través de mecanismos semi-espontáneos donde el proceso comienza incentivado por medios de información parentales, paesanos o públicos pero el movimiento resulta el producto de iniciativas y de recursos de un individuo o de una familia aisladamente; c) emigración a través de padroni o de otros sistemas más difusos de mediación y clientelismo pero donde la gestión del proceso está en manos de intermediarios externos a la cadena. El espacio resultante para los mecanismos de cadena en sentido restringido es mucho más limitado que el imaginado originariamente por sus primeros enunciadores pero quizás esta delimitación limitativa puede ayudarnos más a comprender la complejidad del proceso migratorio.

LA EMIGRACIÓN EN CADENA DE LOS ITALIANOS A LA REPÚBLICA ARGENTINA.

¿En qué forma y con qué resultados ha sido aplicada la noción de cadena migratoria en el movimiento de los italianos a la Argentina? ¿Cuál ha sido la influencia de las particularidades de la sociedad de recepción sea sobre la extensión, sea sobre las características peculiares de la cadena migratoria a la República Argentina? Finalmente, ¿cómo ha condicionado la cadena migratoria el proceso de ajuste e integración de los inmigrantes italianos en la sociedad Argentina?.
Los estudios migratorios centrados en el concepto de emigración en cadena se han desarrollado con cierto retraso en el caso argentino.
Los estudios centrados en los procesos en cadena requieren un trabajo sobre la documentación existente tanto en la sociedad de origen como en la recepción y esa posibilidad de no está al alcance de la mayoría de los investigadores argentinos. Adicionalmente, las fuentes públicas argentinas (Censos de la Ciudad de Buenos Aires de 1855) datos sobre comuna o Provincia de origen de los inmigrantes, más aún, los censos en su parte publicada (no así en las planillas base).
El primer trabajo sobre la cadena migratoria sea obra de un historiador norteamericano, se trata del trabajo de S. Baily.
A partir de la utilización de otras fuentes hasta ahora no consideradas por los investigadores pero que incluyen el dato crucial de la comuna de origen como el censo de la Ciudad de Buenos Aires de 1855 o las actas de matrimonio del Registro Civil (Marquiegui), o de la combinación de materiales cuantitativos con limitaciones (como las planillas censales) con información cualitativa extraída de los periódicos étnicos (Gandolfo). Finalmente otros dos trabajos centrados sobre cadenas migratorias que se continuaron en la segunda posguerra han utilizado fundamentalmente entrevistas personales a los últimos inmigrantes arribados o a sus descendientes. A lo producido en la República Argentina se deberían agregar dos amplias investigaciones sobre casos puntuales producidas a partir de fuentes italianas y que contienen buena información sobre las cadenas establecidas desde áreas de la península hacia diversos puntos en el mundo y entre ellos hacia la Argentina.
Todos los trabajos señalados nos brindan abundante y valiosa información sobre el funcionamiento de las cadenas italianas a la Argentina y, también sobre algunos aspectos del proceso de ajuste e integración de los inmigrantes a la sociedad receptora.
El trabajo del licenciado Marquiegui sobre la emigración desde cuatro pueblos vecinos de origen albanés en Calabria hacia la Villa de Luján Provincia de Buenos Aires, desde fines del siglo XIX, revela un esquema de interacción muy semejante al propuesto por Sturnino para el área de Rende en Cosenza.

LAS INTERACCIONES ENTRE LA SOCIEDAD ARGENTINA Y LA CADENA MIGRATORIA ITALIANA.

Se calcula que para el año 1893 de los 52.000 emigrantes de todas las nacionalidades entrados ese año unos 20.000 (un 40% del total) lo habían hecho a través de pasajes de llamada enviados desde la Argentina. Sin embargo, nada hace suponer que ese porcentaje se repetía sin variantes de consideración si se pudiera discriminar del total sólo a los italianos. Tampoco es lícito suponer que todos los que llegaban con pasaje de llamada en realidad lo estaban haciendo a través de un mecanismo de cadena en sentido restringido. Es muy posible que muchos de esos migrantes en realidad estuvieran arribando a través de otros mecanismos personales.
Otros datos indirectos sobre el problema nos los proporciona la Oficina Nacional del Trabajo que colocaba inmigrantes en el interior del país según los pedidos que recibía. Las cifras y los pedidos y colocaciones, transcriptas en las estadísticas del Departamento General de Inmigración, variaban muchos según los años. Normalmente los pedidos superaban en mucho a los colocados, a veces en una proporción de 4 a 1, aunque en ese mismo año los migrantes ingresados al país hubieran superado en relación de 10 a 1 a los pedidos. La insuficiencia de colocaciones podría deberse al tipo o a las condiciones de trabajo ofrecidas o, como los funcionarios de la época se encargaban de señalar, a que la mayoría de los migrantes al llegar al país ya de antemano otros contactos personales que le aseguraban una colocación más ventajosa en el mercado de trabajo. Nuevamente, lo que esto nos sugiere es la tremenda importancia que las relaciones interpersonales entre paesani o compatriotas debían tener en el movimiento migratorio en general y de los italianos en particular en el caso argentino.
La emigración italiana a la Argentina no sufrió ninguna restricción durante el período de la emigración de masas (1880-1930) con excepción de algunos fugaces momentos coyunturales. Y no sería innecesario recordar la paradoja planteada por los MacDonald en el sentido que la emigración en cadena adquiría mayor fuerza y extensión cuanto mayor fueran las restricciones puestas por los gobiernos a una determinada emigración. Ello explica cómo, a partir de cierto momento en los Estados Unidos la cadena era casi la única forma de que disponían los italianos para ingresar a dicho país. Inversamente, debería también recordarse que la emigración al país sudamericano, en los períodos tempranos, era en ocasiones incentivada desde el Estado argentino a través de pasajes subsidiados o de contratos realizados por empresas privadas por sólo en representación del gobierno Nacional o de los gobiernos provinciales. Aunque la cuantía del movimiento resultante de dichos procedimientos no es significativa en el conjunto global de la migración italiana en la Argentina, es evidente que ellos ponían en funcionamiento, aunque sólo fuera en forma marginal, mecanismos migratorios de tipo impersonal que no están presentes para la misma época den el caso norteamericano. La falta de restricciones a la migración italiana sobre todo y, en menor medida, la presencia de mecanismos impersonales está revelando que para el caso argentino es difícil sostener que la emigración en cadena haya constituido en algún momento el único mecanismo migratorio. Lo que podemos presuponer en cambio es que la cadena migratoria está presente en un arco muy extendido de tiempo y en competencia con otras formas ya personales, ya impersonales. Está revelando que para el caso argentino es difícil sostener que la emigración en cadena haya constituido en algún momento el único mecanismo migratorio. Lo que podemos presuponer en cambio es que la cadena migratoria está presente en un arco muy extendido de tiempo y en competencia con otras formas ya personales, ya impersonales.
El Estado argentino no parece haber detectado ningún sistema de padroni, sobre el cual descargar sus invectivas. ¿Este silencio de las fuentes oficiales puede deberse, como ha sugerido Gandolfo, a que en su sagacidad el Estado argentino había comprendido al fenómeno en su normalidad y funcionalidad y no en sus aspectos patológicos, como en cambio lo había hecho su congénere Estadounidense?. La pregunta podría formularse también en otros términos: ¿en el caso argentino, más allá de la inexistencia de un padrone system, podemos en cambio encontrar un proceso igualmente general pero más difuso de mediación, protección y clientelismo? Aún aceptando el benévolo silencio de las fuentes públicas argentinas al respecto se debe a la mejor percepción y al menor prejuicio de las clases dirigentes argentinas hacia los italianos.
Sabemos que han existido fenómenos de padronismo entre los italianos emigrados en Argentina pero nos encontramos imposibilitados en cuantificarlos y a percibir su real extensión. En este punto, ¿las relaciones que se establecen entre un tipo de inmigración y las características específicas de la sociedad de recepción pueden otra vez indicarnos renovadas líneas de análisis?
Cuatro diferencias esenciales parecen distinguir el caso argentino del caso Estadounidense en relación con el problema de la difusión de los mecanismos de padronismo y mediación. En primer lugar, parece claro que las dificultades de relación entre el migrante italiano y la sociedad local son menores en el caso argentino. Aunque sólo en el aspecto lingüístico y a partir de allí de la comunicación del emigrado a nivel de las exigencias concretas de la vida cotidiana, las distancias son más reducidas. La necesidad del mediador en tanto que comunicador son menos imprescindibles en la Argentina que en la América del Norte.
En segundo lugar, y el punto no ha recibido en general la atención que merece, es evidente que hay ciertas diferencias en las expectativas de los migrantes italianos que se dirigen hacia la Argentina en relación con los que lo hacen a los Estados Unidos. Aunque es difícil establecerlo con precisión, parecería que la emigración italiana al país sudamericano era tendencialmente más permanente, o al menos que el pasaje de una expectativa de residencia breve a una expectativa de residencia prolongada se producía antes en el caso argentino. El menor índice de masculinidad de la emigración italiana a la Argentina, el inferior porcentaje de retornos y sobre todo la mayor rapidez con que los inmigrantes instalados en el nuevo país se deciden a realizar inversiones estructurales, por ejemplo en vivienda o en educación para los hijos, que denotan una expectativa de residencia prolongada.
Otras dos diferencias deben a nuestro juicio tenerse también en consideración. En primer lugar, como ha sido reiteradas veces puesto de manifiesto, la primera emigración italiana en Argentina había logrado construir una fuerte estructura institucional comunitaria que al menos parcialmente acogerá en su sueño a la posterior emigración de masas.
La élite italiana en la Argentina había ya tempranamente podido crear sólidas entidades bancarias que reducirán el campo de acción de pequeños banqueros y agentes, aunque como también sabemos sin suprimirlos. La burguesía italiana en el Plata no eliminaba los mecanismos de intermediación.
Como es bien conocido en la Argentina muchos italianos consiguieron bastante rápidamente incorporarse en el sistema ocupacional a profesiones no manuales bajas y a profesionales manuales calificadas y semicalificadas, al aprovechar su antigüedad en la secuencia de migraciones sucesivas que arribaron al nuevo país. De ello derivó la existencia de una colectividad socialmente mucho más diversificada que en los Estados Unidos donde como es sabido los italianos estaban muy concentrados en profesiones poco calificadas de alto riesgo y bajo status.
Si la cadena migratoria condiciona fuertemente los modelos de inserción territorial y ocupacional de los inmigrantes el resultado subsiguiente es que indirectamente también influye en los patrones de comportamiento matrimonial de los migrantes favoreciendo altas tasas de endogamia. Es bastante claro que si los italianos originarios de una misma área tienden a trabajar juntos, a vivir muy cerca, a participar también en las mismas instituciones étnicas y en las mismas festividades (sean religiosas o recreativas), todo ello influye muy estrechamente en la oferta matrimonial favoreciendo altas tasas de endogamia paesana, regional o Nacional (italiana). Un estudio de caso para el barrio de la Boca de Buenos Aires en 1895 revela que el 90% de los italianos se estaban casando con otros italianos o en su defecto con argentinas hijas de dos padres italianos y que de entre ellos casi la mitad estaba contrayendo matrimonio con una persona de una misma comuna. Es evidente, finalmente, que tan altas tasas de endogamia favorecen a su vez la perdurabilidad de los valores sociales t culturales del grupo étnico retardando la incorporación plena de los hijos a la sociedad Argentina.
Es probable que algunas migraciones en cadena hayan opuesto serias resistencias también a la integración de los italianos a la comunidad emigrada. Es bien sabido que la falta de una identidad Nacional explícita era el rasgo común de la mayor parte de la emigración italiana durante el siglo XIX. La burguesía italiana en el Plata pudo sin embargo crear una serie de símbolos y mitos articuladores de una identidad étnico Nacional entre la masa de campesinos emigrados.


EL INMIGRANTE (DIARIO “LA TRIBUNA NACIONAL” - DÍA 13 DE DICIEMBRE DE 1885, DÍA EN QUE LLEGO EL BUQUE MATTEO BRUZZO, QUE TRAJO A ANGELO COLOMBASSI)

El célebre economista ingles Roberts Malthus, impresionado por los males que afligían a la sociedad de su espacio, y que consistían principalmente en el estado miserable de una gran parte de la población: estado que correspondía a la depresión de la industria, a la escases de trabajo y a la paralización del comercio, creyó ver la causa del mal de los fenómenos que caían inmediatamente bajo sus ojos, en el terreno que pisaba, y que formuló, bajo esa impresión su gran teoría geométrica en que se multiplicaban los hombres y la proporción aritmética en que crecen las sustancias alimenticias. De ahí los dos remedios preventivos y represivos. Si no se quería que obrase el obstáculo represivo, las epidemias, las guerras, el hambre, era necesario limitar sistemáticamente la población...
...El problema que asalto el espíritu de Maltheus, forma todavía, materia de preocupación en algunas naciones del viejo mundo. Italia, Francia, Inglaterra, Alemania, Suiza, Bélgica, se encuentran incómodas en su estrecho territorio. Agítanse allí actualmente diversas proporciones relativas a la dirección y bienestar de la población, cuya densidad es de, en esas naciones, generalmente de 100 habitantes por km2, siendo de millares en algunas regiones...
...El autor defendía la teoría de la división y del fraccionamiento de la propiedad, sin aceptar por eso los sistemas que sacrifican el derecho del hombre al interés de la tierra. Para abonar su tesis, empieza por representarse la proporción habitable de la esfera terrestre con sus 13.600 millones de hectáreas y 1.500 millones de almas, la que da una proporción de 10 a 11 habitantes por cada 100 hectáreas o por km2. Calculando el aumento de la humanidad dentro de 1.000 años, se imagina que el año 2.855 tendremos 2.625.000.000.000 de habitantes, o sea 1750 veces más de la población actual: 200 hombres por hectárea, en vez de 10 hectárea por hombre. ¿Cómo hacer subsistir en hormiguero semejante?.
De ahí la necesidad de aumentar progresivamente la productividad del suelo, cuya no nos es dada cambiar...
...Mientras los publicistas divagan, discuten, inventan teorías más o menos racionales o absurdas, la humanidad se encarga de resolver prácticamente los problemas insolubles de la esfinge europea. La emigración se ha encargado de resolver todos los conflictos sociales, económicos y aún religiosos que conmovían al viejo mundo.
Ella disminuyó, hasta hacerlo inofensivo, el pauperismo que era el cáncer de la sociedad europea; liberó a ciertos países, como la Irlanda, del excedente de población que el suelo no podía alimentar; se extendió la riqueza y la influencia comercial de las grandes naciones; fomentó sus colonias; abrió nuevos mercados a su industria; alivió sus crisis abrumadoras, mejorando en todo sentido las condiciones de la vida y los ramos del trabajo y de la industria.
En un principio la inmigración se dirigía casi exclusivamente a los Estados Unidos y a las colonias inglesas. La América del Sud espiaba, aún muchos después de la colonización antigua. El camino era más largo; la suerte insegura. Nuestras vicisitudes, nuestras contiendas domésticas, exageradas a la distancia, debían perjudicarnos. Por otra parte, éramos un punto desconocido en el universo cosa media extraña, pues no nos conocíamos a nosotros mismos...
...Todo tiende a modificarse. La estadística de los últimos años venía demostrándonos que una corriente inmigratoria se abrió paso persistentemente a la República Argentina, aumentando de año en año...
...Una cifra de cien mil inmigrantes al año, incorporados al suelo, al trabajo, a la producción, a la industria nacional...
...Mientras la corriente inmigratoria, sigue resolviendo felizmente, ya hace un tiempo, los problemas del viejo mundo y del nuevo mundo...
...Cien mil inmigrantes que encuentran cómoda subsistencia, trabajo bien remunerado y perspectiva de una rápida fortuna, al amparo de las instituciones y de las costumbres liberales, en un territorio virgen inexplorado, cruzado de vías económicas de transporte, bajo un clima sano y benigno, serán otros tantos heraldos encargados de enunciar a todos los vientos las inmensas ventajas que la República Argentina ofrece a todos los habitantes del mundo que quieran habitar el suelo argentino...

(DIARIO, LA TRIBUNA NACIONAL, Escrito sobre “El Inmigrante” del día 13 de diciembre de 1885; ROLLO 191, desde el 11/10/1885 hasta el 6/4/1886. - También existe al otro día 14 de diciembre de 1885 un escrito sobre “Fenómenos Sociológicos” (un estudio demográfico de la República Argentina.

Monografía en Construcción. Realizada Por Juan Carlos Boscoscuro. Inico Año 1997.